
“La presencia de la Iglesia católica en los barrios marginales se extiende sin interrupciones aunque de distintas maneras y con nuevos desafíos desde los años 70”, afirmó la periodista Silvina Premat, autora del libro Curas Villeros que profundiza en el trabajo realizado por el equipo sacerdotal de las villas.
“Yo escribí este libro a raíz de una investigación que había comenzado en 2004 sobre la vida del padre (Carlos) Mugica; lo empecé para responder la pregunta de quiénes son los curas que hoy viven en las villas: por qué están ahí, qué hacen y por qué se quedan. Y si continúan o no con el trabajo de sus predecesores”, contó la autora. “Fue una sorpresa encontrarme –continuó– con personas que se quedaron y atravesaron esos años difíciles de la mano de algunos sacerdotes que los defendieron frente a los intentos de echar abajo sus casas, que armaron cooperativas cuando fue imposible impedir el derribo, o los ayudaron con presentaciones ante la Justicia”.
Lo que deja ver la investigación “es el camino interno de la Iglesia, que en un primer momento no fue contundente como ahora, que hay un apoyo explícito”, dijo y mencionó el reconocimiento de las autoridades vaticanas a la práctica del padre José María (Pepe) Di Paola, coordinador del equipo de sacerdotes para las villas de emergencia.
“Rajate de acá; vas a ser boleta. Te la tienen jurada”, le dijo un hombre de unos 40 años, de pelo oscuro, que el cura Di Paolano reconoció. Eran casi las 20.30 del lunes 20 de abril de 2009.
“Venía de una reunión con coordinadores del hogar San José, la primera iniciativa de prevención de las drogas y la violencia que había fundado al poco tiempo de llegar como párroco de Caacupé, doce años antes”, relata Premat.
Y la respuesta del sacerdote la oyó todo el país tres días después: “No puedo decir qué pasará mañana, pero por ahora no pienso irme de la villa. Esa gente es mi familia. Esto para mí no es un trabajo en el que uno pude cambiarse de oficina”.
Premat asistió a la misa por los 35 años de la muerte de Mugica en la parroquia Cristo Obrero (Villa 31) justo cuando la editorial Sudamericana le aceptó la propuesta del libro. “Durante la misa distribuyeron fotos del sacerdote sencillamente enmarcadas y cada una con una reliquia: un pedazo del pantalón que llevaba el día que lo asesinaron, el 11 de mayo de 1974.
“Lo que hice fue seguir a esos laicos, todos vinculados de alguna forma con Mugica u otros curas de aquella época como Héctor Botán, Jorge Vernazza, Rodolfo Ricciardelli, Daniel de la Sierra, Jorge Goñi y Carlos Bustos (desaparecido). Y así fui reconstruyendo la historia que, con variaciones, nunca se interrumpió”.
La periodista recorrió ocho villas, realizó unas cuarenta entrevistas y tomó contacto con un apretado tejido de actividades sociales que se entrecruzan diariamente según las necesidades planteadas en cada vecindario.
Desde un jardín de infantes, hasta una secundaria, pasando por hogares para ancianos, talleres de capacitación para jóvenes, un servicio fúnebre y hasta el acompañamiento en diversos trámites.
Para los curas, remarca Premat, “lo primero es estar presentes, conocer a la gente y a sus necesidades”. Cuando murió el padre Ricciardelli –uno de los más antiguos– hubo un recambio. Y recién ahora los curas del Bajo Flores comenzaron las actividades luego de una etapa de conocimiento”.
De esa acentuación en la presencia, reitera Premat, “surgen respuestas en cada lugar, son variadas, si bien el tema de la droga atraviesa todas las propuestas. Hay lugares que no tienen muchas actividades formales, pero uno se queda un rato y la gente entra y sale de la parroquia. Es un lugar lleno de vida”.
También los curas están muy determinados “por la religiosidad de la gente, por buscar en sus raíces culturales –si son bolivianos, paraguayos o peruanos– aquello en lo que su pueblo se funda para sostenerlos acá. «Nosotros les damos un mensaje –dijeron– y ellos lo decodifican como pueden y saben hacerlo»”.
“Hay una gran pasión y un gran sacrificio –acotó–. Curas que pasaron de una iglesia en un barrio a vivir en la villa y surgen distintas maneras de relacionarse y de practicar el cristianismo”.
“Lo que más me sorprendió de esta investigación es constatar la frontera que hay entre distintas zonas de la ciudad. Cada vez que entrás en una villa lo sentís, es imposible hacerlo sin el acompañamiento de alguien de adentro. Me parecía estar en otro país. Me sentía insegura y mal. Algo muy fuerte”, confesó.
El proyecto de integración urbana planteado por el equipo de sacerdotes responde a esa inquietud con el objetivo final de integrar las villas a los barrios, sin muros ni calles que funcionen como barreras o divisorias.
“Otra cosa que descubrí es el protagonismo de los curas en la villa. Ves un liderazgo que no existe en otros barrios. Tiene que ver con la actitud de acercarle al vecino la posibilidad de acceder a la justicia, a la salud, a la educación. Y hay una manera de vivir la fe diferente en la gente que influye también”, observó Premat.
“Es normal tener tres bautismos en un día cualquiera, o encontrarme en la iglesia –como me pasó en Ciudad Oculta– con cinco jóvenes ensayando una canción para una misa. Y buscar al sacerdote para que los acompañe en los 15 de su hija, o por los 80 de la abuela”, describió la periodista.
Curas villeros está ilustrado con fotografías tomadas por Julián Bongiovanni y tiene un anexo con el listado de los miembros del equipo de sacerdotes para las villas de emergencia. Y otro con documentos, entre los que sobresale “La droga en las Villas: Despenalización de hecho”, del 25 de marzo de 2009.
