Rosario, jueves 05 de noviembre de 2026
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Rosario, jueves 05 de noviembre de 2026

Los caminos con bifurcaciones

Los puntos de no retorno y sus efectos son objetos de estudio porque muestran los límites de la condición humana. No hay momentos límites, sino momentos con preguntas que dependiendo de las respuestas tomarán nortes distintos.

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Hay momentos en los que las personas parecen transitar caminos con bifurcaciones. No momentos límites (que no es lo mismo), sino momentos en que se hacen preguntas, y que dependiendo de las respuestas que se den, irán hacia nortes diferentes.

Bifurcación 1: ¿esto es todo?

Cuando cansadas las personas de su cotidianidad, habiendo cumplido como pudieron con lo que se debe y habiendo cumplido algunas de sus expectativas, se encuentran con que “todo eso” ya no tiene tanto valor. En ese momento surge esta pregunta. Habiendo invertido decenios de vida y toneladas de esfuerzo, en ese preciso momento “todo eso” casi no tiene sentido. La pregunta surge sola: ¿esto es todo?, ¿vivir es sólo esto? Momentos en que los espejismos se diluyen y los espejos históricos no devuelven imágenes demasiado valiosas. En estas situaciones no hay maquillaje ni consumo de sustancia que la responda. La visión es descarnada, pornográfica, “es lo que es y como es”. Como decía Roy Batty, el personaje de esa maravilla llamada Blade Runner: “…todos esos momentos se perderán en el tiempo como lágrimas en la lluvia”.

Preguntas semejantes suelen aparecer en los finales y comienzos de cada decenio después de los 50 (la crisis de los 50, de los 60, etcétera). Y como no podía ser de otra manera, cada persona la responde como puede. Vivir plenamente, darse los gustos y ya no postergar son las respuestas clásicas. Su ejecución ya es “harina de otro costal”, no es automática. Y habrá quienes no la respondan pero ya se la formularon. Coincidamos en que “se hace lo que se puede” cuando se formula la pregunta por el sentido de la vida.

Bifurcación 2: ¿desolación?

Las personas pueden sentir soledad o desolación. Emociones que suelen confundirse. La ausencia de alguien (por las razones que sean) deja, como suele decirse, “un espacio vacío”. Si esa sensación, en lugar de ser pasajera, transitoria, se fortalece haciéndose duradera, nos encontramos en el campo de la desolación. Es la soledad exacerbada, multiplicada hasta que cambia de cualidad. Es la persona y la nada conviviendo. Un vacío “interior” que promete ser eterno y, por tanto, terrorífico. Una sensación que convierte al cuerpo en un envase vaciable/llenable. Cuando llegamos a un lugar y lo declaramos “desolado” es porque no hay vida a la vista y tenemos la perspectiva de que no la habrá en un lugar donde la hubo.

La soledad, en cambio, es una efectiva ausencia física de otros pero no por ello la sensación de total ausencia de vida. Las personas desarrollan su vida tanto con otros como sin otros (no están físicamente acompañadas las 24 horas). Y aunque los otros no estén, pueden sentirse acompañadas por sus buenos recuerdos y por sus fotos y, figurativamente, por ellas mismas. Hay formas conocidas de soledad: en las decisiones importantes, en las situaciones límites, elegida por una desilusión y hasta puede sentirse sola aún rodeada de otras personas, etcétera; pero todo esto no es desolación. No es, como suele decirse, “la nada misma” que la desolación representa tan vívidamente.

¿Acaso no se afirma que las ciudades hiperpobladas no garantizan una mejor o mayor comunicación? Sobre este tema la queja es diaria. Muchas personas buscan contactarse, y muchas son los que le huyen o evitan el contacto tanto como lo necesitan (por mal manejo de esa necesidad, por temor o por malas elecciones).

Sentir un sentimiento o el otro no es indiferente para el curso de la vida de esa persona (algunos dicen que el vacío de la desolación se llena con malas compañías). Su persistencia, menos indiferente aún.

Bifurcación 3: tras la caída

Los astrofísicos calculan (porque es sólo un cálculo) que el universo tiene 13.810 millones de años y que hay 300.000 trillones de estrellas. Imagínese de planetas, de mundos posibles. Trasladado a escala humana, resulta imposible de pensar. Y afirman (no calculan) que el planeta Tierra no es necesariamente un lugar seguro para vivir. Hace muchos millones de años que da vueltas en el espacio y está rodeado de riesgos potenciales (cometas, asteroides y todas las formas de vida que con ellos puedan ingresar). Por el  lado humano, quienes habitan el planeta no demostraron cuidarlo. Todo lo contrario: el fin de lucro lo va devastando lenta pero seguramente. Virus y bacterias conocidas y por conocer son también peligros reales. Para algunos ya hay soluciones (vacunas, medicamentos), para otros todavía no. Veremos para los que puedan venir. La raza humana es una especie con un final abierto. Si alguien logra que le tengan miedo, no por ello queda excluida/o de lo dicho anteriormente. Si tiene poder político o económico, tampoco.

Todo esto no intenta ser apocalíptico, es sólo un recordatorio para no agrandarse “tanto”. El secreto parece ser ése. Porque esto no significa que deba necesariamente achicarse o desvalorizarse (salvo que se agrande en demasía), pero tampoco significa que la juegue de invulnerable y se la crea.

Después de las caídas (accidentes, preavisos o enfermedades invalidantes, por ejemplo), la mayoría de las personas se reorganizan incorporando a su vida la pérdida de su invulnerabilidad. Da trabajo, duele en la autoestima pero se logra. Pero otras parecen reaccionar de manera contraria: desafían la invulnerabilidad y, a veces, hasta duplican la apuesta. ¿Son personas «cabezaduras»?, ¿no conscientes de los riesgos?, ¿negadoras?, ¿agrandadas? Explicaciones hay varias, pero hay una frase que es muy gráfica y que podría ser útil para esta situación particular: se dice que los adolescentes, adolecen (sufren) de “las tres in”: invulnerabilidad, inmortalidad e infertilidad. Y se dice también que “si los adolescentes adolecen, los adultos adulteran”. ¿Será por eso?

Bifurcación 4: sobre el hablar

Agregar sonidos, generar viento o ruido al emitir palabras, no agrega sentido ni soluciones. Las palabras rebotan y se pierden, las palabras “sobran” y faltan actos que hagan una diferencia en el proceso. Esto sucede cuando hablar ya no tiene sentido. Situaciones en las que es imposible comunicarse, sobran. Son las que generan las “ya estoy cansada/o de decírselo”. No todo puede escucharse y procesarse con facilidad: son los “puntos ciegos”, las “sorderas selectivas” de las que nadie se salva. Límites individuales.

Es que no es tan fácil escuchar (desprejuiciadamente y sin reaccionar) las descripciones que hacen los otros de los propios automatismos y de las propias limitaciones. Y quienes las marcan o recuerdan pueden cansarse de hacerlo, cansarse de que a veces no hay nadie del otro lado que las escuche. Son las típicas situaciones de crisis de pareja (o de socios), en donde la gota que rebalsa el vaso nunca se sabe con certeza en qué momento llegará. Porque si en la comunicación está presente el emisor, el receptor, las decodificaciones y la emocionalidad de cada parte, es lógico que haya situaciones en las que hablar ya no tenga ningún sentido seguir hablando. Las/os creyentes en la comunicación insisten con que hablando la gente se entiende; los no creyentes en ella, callan y esperan. O dejan de esperar.

Confluyamos

La pregunta por el sentido de la vida, el sentir soledad o desolación, el sinsentido de seguir hablando y la caída de la invulnerabilidad son universales. Los puntos de no retorno y sus efectos sobre la vida de las personas, las situaciones límites y los modos de resolverlas, son objetos de estudio porque muestran las posibilidades y los límites de la condición humana. Los recursos individuales para enfrentarlas varían de persona a persona. Es cierto que a lo largo del proceso de la vida algunas personas son más perjudicadas que otras porque atraviesan situaciones que las marcan para siempre, y a veces repetidamente. Pero las bifurcaciones son para todos.