Arrimado
Mariela se llevó las manos a la boca y dio un grito terrible.
—Echá a ese gato a la mierda.
—Es mi gato.
—Mentira, es un arrimado. Echalo, esos gatos traen desgracias.
Ella siempre fue así: dramática y exagerada. Supersticiosa y metida, como mi tía Luisa. Vivían a dos cuadras de casa, en el barrio lindo, al otro lado del zanjón. Ellas me llevaban a la escuela y me cuidaban ahí hasta que mi mamá llegaba de trabajar. La tía Luisa tenía una casa con rejas blancas y un patio con enredaderas que se trepaba por toda la pared. Siempre estaba impecable, no como la nuestra, donde el pasto crecía salvaje entre los ladrillos sueltos y las plantas de tomate que mamá plantaba en el verano, y que se morían quemadas.
Mariela tenía razón en algo: el Negro era el bicho nuevo, arrimado como el Keti y el Titán. Pero los perros no molestaban a nadie. El Keti era cremita con manchas marrones en las orejas y siempre andaba moviendo la cola como si fuera el dueño del mundo. El Titán era como una vaca macho, que se echaba en la entrada y no se movía, aunque le gritaras o lo patearas. Nadie los corría. Eran perros y con eso, bastaba.
El problema era con el Negro, que era como el carbón y con los ojos verdes con fluo. Como los ojos de gato de la bici nueva del Chino, la cromada que se trajo de Buenos Aires después de la Navidad.
Lo encontré la noche de Año Nuevo, debajo del asador, escondido entre las bolsas de carbón, la leña y unos ladrillos, cuando fui a buscar brasa para prender petardos. El aire tenía olor a pólvora y a humo, y se escuchaban explosiones por todo el barrio. Los perros ladraban nerviosos, y en la casa de al lado la cumbia estaba a todo volumen. El ruido de las uñas raspando los carbones y un quejido finito lo delataron. Era un sonido lastimero, que apenas se oía entre todo el festejo.
Tenía la pata izquierda torcida, atrapada entre un ladrillo roto y la pared del asador. Estaba hinchada y no la dejaba quieta, no sé si porque me tenía miedo o por el dolor. Por eso no salió corriendo, creo. O tal vez no se fue porque estaba asustado por los tres tiros y los rompeportones del Chino y de sus primos de Córdoba, que llegaron el lunes en una camioneta azul. La habían estacionado en frente de casa, pero Cacho la pateó tanto que tuvieron que llevarla a un garage en el centro. Cacho siempre hacía esas cosas cuando tomaba. Se levantaba gritando por cualquier cosa: que si no había cerveza en la heladera, que si la tele estaba muy fuerte, que si los perros habían ladrado toda la noche. Mamá se hacía la que no lo escuchaba, pero yo veía cómo cerraba los ojos cuando él empezaba a gritar.
Le acaricié la cabeza al Negro y saqué el ladrillo de la pata con cuidado. Estaba caliente todavía, el asador había estado prendido hasta hacía poco. Lo levanté despacito, lo alcé a upa y le di muchos besos. Era tan chiquito que, acurrucado, casi entraba en mi mano. Pensaba en si tenía mamá, si se había escapado de algún perro o si buscaba una casa en donde lo quisieran y lo cuidaran. Lo llevé hasta el tablón donde habíamos cenado. Se agarró de mi remera con las uñitas, y sentí que su corazón latía muy rápido.
Mamá me vio y buscó una rama, dijo que lo corriera. Tenía los ojos brillantes y cansados bajo la luz amarilla, y un rodete alto con pelos sueltos pegados sobre la cara. Había estado atendiendo en el supermercado hasta las diez de la noche, porque en las fiestas siempre había más gente.
— Basta de bichos, Juliana. Ya tenemos bastantes.
Pero el Negro estaba rengo y me miraba dolorido, no lo podía dejar así. Le di un pedazo de asado sin que mamá me viera, de esa carne jugosa que todavía tenía el gustito a chimichurri y lo escondí de nuevo debajo del asador. Le acerqué el tarrito de agua del Keti.
—Tranquilo, Negro lindo. Nadie te va a correr.
Me quedé un rato ahí, agachada, viendo cómo lamía el agua con su lengua rosada. De vez en cuando levantaba la cabeza y me miraba, como agradecido. Los petardos seguían explotando a lo lejos, ya no asustaban tanto. Cacho gritaba y le ofrecía piñas al vecino que él había invitado a cenar. Mamá los quiso separar, se cayó al suelo y le sangraba la nariz. Le di un beso al Negrito, lo acomodé rápido bajo el asador y me fui a ayudarla a levantarse.
A la mañana siguiente, cuando el sol ya pegaba fuerte en el patio, escuché las voces de la tía Luisa, su novio y Mariela que llegaban para el almuerzo del primero. El novio se llamaba Raúl, era petiso y calvo, con unos anteojos gruesos que se le resbalaban por la nariz. Era el tercer novio después de mi tío, que se fue a trabajar a Mendoza y nunca volvió. Mariela una vez me contó que él y Cacho eran primos.
Armamos el tablón chico debajo del limonero porque el calor no se aguantaba más. El termómetro que tenía mamá colgado en la galería marcaba treinta y ocho grados, y ni una brisa movía los pastos secos que se acumulaban en los rincones del patio.
Cacho no se levantó, decía que le dolía la cabeza, pero yo sabía que era porque habían peleado toda la noche. Se había quedado encerrado en la pieza con las persianas bajas y el ventilador a toda velocidad, tomando vino con soda. Había sobrado asado y papas y clericó de la noche anterior, así que no lo necesitábamos.
Mamá decía que sin Cacho nos moriríamos de hambre, que Cacho era tomador, pero bueno. Que se crio solo, pobre, que no era su culpa. Las amigas que venían antes a casa le dijeron muchas veces que lo echara, que se merecía algo mejor, que ese hombre le iba a traer problemas. Pero a mamá le daba lástima, o tenía miedo de quedarse sola conmigo.
Ella comió medio rápido porque el supermercado abría igual a la tarde, por más que fuera primero de enero, tenía que salir a trabajar. El dueño le pagaba doble por trabajar los feriados, y nosotras necesitábamos la plata. Me dio un beso rápido, de esos que apenas te rozan el cachete, me dijo que me porte bien y buscó la bici. Era una bici vieja, celeste, con la pintura saltada y una canasta de mimbre adelante donde llevaba la cartera y el equipo de mate. La miré irse por la ventana hasta que dobló la esquina.
La tía levantó la mesa con movimientos rápidos, apiló los platos y puso todos los cubiertos en un vaso. Hizo el chiste de todos los almuerzos de Año Nuevo: lo que haces en primero de enero, lo vas a hacer todo el año. Mariela la ayudó a lavarlos en la pileta de la cocina, con agua casi hirviendo porque el sol había calentado el tanque de cemento. Yo me ocupé de barrer y de guardar todo en el aparador. La tía me preguntó si había visto a Cacho. Ya no estaba en su pieza y tampoco la moto guardada en el galpón.
Mariela buscó unas barbis nuevas que el Niño Dios le había traído para Navidad. Venían en una caja rosada con brillitos, y tenían vestidos de princesa con mucho encaje y zapatos diminutos que se podían sacar y poner. Me invitó a jugar, pero yo tenía que ver cómo estaba el Negrito. Ayudé al novio de la tía a desarmar el tablón y guardar las sillas en el lavadero. Después, junté todas las grasitas y los huesos para darles al Keti y al Titán. Los dos perros se acercaron moviendo la cola, ya sabían lo que tenían que hacer después de los asados.
Pero para el Negrito guardé un pedazo de vacío y medio chorizo. Lo escondí en un plato hondo, de esos blancos con flores azules que habían sido de la abuela, lo tapé con una servilleta y se lo llevé con cuidado.
Seguía ahí, debajo del asador, y me miraba fijo con los ojos prendidos. Salió despacio del hueco de los ladrillos, rengo, con la pata torcida, casi que la arrastraba. Cambié el agua del tarrito y le acerqué el plato con comida. Mordió un poco la carne con delicadeza, como un señor en un restaurante fino, y se apoyó sobre mis rodillas. Su pelo estaba suave y caliente, y ronroneaba bajito mientras lo acariciaba detrás de las orejas. Una ambulancia pasó rápido por la calle, con la sirena a todo volumen. Nos asustó a los dos.
Mariela me buscaba para jugar de nuevo, con las barbis en las manos. Quería mostrarme como las había peinado y lo lindos que eran los vestidos nuevos. Llegó hasta el asador, vio al Negro, y se le cayeron las muñecas al piso. Se quedó paralizada, con las manos en la boca y los ojos muy grandes, como si hubiera visto un fantasma Me gritó, echó una maldición y corrió hacia la cocina.
Un rato después, la tía se acercó. Me puso la mano en el hombro.
—Vení, Julia. Vení adentro un ratito.
La seguí. La voz de la tía Luisa sonaba diferente, casi quebrada. Tenía el celular en la mano y le temblaba el ojo izquierdo, como le pasaba cuando se ponía muy nerviosa. Adentro, Mariela guardaba las muñecas en la bolsa de tela, llenas de la tierra seca del patio, y miraba el piso como en un berrinche gordo. O como en un enojo tremendo.
Pregunté por mamá, pero enseguida miré el reloj de la cocina y supe que aún no había salido de trabajar. El ventilador giraba despacio y con un chirrido nuevo, como si algo del motor estuviera flojo. Ya casi no había sol y el fluorescente titilaba y me molestaba en los ojos. Era una de esas luces que hacen ruido, un zumbido constante que se metía en mi cabeza.
Raúl estaba en mi pieza con el celular, hablando en voz baja. Le decía a alguien que era un boludo, que mirá lo que hiciste, que ahora cómo arreglaban este quilombo. Su voz se escuchaba despacio a través de la puerta entreabierta, pero se notaba que estaba enojado y asustado al mismo tiempo. La tía se acercó y la cerró, mientras se secaba la cara con la otra mano. Me pidió que armara un bolsito con algunas mudas de ropa y el cepillo de dientes, que me iba para su casa por unos días. Mamá estaba en el hospital. Le pregunté qué había pasado, si estaba enferma, si se había lastimado, pero ella bajaba los ojos y aspiraba la nariz. Solo repetía que armara el bolso rápido. Le pregunté por Cacho, si me podía quedar con él. Alzó la vista y no me respondió. Me miró raro, con enojo, como si hubiese dicho una mala palabra. Mariela me gritó desde la cocina.
—Yo te dije. Echá ese gato.
Cerró la puerta de la cocina con tanta fuerza que retumbó en toda la casa. Los vidrios de las ventanas temblaron, y se escuchó algo que se caía en algún lugar, tal vez un vaso o un plato.
Tocaron el timbre y Raúl salió a atender. Escuché la voz de dos señores preguntándole si era pariente de mi mamá. Aproveché, entré a mi pieza y busqué la mochila de la escuela. Puse dos remeras, un short, un par de bombachas y el cepillo de dientes que tenía dibujitos de Frozen. También agarré el peluche de oso que me había regalado mamá para mi cumpleaños, porque sin él no podía dormir. Era marrón clarito, con un moño rojo, y tenía el perfume que usaba ella.
Mi tía hablaba con el novio y los señores de la puerta. Uno fumaba un cigarrillo y miraba por encima del hombro de la tía. El otro, anotaba cosas en una libreta. Me acerqué hasta ellos y pregunté qué pasaba, pero mi tía me señaló la puerta del patio.
Les puse agua y comida a los perros, cada uno en sus tarros. El Keti y el Titán se acercaron, les acaricié la cabeza y les prometí que al otro día iba a pasar a verlos. Me acerqué al asador. El gato salió rápido, a pesar de tener la pata lastimada, y apoyó su cabeza en mi pierna izquierda. Lo acaricié y le dije que no lo iba a dejar solo, que iba a volver a buscarlo.
La tía apareció detrás de mí, sin hacer ruido. Tenía la cara roja y se limpiaba la nariz con una servilleta. Me abrazó y me dio un beso en la cabeza. Cuando vio al gato, pegó un grito y me empujó para un costado. El Negrito se trepó a mi remera y me arañó los brazos.
—Gato de mierda.
El gato saltó y comenzó a correr por el patio. Seguía rengo. Yo corría detrás de él y le pedía por favor que lo dejara, que estaba lastimado. La tía buscó el palo con el que levantábamos la soga de la ropa. El Negrito se trepó dando arañazos sobre el tejido del fondo. La tía le cruzó el palo por las patas y lo hizo caer sobre una maceta rota. Lo levanté, pero me lo sacó de las manos. Lo agarró por el lomo, lo miró con asco y lo tiró contra el tapial alto de la casa del Chino. Se escuchó un golpe seco, terrible, como algo que se rompe y no se puede arreglar. Y después, nada. El silencio se tragó hasta el ruido de los grillos. Un hilo de sangre espesa se deslizaba por la pared.
El Negrito se quedó quieto. arriba de la pila de ladrillos. Con los ojos verdes ya sin fluo, como si se hubieran apagado para siempre.
***
Claudia Diaz es técnica en Administración de Empresas y estudiante de la Licenciatura en Gestión de la Tecnología y, de la Diplomatura en Teoría y Producción Literaria (UNVM). Participó en antologías y publicaciones en revistas digitales (El Narratorio, Trenimsonme). En el año 2021, obtuvo el segundo puesto en el certamen literario organizado por el Fondo Editorial Municipal de la ciudad de Rafaela.
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