Causal de divorcios, de desilusiones y de confianzas hechas trizas; mal milenario; siempre bien entendido pero nunca bien solucionado; la infidelidad en el interior de una pareja sigue causando miedos y generando armaduras. El tema es objeto de preocupación para todos (hombres y mujeres), y por diferentes razones. Las estadísticas no mienten, al menos en este caso: su práctica se ha generalizado. Durante años se escribieron libros y páginas de revistas y diarios; el cine y el teatro se ocuparon del tema para entenderlo. Y junto a su comprensión las obvias propuestas correspondientes a cada intento de comprensión. Pero el tema persiste y hasta parecería que ahora, con más fuerza.
Si existe la promesa de fidelidad, la acusación de infidelidad está permitida. Pero sin tal promesa la causa cae y la culpa pasa del lado de quien la suponía implícita. Si alguien nunca prometió cumplir con aquello de “no robarás”, cuando roba, no incumplió ninguna promesa, por tanto el problema es la credulidad de quien lo suponía imposible. De donde el problema es la promesa en este caso de fidelidad o de aviso: algo que quizás nunca puede llegar a no decirse en los juegos y declaraciones amorosas.
Propuestas para entenderla
Socialmente, y también prejuiciosamente, el problema se presenta como un camino de no retorno. Como el consumo de drogas. Quien emprende el camino, nunca vuelve a dejar de consumirlo. Si bien es cierto que nunca la persona será la misma, el planteo del sin salida tampoco demostró ser tan verdadero. Es la vieja historia de la tentación a la que una vez que se cede nunca se vuelve a ser dueño de las decisiones. Y si se convierte realmente en aquello que una vez probado nunca se lo puede dejar, no es por el ejercicio mismo de esa práctica sino por razones de personalidad. Porque no todos los que alguna vez “probaron” el consumir alguna sustancia desembocaron necesariamente en la adicción. Por tanto la semejanza, cae.
Otros proponen entender este fenómeno desde la biología de la fidelidad-infidelidad; testosterona, dopamina, adrenalina, serotonina, vasopresina y oxitocina: las responsables de la conducta amorosa humana. Los defensores de la visión biológica parecen tener todas las respuestas. Pero para la cotidianeidad amorosa esto no alcanza ni remotamente; porque los que mandan son los sentimientos heridos, no los transmisores químicos. El amor propio herido convierte a las personas en fieras más temibles que un león herido.
Otros más politizados dirán que esto es un efecto directo de la propiedad privada de los genitales del otro. Hecho evidente y comprobable pero que se da de patadas con “las cosas del querer”. Puesto sobre la mesa este efecto del capitalismo es tan evidente como absurdo. Pero como cuando se quiere, se quiere todo, se hace difícil cuestionarlo.
Los amantes del trabajo duro la entienden como carencias en la comunicación y la empatía. Ponerse en el lugar del otro, saber negociar cuando se lo requiera, saber cuándo decir que sí y cuándo que no, saber hacerse valer, respetar y ser respetado en todos los campos, son parte de sus tareas. Fórmulas que a cada paso dado muestran su complejidad y dificultades a veces agotadoras. Lograr que alcance con lo que se tiene y descalificar cualquier pensamiento o intento de “completarse” fuera de la relación estable. Un trabajo realmente agotador, pero no por ello imposible. Modelo en el que lo más difícil de manejar son los imprevistos en el interior de las crisis.
Algunas propuestas posibles
Más cercana a una enfermedad crónica, la propuesta más escuchada es “aprender a vivir con ella”. La duda o la certeza de su cumplimiento inevitable; hacen de la infidelidad algo “de lo que nadie se salva”. Por lo tanto, para qué preocuparse por lo inevitable. Y agregan el famoso “ojos que no ven, corazón que no siente”.
Alguien propuso alguna vez reemplazar la fidelidad por la lealtad. No es una pequeñez, porque lealtad es una palabra muy utilizada en el campo político. Campo en los que las traiciones están a la orden del día. Pero al menos apuntaba a su contraria, la traición. Pero en un intento de poner el acento en la auto-traición, quien traiciona un objetivo compartido se auto-traiciona si lo hace. Propuesta no tan descabellada en la era del individualismo y del desamparo social. Finalmente, “todo comienza y finaliza en cada uno”, se suele escuchar. Cada uno sabe lo que hace y se hará cargo de sus efectos a corto y largo plazo. Este supuesto funciona como supuesto. Tema muy discutible cuando se lo toma “al pie de la letra”. Las armaduras utilizadas hasta el momento son muy conocidas: no creer, no querer, comprometerse “hasta ahí”. El problema es el costo que no todos pueden pagar por sostenerlas. No creer o creer hasta ahí y comprometerse hasta ahí; no es fácil para todas las personas. Algunas pueden asumirse como “solas”, pero otras no pueden ni imaginarlo porque les asusta la soledad o la falta de proyectos compartidos. Para muchas personas, soledad significa desolación. Y para otras, la vida en soledad, no es vida. Otras significan a la soledad como una elección acompañada de convencimiento. Otras navegan en la intermedia zona gris sin poder tomar una posición firme.
Conclusión
Si infidelidad es falta de fidelidad, la primera pregunta es ¿a quién?, ¿a sí mismo o al otro? Porque la idea de “ser fieles” también se toca con el campo religioso. Las religiones tienen sus fieles, y los infieles fueron siempre los que tuvieron creencias diferentes. Es que las palabras cotidianamente utilizadas tienen connotaciones históricas y sociales que forman parte de esos conceptos.
¿Aparecerá alguna vez alguna palabra que reemplace a la palabra infidelidad? Si aparece, ¿tendrá tanta fuerza como para que no despierte tantos sentimientos negativos? ¿O habrá que resignarse con aquello de que “de la muerte y de los cuernos no se salva nadie? Cada persona tiene su posición, su versión y su relato. Y muchísimas veces con esto se cierra el tema.

