Mención especial: «La tierra húmeda, la piedra helada» por Susana Ibáñez

La tierra húmeda, la piedra helada

Empieza a cansarse de esperar en la reja. No entiende qué pasa, si la guardia se entretuvo o si se olvidó de ella. Quiere consultar con el médico porque le cuesta caminar desde que la empujaron por la escalera. La rodilla derecha, que soportó todo su peso cuando cayó en el descanso, no termina de curarse. La guardia le dijo que esperara frente a la reja, que ya vendría a buscarla, pero no vuelve. Estas cosas no suelen pasar. El correccional es antiguo y las medidas de seguridad son básicas, pero también eficientes. No hay leoneras como en otro penal, nada más ese cruce de pasillos y los barrotes que no la dejan pasar al patio chico.

Más temprano esa mañana la guardia fue a buscarla a su celda de resguardo, donde está desde que la atacaron en el patio grande, la esposó, la llevó hasta donde ahora espera y le dijo que apenas el médico terminara con otra interna ella la iría a buscar. La dejó frente a un cruce de galerías, en la esquina del patio interno, a metros de la oficina de la psicóloga, cerrada a esa hora. No está en peligro en ese lugar –la reja la separa del resto–, pero últimamente no hay donde sentirse a salvo. Alcanza a oír la cumbia que suena en el patio grande, al que ya no podrá volver.

¡Señora!, grita. En el primer Correccional donde estuvo les decían guardias, pero acá les dicen señoras. Le cuesta acostumbrarse a eso.

Tiene que estar alerta, porque el ataque puede venir de cualquier lado. Observa el patio que hay que cruzar para ver al médico, con su línea de macetones con plantas que necesitan un cambio de tierra. Hacia la derecha está la galería que lleva a la capilla, uno de los lugares que puede visitar mientras las otras internas almuerzan. No va a rezar. Solo quiere estar sola un rato. Atrás, las celdas de resguardo, pequeños cuartos para dos. El buzón, el tacho, el lugar donde se supone que estará a salvo de un nuevo ataque. Y a la izquierda, una puerta angosta que nunca está abierta y que ahora sí. Mira hacia adentro. Una mesa vieja, un armario gris, ventiladores de pie llenos de telarañas. Y al fondo, otra puerta, entornada. Del otro lado, la calle.

¡Señora!

No entiende. Algo está pasando. No vienen a buscarla y han dejado puertas sin cerrar. Escucha gritos y un golpe de metales, como una reja que se cierra con violencia. Sí, algo pasa, alguien ha tratado de escapar o hay una pelea de las bravas. Más gritos, esta vez de un varón. Es el guardia de la entrada, el único hombre del Correccional. La música del patio principal se detiene de pronto. Un grito agudo de dolor. Otros de protesta. No entiende lo que dicen.

¡Señora!

Vuelve a mirar a la izquierda: es un depósito y sí, tiene una puerta que abre a la calle. Y nadie viene a buscarla. Estar sola un rato frente a esa reja, fuera del buzón, podría ser un alivio, pero en realidad la deja en manos de las tipas que se la tienen jurada adentro y de los tipos que se la tienen jurada afuera. ¿Es una trampa? ¿Dejaron abierto para que alguien entre y la acuchille? Casi que no le importa. Casi que sería mejor si un buen día cumplieran la amenaza y le acortaran el encierro.

Mira alrededor, ve que nadie anda cerca –habrá alguna cámara, seguro, pero están ocupados en otra cosa–, entra al depósito, rodea la mesa vieja y una pila de sillas plásticas, se asoma a la puerta entreabierta y baja los dos escalones que la llevan a la vereda. Hay gente en la esquina mirando, supone, hacia la puerta principal del edificio, en la transversal. Un patrullero con la sirena encendida pasa a lo lejos y desaparece de su vista. Tiene que venir como apoyo, piensa. La sirena se interrumpe. Estará ahora estacionado frente al portón de entrada, el que cuida el guardia que gritó. Hace poco que la trasladaron, pero ya conoce el edificio, entiende los roles de cada uno y también entiende que, si se descuida, la matan. Algo en ella quiere vivir, aunque afuera ya no le quede nadie.

Camina en dirección opuesta al grupo de vecinos curiosos, alejándose de la esquina por donde desapareció el patrullero. Le duele la rodilla, pero trata de no renguear. Es angosta la vereda, tan angosta que no tiene árboles –la de enfrente sí–, solo esas paredes viejas. Va mirando las ventanas. Tras esos barrotes altos duermen Sandra y Mari. Se lleva bien con las dos. Después viene su lugar, donde seguro que La Rabia –así quiere que la llamen– trata de bordar. Putea cuando se le frunce la tela. Ve muy mal, así que tendrá el lienzo casi pegado a la nariz y buscará un rayo de esa misma luz que ella ahora atraviesa sin que nadie la detenga. Avanza apoyando apenas la pierna de tanto dolor.

Al final del edificio hay un parquecito. Se sienta en un banco de piedra bajo un árbol pelado. Corre mucho viento en esa esquina, pero no puede seguir. la rodilla le duele y tras los árboles se ve una avenida con movimiento donde cualquiera podría verla. Ahí, en cambio, está sola. Le da la espalda a la avenida, aunque así ella tampoco verá venir a nadie. Ojalá se hubiera puesto medias más gruesas y un pulóver en vez de ese bucito. La tierra está húmeda y las esposas se han enfriado. Tironea de los puños para taparlas.

Por la vereda de enfrente pasan un hombre y una mujer de la mano. Hablan con seriedad, como resolviendo algo importante, y la mujer de pronto lo suelta y se aparta un poco. Doblan la esquina y ya no los ve. Si los sigue por donde tomaron tal vez pueda alejarse más, puede cubrir las esposas con el buzo y ver si en el barrio queda alguien que quiera esconderla. Hace mucho que no sabe nada de su gente. Tal vez se han ido todos, o puede que también hayan caído. Mejor se queda ahí un rato, con las manos en la falda, los dedos buscando el calor de los muslos apretados. Quiere pensar. El aire de la mañana le está helando las orejas y el banco le moja las calzas. No se dio cuenta a tiempo de que estaba cubierto de rocío. Hay dos gorriones en las ramas más altas, pero no cantan. ¡Canten, canten! El viento se le cuela por el cuello, le enfría la espalda y la hace moquear. Otra vez la sirena del patrullero. Ahora parece que se aleja.

Si la puerta abierta era una trampa, da igual estar adentro que afuera. Esposada no puede defenderse mucho, pero dará pelea. Hace un esfuerzo por mirar fijo las cosas, por mirarlas con fuerza para después recordar. El muro del Correccional, alto y amenazante, con los ladrillos carcomidos y un zócalo de verdín. La tierra húmeda bajo sus pies. Las hojas muertas aplastadas sobre el pasto, oscuras y blandas. La calle desierta frente a ella. Por sobre su cabeza, las ramas se agitan contra el azul del cielo. Es un día frío de otoño, piensa. Nunca antes esa frase le pareció tan hermosa: es un día frío de otoño.  Está en un lugar donde nadie parece verla, donde se siente a salvo, como si estuviera guardada en un bolsillo del mundo. No sabe cuánto tiempo ha pasado. Tal vez en ese banco el tiempo no exista. Y nadie venga a matarla.

Se levanta y desanda la vereda angosta. Camina lento para cuidar la rodilla y para pensar en cada una de las baldosas que la llevan de vuelta a los escalones y la puerta del depósito. La puntada le chucea la rodilla y la obliga a renguear. Ojalá estuvieran más lejos, ojalá esa veredita se estirara y estirara, pero no: pasa otra vez bajo su ventana, donde La Rabia estará bordando, y bajo la de Sandra y Mari. Nunca había pensado que el camino de regreso pudiera ser tan diferente al de ida. Cuando salió todo era cielo y árboles, y ahora frente a ella solo hay cemento gris y una puerta sucia de caca de paloma que sigue inexplicablemente entornada. Antes de subir los escalones mira alrededor. En la otra esquina los vecinos ya no están y el cielo sigue igual de azul que antes. Le cuesta subir los dos escalones, que ahora le parecen más altos. Atraviesa el depósito con la amargura de quien se descubre en el principio de una pesadilla que sabe que tendrá que soñar completa y se ubica otra vez tras la reja. Esos barrotes la mantienen viva, a salvo de las que se la juraron en el patio y también de los que se la juraron afuera.

¡Señora!, vuelve a llamar.

Una de las guardias más viejas corre hacia ella a través del patio con el cuello del uniforme abierto y el pelo desarreglado.

¿Qué hace usted ahí?

Espero que me lleven al médico.

La mujer abre la reja, le da un tirón a la cadena de las esposas y la obliga a dar un paso en dirección al patio interno. Las miradas se cruzan, duras. Ella no baja la vista, porque si se muestra débil es peor. La guardia mira al costado –¡la puerta abierta!–, agranda los ojos y separa los labios. Otra vez se traban las miradas. La mujer no puede bajar las cejas ni cerrar la boca. Ella le sonríe, tranquila. La tierra húmeda. La piedra helada. Las ramas bailando en el cielo.

¿El doctor ya me podrá atender? Me duele mucho la rodilla, señora.

 

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