Por: Valeria Fridland
“«No tenemos suficientes balas» –se quejó el soldado alemán– de modo que tomaron a las criaturas de los pies y golpearon sus cabezas contra el carro. No fueron uno, ni dos, ni diez… aquel pequeño testigo vio 200 asesinatos de este tipo”. El relato corresponde al sacerdote católico francés Patrick Desbois, quien estuvo esta semana en Rosario invitado por el empresario rosarino Miguel Rosental, en el marco de una serie de disertaciones de figuras internacionales.
Desbois es presidente de la organización Yahad–In Unum, que tanto en hebreo como en Latín significa “Juntos”. Es director de la Comisión Episcopal para las Relaciones con el Judaísmo, y se encuentra íntimamente relacionado con la Conferencia de Obispos Franceses. El religioso es nieto de un deportado francés al campo de Rawa Ruska, ubicado actualmente en Ucrania, y fue precisamente la historia vivida por su abuelo, prisionero soviético y trasladado a un campo alemán en 1942, lo que lo llevó a realizar el trabajo que hoy desempeña junto con otras personas: el descubrimiento de fosas comunes en Europa del Este, en las que cayeron asesinados miles de judíos y otras minorías étnicas, como los gitanos. Claro, los relatos de los sucesos vividos por su abuelo, aislado en aquella ciudad ucraniana, fueron sin lugar a dudas demasiado resumidos para un hombre con la curiosidad del padre Desbois. Motivado por conocer más de su propia historia, viajó al lugar de los hechos, una pequeña aldea de Ucrania.
Hablar con él emociona, conmueve a todo espíritu interesado en el destino humano. “La emoción fue muy profunda –recuerda con dejos de nostalgia cuando le preguntamos qué sintió al iniciar el trabajo– pero la sorpresa fue aún mayor”. En el transcurso de su recorrida por el pequeño poblado percibió que no existía lugar para recordar a las víctimas que allí habían fallecido; miles de cuerpos todavía no contaban con su merecido sitio para descansar en paz.
Al cabo de los primeros días de enero de 2004, Desbois logró plasmar su deseo de fundar una organización, con la ayuda del cardenal Jean Marie Lustiger, quien entonces ejercía como arzobispo de París, y el rabino Israel Singer, presidente del Congreso Judío Mundial. Bajo la denominación de Yahad–In Unum, la nueva entidad fijó su atención en la localización de fosas comunes en Ucrania, Rusia, Bielorrusia y Polonia, de víctimas judías asesinadas a manos de los Einsatzgruppen, “unidades nazis especialmente conformadas para la aniquilación de judíos”, define el sacerdote.
—¿Cómo es la metodología de trabajo de Yahad–In Unum?
—Somos un equipo de más de 20 personas. En primer lugar se recopila información de los archivos alemanes y soviéticos y se traduce al francés. Luego, un grupo de nueve o diez personas viaja al lugar en búsqueda de los testimonios. Golpeamos puerta por puerta de cada pequeño pueblo, y si vemos por la calle a una persona mayor también es consultada. Dos preguntas son las claves: “¿Estaba aquí durante la guerra?” “¿Vio alguna ejecución?”. Debemos recordar que se trata de gente mayor, que hoy en día tienen entre 75 y 90 años, y el sadismo se repite sin fin. Constantemente estamos escuchando historias nuevas, cada testimonio es único, cada testigo aporta su versión. No obstante, cuentan todos con un denominador común: ¡No al silencio! Están ansiosos por hablar, por contar su verdad, transmitir lo que vieron y vivieron, antes que sea demasiado tarde.
—El silencio fue una de las posturas que adoptaron masivamente los países que no se vieron involucrados en la guerra…
—El mundo entero sabía absolutamente todo lo que sucedía, no hubo nadie que no se haya enterado de lo que ocurrió en aquel momento. Por mi parte, creo que es iluso pretender que el mundo hable. Considero que la humanidad tiene una capacidad increíble para soportar un crimen e incluso verlo de la misma forma que mira un accidente. No obstante, cabe destacar una de las características sobresalientes de todo genocidio: la rapidez con que se actúa. Mientras transcurre, el resto comienza a pensar la manera de resolver el problema. Pero cuando creen haber hallado una posible solución, se ha matado a miles y miles de personas.
— ¿Qué mensaje le dejaría a la sociedad?
—Quiero compartir con ustedes una de las más grandes enseñanzas de mi vida. Me la transmitió la Madre Teresa, con quien tuve el honor de trabajar en mi juventud. La gente solía preguntarle a menudo cómo hacía para estar en Calcuta, rodeada de millones de personas muriendo. Sabia era su respuesta: “Yo jamás vi un millón. Siempre veo a uno, más uno, más uno…”. Hasta el día de hoy, sigue siendo mi motivación, como así también la de mi equipo. Nosotros trabajamos por la memoria de las víctimas.
