Las denuncias por casos de violencia familiar han aumentado notablemente: en lo que va del año, ya se supera a las de 2009 en más de 450 denuncias. La particularidad de estas cifras es que comienzan a vislumbrarse hechos en los que los hombres son víctimas, en especial en casos de separación en los que la mujer no permite que vea a sus hijos. “Doy fe que la cantidad de estos problemas es terrible”, manifestó a El Ciudadano Alcira Yanieri, abogada y encargada el Centro de Asistencia a la Mujer Víctima de la Violencia de Género del Colegio de Abogados de Rosario. Por otro lado, el juez Marcelo Molina, del Tribunal Colegiado de Familia Nº 5, confirmó las estadísticas, pero aclaró que “no puede darse un dato científico. Hay violencia, pero no sólo en la familia, sino en la sociedad en general”. Ambas partes coincidieron en que, a pesar de la nueva problemática, continúan predominando las denuncias en que las mujeres son víctimas de violencia tanto física como psicológica.
Según las estadísticas que manejan en Tribunales, hasta ocutubre de este año las denuncias efectuadas fueron 3.101, a diferencia de 2009, que fueron 2.636, y 2008, que se registraron 2.128. Estos datos no reflejan la diferenciación entre víctimas: mujer, hombre o niño/a, pero todas las partes involucradas en analizar estos casos coinciden en que, sin ser tendencia, los hombres comienzan a mostrarse también como víctimas de la violencia familiar.
“Hay una mayor cantidad de denuncias, las estadísticas no mienten: lo que entró, entró. Ahora bien, yo siempre tengo mis serias dudas de si eso es reflejo de una mayor violencia en la sociedad o de una mayor posibilidad de denuncia. Existe el componente de que la gente está más informada, conoce sus derechos y recibe respuesta del Poder Judicial.”, explicó el juez Molina.
Ahora bien, estas estadísticas esconden un dato cualitativo tan cierto como difícil de desentrañar: “Ocurre que son más los casos contra las mujeres, sí, pero no significa que los hombres no sean víctimas. Suele decirse que las mujeres ejercen violencia psicológica y los hombres física”, explicó Yanieri. Ella, que sólo ha visto un caso en que una mujer agreda físicamente a un hombre, algo que por lo general no se denuncia por “vergüenza”, hace hincapié en los casos en que las madres no permiten a los padres ver a sus hijos. “Es violencia pura”, afirma. “Los padres sufren un dolor terrible, consideran que sólo tienen hijos para pagar cuotas”.
Además, aporta un dato no menos importante al análisis de esta situación: “Podemos constatar fácilmente la violencia física, no así la que se ejerce psicológicamente”.
Paralelamente a la consideración de que “el poder económico, el poder del dinero, lo tiene el marido”, Yanieri también da cuenta de que “el poder sobre los hijos” está en mano de ellas, utilizándolo muchas veces contra el padre.
De la mano de estos hechos vienen los de violencia psicológica, que descalifican a ambas partes: entre los que encabezan la lista estará “el hombre inútil” y “la mujer loca”. Lo que sucede en estos casos es que la mujer, muchas veces por el simple hecho de serlo y cargar con la historia (y realidad) de ser la más perjudicada, suele, paradójicamente, salir beneficiada ante algunos jueces. “Deberíamos respetarnos como iguales. La base de la solución y del problema está en la comprensión de los principios de igualdad y respeto”, considera Yanieri.
Más allá de esta nueva realidad (o tal vez no tan nueva), algunas cosas no cambiaron, quizás hasta empeoraron. La mujer continúa siendo víctima de ataques físicos, psicológicos y hasta económicos, no sólo de sus maridos sino también de sus hijos; y la familia es el reflejo de la sociedad que, según el juez Molina, “tiene un rumbo cada vez más violento”.
“La realidad marca que todavía la golpeada son la mujer y los hijos. Hay muchos otros casos de violencia de los hijos para con los padres. O por lo menos se están dando denuncias, porque de ahí a que se pruebe el hecho hay una distancia muy grande. Sin embargo, uno puede darse cuenta de que hay situaciones de chicos que son muy agresivos para con sus padres, cosa que genera un problema muy grande, porque ¿qué hago con un chico de trece o catorce años?”, describe el juez. “A veces hay otras situaciones de violencia que se dan de personas convivientes, que no son ni padres ni hijos, sino un tío por ejemplo.”
“La realidad marca también que la cantidad de personas que vienen a oponerse a las medidas adoptadas son muy pocas. De alguna forma se admite lo que se hizo. Si viene alguien, derivamos en un litigio, se discute y hasta se puede revertir la situación. Cuando no vuelven, es porque lo admiten o porque se da el síndrome típico de la mujer golpeada: ella lo readmite en la casa y se vuelve a dar. ¿Una conclusión? En violencia nos llega de todo, es fácil caratular un hecho como violento. Muchas veces hasta hay situaciones en las que no somos competentes y que tomamos por una cuestión de solidaridad, de atención a la comunidad”.