Mención especial: «La cura» por Nicolás González

La cura

Estaba fría la mañana y, sobre el camino, la niebla se retiraba ensimismada como una mujer que no ha dormido en toda la noche. Comenzaron a aparecer los plátanos en hileras y en una de las ramas, un hornero apuntó su canto hacia el cielo lila. Con su pose de Moctezuma, el ave sorprendió a las dos mujeres que caminaban juntas. A decir verdad, no tan próximas. Cuando Laura se distraía con aquellas pequeñas cosas que se movían en el paisaje, –el salto de una calandria, la copa de un eucaliptus, las orejas de una liebre–, se retrasaba y quedaba siempre un poco más atrás. Luego, apuraba sus pies hasta alcanzar a su amiga. En cambio, Rosana siempre mantenía el mismo ritmo, cada paso duraba igual que el anterior.

Pasó media hora hasta que llegaron a la entrada del lugar y no hizo falta que empujaran la puerta de rejas negras con barrotes oxidados. La puerta que nunca se cierra, pensó Rosana.

—No la cierres— le dijo Rosana a Laura. Al mismo tiempo se frotó las manos, no tanto por el frío sino para hacer algo con ellas. Con el sol, las manos de Rosana se volvían dos roedores inquietos, y desde lo de Patricia intentaba mantenerlas dentro de los bolsillos. Se convencía a sí misma con la excusa de palpar que las llaves siguieran allí, acariciar la panza de resina china del llavero con la estatuita de Buda, también último regalo de Patri. Y asegurarse de las hierbas, esa mezcla extraña y secreta que su abuela usaba para curar enfermedades terminales. Tocó la bolsa con hierbas trituradas: menta, salvia, aloe, jengibre, ortiga, lavanda y doradilla, también llamada planta de la resurrección.

Apenas entraron, vieron que, en el cantero del fondo con forma de óvalo, crecían malvones mustios, barba de viejo, falsa cala y dormía un perro amarillo hecho un ovillo. A simple vista parecía un almohadón sobre la tierra, todavía húmedo por el rocío nocturno. Con el paso de las mujeres, levantó el rostro hacia ellas. Los ojos todavía se mantenían sin abrirse del todo. Su intuición confirmó que ellas no representaban una amenaza y apoyó el hocico entre las piernas como un dragón fiacoso.

Laura tomó asiento sobre el borde de la piedra del cantero que contenía la tierra dura, compacta. A Rosana no le gustaban esas plantas, apenas las miró.

—Está lindo el sol—comentó Laura apuntando con sus anteojos cuadrados hacia el azul del cielo. Tenía la nariz iluminada.

Hacía tiempo que Rosana se desentendía de ese tipo de frases, se inclinó y comenzó a limpiar con una franela naranja percudida sobre la foto de una mujer. ¿Percudida o percutida?, nunca supo cómo se decía. Laura sacó, del bolsillo del saco de paño negro, el atado de Lucky Strike ya empezado.

—¿Vas a fumar acá?

—Estamos en un lugar abierto, ¿no?

De algún modo, tardó en encenderlo. Y el primer ardor dio continuidad a los siguientes. Pequeña lumbre que se volvía intensa cuando el humo se deslizaba, placenteramente, por la boca, seguía por sobre la lengua para desembocar en la tráquea y acariciar los pulmones hasta seducir a los alvéolos.

No hay nadie, pensó.

—¿Vos pensabas que habría gente?—preguntó Laura, mientras Rosana miraba hacia lo que tenía enfrente de sus rodillas, como si hubieran otros ojos a los que no les pudiera quitar la vista.

—Marcela dijo que a lo mejor pasaba. Ojalá que no.

Ojalá que no, pero si fuéramos tres sería más fácil.

A la mitad del cigarrillo, Laura se movió hacia la parte de los malvones. Desde allí vio que a Rosana, ese sol débil le abrazaba una espalda afligida y le resaltaba las raíces canosas. Podría ser mi madre, pensó. Luego, estiró el brazo hacia ella con el paquete de Lucky en la mano:

—¿Querés?

—Hace años que no fumo—dijo Rosana largando un suspiro, reemplazo de un tabaco invisible.

—¿Querés?

La punta blanca del filtro se asomaba nueva, tentadora y luego de acariciarse una mano con la otra, tomó el cigarrillo y se lo llevó a la boca. Laura se lo encendió y con la mano libre hizo reparo de una brisa que no había.

Rosana dio una pitada al cigarrillo y al olvidar qué hacer con el humo, tosió. Ambas rieron, por fin rieron. Y ahora que algo se había relajado, era el momento de comenzar. Con la punta de un destornillador fue sacando la pastina seca, pegada alrededor del cuadrado de piedra. Apenas la raspaba, se deshacía en arenilla.

—¿Te acordás cuando me pedían cigarrillos a escondidas? Siempre creyeron que me fumaba dos o tres, por ustedes — dijo Laura mirando sus manos. Rosana largó un quejido de dolor por uno de los dedos. —A ver, déjame a mí.

Golpeaba de a poco, para no romperla, la tapa de cemento. Fue en ese momento cuando el perro se despabiló y al levantarse, arqueó su columna, luego llevó las patas delanteras hacia adelante como en una asana de yoga y, mientras se masajeaba el dedo, recién allí Rosana le descubrió la vagina.

—Es una perra— dijo.

—Tarde de brujas.

La perra se acercó hasta ellas y, si bien estaba atenta, las olfateó sin dejar de mover la cola.

Tac tac tac, tac tac toc, se aflojó la losa principal. Desde el cantero, Rosana resopló y desenvolvió un paquete blanco atado con una cinta fina dorada. El sol y los ojos de la perra acariciaron golosos las facturas. Después de sacudirse el pantalón a la altura de la rodilla, Laura se estiró y tomó la de dulce de leche. La perra olfateaba, imposible quitarles la vista de encima.

—¿Le damos una?

—Las de membrillo, no.

Partió la medialuna salada, se la acercó hasta ponérsela delante del hocico y antes de aceptarla, el animal olfateó. Luego, una vez en la boca la llevó a un costado y la dejó sobre el piso como a un cachorro.

—Hambre no debe pasar. Si no, ya la hubiera comido.

Miraron a la perra que ahora se había echado sobre su costado izquierdo y el sol la iluminaba entera. Mientras tanto, del agujero recién descubierto, provenía un olor extraño, mezcla de pegamento y manzanas podridas.

—A Patri le gustaban las de membrillo.

—Sus preferidas.

Detrás de los anteojos redondos, los ojos de Rosana mantenían una sombra grisácea de varios días sin dormir. A pesar de que Rosana y su ceño fruncido ya eran un clásico, sin embargo, ahora no lo llevaba tan marcado.

Sin acuerdo previo, ambas tomaron de los costados de la madera y comenzaron a retirarla. Pero no cedía, algo la trababa en el fondo. Si Patricia estuviera de este lado, seguramente se pondría a solucionarlo. Sabía hacer de todo, era de esas mujeres que se daban maña.

—Solo estamos nosotras— dijo Rosana.

—Todas nosotras— agregó Laura.

Tiraron hacia fuera, empujaron, hicieron la fuerza necesaria hasta que oyeron que algo cedió o se rompió.

La perra miró sorprendida.

—¿Seguimos?

—Por mí, sí.

En ese momento, una bandada de bandurrias atravesó el cielo. Solían pasar por la tarde ¿Qué hora era? Rosana miró hacia la puerta de rejas de la entrada que permanecía en la misma posición de antes. El casero no estaba, el casero nunca estaba. ¿Y si por allí entraba alguna otra persona y las sorprendía?

—¿Y si nos descubren?

—Rosana, si no querés hacer esto, te podés ir.

Laura la desconoció. Por primera vez, Rosana perdía esa aparente seguridad, por primera vez dejaba de ser aquella mujer dueña de sí misma, cubierta por una piel de decisiones correctas, si hasta le temblaban un poco las manos. Las mismas que Patricia le pintaba las uñas.

Antes de ayudar a sacarlo del todo, Rosana acomodó lo que habían dejado sobre los canteros. Ordenaba con la misma intencionalidad como cuando esperaba visitas en su casa. En cambio, Laura se quedó mirando un momento la parte de la madera que asomaba. Ahora cargaba en el rostro la nostalgia de un pasado poblado de risas y guardapolvos, tiza en las manos, aleteos de palomas. No sabía por qué, pero los recuerdos con ella y Patri de aquella época se le presentaban en blanco y negro.

Después de jugar con la masa, la perra comió la mitad de la medialuna, luego se levantó y sacudió el cuerpo como si se hubiera mojado, sin dejar de mover la cola.

—¿Ahora?

—Ahora.

Pujaron, gimieron y usaron una fuerza proveniente de las entrañas, la ancestral, como si trajeran hacia ella el peso de una canoa. Gratis no fue, se rasparon los antebrazos y la tendinitis de Laura renació en su muñeca izquierda.

Pero al final, lograron sacarlo.

Con los pechos agitados, las pulsaciones estaban incontrolables. Laura dijo:

—Mirá si nos viera Laseñoradelópez, ella sí que se asustaría. Y a vos que te decía La curandera, solo por saber curar el mal de ojo y la insolación.

Era cierto, desde la adolescencia que Rosana había aprendido a hacer esas curaciones y también los nervios cuando un músculo sufría dolor, granos de maíz y un vaso con agua. Curaba muchas cosas, excepto las verrugas. En aquella época, para borrar las tres que le habían salido en la frente y en la nariz, tuvo que pedir ayuda. Pero en su barrio no había quién supiera. Buscó en el Santa Lucía, donde le habían hablado del Señor Ambrosio. Formoseño y dueño de un vivero. Se las curó de palabra. Antes, le había pedido que llevara la misma cantidad de granos de sal gruesa que de verrugas a quitar y un pañuelo blanco, limpio. El Señor Ambrosio vivía con sus gallinas, dos perras mugrientas y un loro, y una mañana de sábado se las curó con un susurro y su mano encima de las protuberancias.

—El viernes que viene tengo un casamiento, saquemela, por favor— le había dicho ella.

El Señor Ambrosio la miró con los ojos entrecerrados, apenas sonrió y al terminar le dijo que se fuera caminando por un lugar donde no hubiera personas, que arrojara por el hombro izquierdo el pañuelo sin abrir (envolvía a los tres granos de sal gruesa) sin mirar para atrás. Esto último dijo que era lo más importante. Y así lo hizo por las vías donde no había nadie y a los tres días, Rosana contempló su piel lisa de siempre. Desde aquella vez, comenzó a creer más que antes.

Apoyaron con cuidado la madera sobre el piso. Tenían que descansar. Laura miró hacia las cotorras que estaban en lo alto de los eucaliptus, Rosana lo hizo no tan lejos, hacia la puerta negra entreabierta. El sereno no vendría, ese día ni el siguiente, basta con el sereno, tenía que dejar de pensar en eso. Pero, ¿cómo desatenderse de la mirada de un hombre que su trabajo es vigilar y controlar?

La tapa también tenía un sellador y volvieron a usar el destornillador que comenzó a chillar como si se quejara. Lo hicieron despacio hasta dejarla floja, pero sin abrirla del todo.

—Y ahora, ¿qué se dice?

Rosana recordó: Talita Cumi, talita cumi, como decía su abuela cuando ella se caía y se lastimaba las rodillas. Y ahí nomás, le pasaba agua directa de una canilla que había en el patio, y como efecto mágico, dejaban de doler. Eso extrañaba, la voz de la abuela también, pero despertarlas a todas no era posible. Además, habían pasado varios años.

Con la mirada detenida sobre la foto, ambas tenían los ojos vidriosos y el atardecer se reflejaba en ellos. La perra ya se había alejado para olfatear el rastro de algún animal salvaje.

Ante la pregunta de su amiga, Rosana retiró la bolsa de hierbas del bolsillo. Para esa altura era un pasta verde y aceitosa con fuerte olor que arrojó adentro, a través de la ranura abierta de la madera. Lo que dijo no se escuchó, usó la voz interior, aquella que pasa por el corazón para resonar adonde otras no llegan.

Después, sobrevino el silencio. ¿Cuántas clases de silencios existen? El de ellas era el silencio de las tardes en que ya no hay sol, pero donde cada cosa del mundo se tiñe con el color de las cenizas. Las rodeó el vuelo de los chimangos, un par de ladridos de la perra a lo lejos, la reja quieta de la puerta, la ciudad lejana.

—¿Y ahora?

—Ahora nos vamos.

Les costó ponerse de pie. ¿Cuánto tiempo había pasado? Lo sintieron en el reclamo de sus cinturas, y al verse reflejadas como en un espejo, cada una frotando la suya, se rieron.

Antes que la noche, llegó la luna casi de vidrio, porque los atardeceres también tienen su astro. El camino de regreso no tendría luces, y ellas tenían que caminar, dos o tres kilómetros por el camino viejo. Nunca pasaban autos, nunca pasaba gente, solo lo invisible que aparecía cuando el mundo se aquietaba.

Caminaron sin mirar hacia atrás. Tenían que creer, a veces solo se trataba de eso. Se fueron con un poco menos de corazón, cada una dejaba una parte del suyo y, quién lo sabe, quizás las pulsaciones, los latidos fueran contagiosos.

En ese otro silencio lleno de ceniza clara, a una le fue imposible contener las manos inquietas, mientras que la otra, con la mirada sobre un benteveo de perfil, se preguntó si las de membrillos todavía seguirían allí.

Se alejaban mudas y a la par. En cierto momento, por detrás de sus espaldas, percibieron en la lejanía, aquello capaz de hacerse oír, una proximidad, algo que se ha movido sutilmente, como la visita de una amiga cuando nos llama con susurros en la noche.

***

Nicolás H. González es coordinador de Talleres de Lectura. Publicó Oxidiada, cuentos (y poemas a cargo de una poeta de Rosario), 2011. Los caballos violetas, cuentos para las infancias, 2019. Otros cuentos publicados en Revistas Literarias.

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