Mención especial: «Cenis» por Mariela Carina Alonso

Cenis

Pesaba treinta y ocho kilos. Vivía en un pueblo viejo, de esos que no tenían avance, donde las palomas y las calandrias se posaban sobre los cables del tendido eléctrico y permanecían allí, ondeando su victoria de eternidad. Si las fábricas cerraban o si había que irse lejos, las descascaradas paredes con interminables capas de rosa o verde agua, agrietadas hasta mostrar un gris de moho, imperturbables, verían caer las tardes de un día que ya se había precipitado desde el amanecer. Pesaba treinta y ocho kilos, la había criado su abuela hasta los siete años, al morir, la maestra de la única escuela primaria que existía en la zona la dejó en su casa mientras se hacían los papeles para una posible adopción, no papeles como trámites burocráticos, legales, sino interpretaciones, la comedia de una esperanza de lo que sabían bien todos, nada llegaría. No pesaba mucho más de lo que había sido su madre, una muchacha de aspecto desprolijo que trabajaba en un puesto sobre la ruta vendiendo lo que se ofreciera, algunas veces fueron frutas de estación, sandías o frutillas, al rayo de un sol que prometía con crudeza, el movimiento que para todos los demás era sólo paso. Aún sin saber esto, la hija también lo hizo, también vendió frutas recalentadas, otras veces bolsas de carbón o montones de leña por peso que apenas podía sostener con sus huesudas manos. También había sido el comodín de un puesto de choripanes, haciendo todo cuanto le pedían los camioneros que al alto del camino quedaban. Vaciaba baldes y baldes con aguas sucias de sumergir, una y otra vez, las manos grasientas, los trapos negros que no conocían el jabón ni la lejía, los que se tiraban ahí mismo, detrás, más atrás de aquel pequeño carromato de chapa, donde pasaba las horas siendo una esclava de lo fortuito que pudiera traer el día. En ese espacio de trasfondo podían encontrarse insospechadas sorpresas, como si el frente del chaperío abollado fuera donde se representaba la escena de lo legal, donde se abrían los panes como promesas y sosiego de los caminantes, como si aquello fuera un telón y esa trastienda, obscenidad de una prisión de tiempo y forma que succionaba la vida. Allí, la Caro, enjuagaba sus manos con cortadas repetidas innumerables veces en el agua mugrienta con restos de carne cruda, hilachas de vísceras y restos de verduras podridas. Allí, pasos más, pasos menos, se agachaba entre los yuyos a orinar sin ninguna incomodidad mientras enroscaba, hasta rozar sus diminutas tetas, su vestidito de tela con flores marchitas, descoloridas y viejas, una tela liviana, ya gastada, que parecía siempre a punto de rasgarse, pero que le aguantaba con valentía un día más sólo porque ella estaba en los huesos y nunca le hacía tensión, le bailaba sobre el cuerpo y más que vestido parecía una bandera. Era curioso el asunto del vestido, porque hacía al menos unos diez años que lo usaba y ya era viejo desde el inicio, no tenía recuerdos de cuándo ni cómo lo había conseguido, sólo que un día se fundió con ella y ya no fue más ella sin usarlo.

Sus treinta y ocho kilos se movían como si fueran una aparición, siempre sonriente, era una geisha popular, un despojo pintoresco, una planta silvestre al costado del camino, una sobreviviente sin consciencia. Desperdigaba cortesía, era amable con todos, había aprendido que sonreír le daba chances de no perder, así que lo hacía en exceso. La fragilidad de la Caro era un llamador que resonaba con cada movimiento. Este sonido no era uno que existiera por sí mismo, sonaba diferente para cada persona que lo percibía, para los gentiles invocaba dulzura, para los abusadores sonaba a oportunidad. Al terminar las jornadas de trabajo, cada vez que volvía para la casa, se paraba en las vías del tren, bien al medio, se plantaba primero con los ojos entrecerrados, enraizada por la pertenencia y al cabo de unos segundos, los abría despacio y dejaba que se le perdiera la mirada viendo cómo se juntaban en un punto lejano y cómo le auguraban bien claro, los dos lados del pueblo y los dos lados del camino. Así miraba, como si en ello se le fuera, entre líneas, también el destino. Una atemporalidad extraña signaba la percepción sobre ella; no era vieja, no era niña, no era mujer, encorvada, inocente, fresca, pero también asexuada, traviesa, impredecible, con una notable dificultad para pronunciar las palabras que tendía a no decir y razonamientos lineales que la hacían desaparecer despreocupada de la intemperie simbólica en que vivía.

Una oscilación constante movía la proyección de su ser, entre la vieja y la niña, las que se acomodaban sin contradicciones y con paz genuina, conviviendo hacinadas en ese minúsculo cuerpo en proyecto. Se burlaban de ella los chicos del pueblo cuando pasaban para la escuela y ella salía a fumar a la puerta de la carnicería que limpiaba tres veces por semana. Ahí, en esos fragmentos de tiempo gastado en trabajo que la obligaban a no hacer nada, como intermitencia, también había conocido a los más grandecitos, los que la invitaban con cervezas y le daban plata si les hacía los mandados. Empezaron pidiéndole que les comprara cigarrillos, después le pidieron que llegara más lejos, al límite con el otro pueblo, a comprar porros, y como a todo decía sí, un día le propusieron que fuera su sparring en las rondas de pelea que tenían en un local abandonado. No tenían entrenadores, eran tres flacuchos aburridos que sin haber aprendido a dar un golpe, querían sentirse boxeadores y sentir también que podían hacer algo para que el pueblo no se los tragara, aunque no tuvieran la lucidez de pensarlo, lo hacían a ciegas, como toda fuerza inexplicable que pelea contra un enemigo invisible. Eran un tanto idiotas, un tanto incautos, no perversos ni avezados en maldad. Se habían criado viéndola ir y venir sonriendo, y de un modo plagado de alienante sentido común, la respetaban. A decir verdad, podían ser tantas otras cosas que nada tenían que ver con el respeto, como lástima, como la que se tiene a un cachorro atropellado al costado de la ruta, o una cierta familiaridad nacida de lo establecido, o lo peor, como resguardo, como si la Caro fuera la que mantenía a salvo a todos los demás de caer en el último lugar del fondo social del pueblo y eso les hacía manifestar un agradecimiento hipócrita travestido de bondad. No eran centauros, no podrían haber sido nunca una manada primitiva, no vagaban por el pueblo como una horda de acechadores destructivos, borrachos y pendencieros. Eran más bien un cúmulo de melancolía, la sumatoria de una no vida a otra, como si hubieran adherido las almas y los días por vivir, para tener un resto de potencia extra frente al horror de no tener nada que hacer ni nada que cambiar. A medida que se juntaban, el tedio empezó a ser ahuyentado del pueblo aquel como un fantasma negro y con cada golpe, una sutil brisa de oxígeno se les metía en los huesos. Entre todos le compraron a la Caro las protecciones necesarias, casco, guantes y pechera, pero al primer guanteo, ella se arrancaba los acolchados para quedarse despojada y arriesgada, imprudente, deseante de movimiento. Para sorpresa y gusto de los pibes, era rápida, se movía sin parar, esquivaba los golpes, los tímidos primeros y aquellos que con el tiempo fueron subiendo el compromiso de intensidad. Aumentaba el nivel de todo, los días, la fuerza, las ganas. En un par de meses, la Caro ya cobraba el triple de la propuesta inicial, incluso había descubierto que si lograba conectarlos suave al hígado o a la mandíbula, al terminar, le darían alguna propina extra. Sin embargo, la ganancia no estaba en el dinero, no era eso lo que la impulsaba. Salía corriendo de la carnicería, hasta la casucha donde se encontraban, llevando algo adentro que nunca había sentido, un cosquilleo, una calentura incipiente, unas ganas de respirar, hasta había llegado a tener hambre y disfrutar del sueño después de aquellos encuentros con los tres pibes.

Una tarde calurosa, mientras dos de ellos practicaban entre sí a los puros amagues, el otro la golpeó fuerte aprovechando una cercanía que la Caro nunca cedía. La estampó contra el piso, le reventó el labio superior, bien al medio, tan certero que de inmediato se le hinchó como la panza de un sapo y sangró a chorros al cortarse contra los dientes. El chico se paralizó, cuando le vio la sangre estrellada como si fuera la obra de una mano expresionista, quedó seco, en su interior se debatía algo excitado al ver su propia fuerza y a la vez, confundido por el daño y las consecuencias. Los otros miraban congelados, expectantes, arrepentidos ya, sin siquiera saber de qué. La Caro se paró, levantó la cabeza y empezó a reírse, no como la muñequita de siempre, mostraba los dientes llenos de sangre y sus carcajadas resonaban estrepitosas, malignas, como rumor de muchas aguas bajando ansiosas por un río de montaña. Se pasó el revés de la mano izquierda por la boca y no se detuvo ni por un instante a ver la sangre, sólo pareció impresionarse al ver que por completo se le había rasgado el vestido. El corazón se le salía del pecho, por primera vez, una furia, un deseo absoluto, como el de la Cenis de Tesalia, quien decidió una revancha perpetua sobre su vida, la quemaba. Así se fue rumbo a su casa y al llegar a las vías, sin detenerse un segundo, en lugar de tomar la salida de siempre, cruzó hacia el otro lado.

***

Mariela Carina Alonso es Profesora de Enseñanza Primaria, Bachiller en Letras por la Universidad Nacional de Rosario. Coordina espacios de formación docente en la provincia de Santa Fe, Ministerio de Educación, así como espacios no formales que propician la formación de equipos de trabajo. Publicó artículos que promueven la reflexión acerca de la convivencia social, la educación y la conducción. Es directora de la Escuela Nº 528 de Rosario y tallerista. Trabaja en la coordinación de un espacio virtual de lectura y escritura recién dado a luz: @elvientoselevantaletra.

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