Los pinchagomeros
La Ñata fumaba sentada en la reposera de tiras de plástico cuando lo vio venir con el paso ladeado; por el camino de tierra iba marcando un surco como el que dejan las víboras del monte. Primero puteó, porque a esa hora le gustaba fumar al sol y escuchar las campanas de la iglesia interrumpiendo la siesta. Después, se levantó con el dolor de la humedad crujiéndole en las rodillas y sin soltar el Marlboro se metió a la piecita del fondo. A la pasada, ojeó el reloj de Quilmes colgado en la pared: pasaban las dos y veinte.
Segundos después, el cuerpo retacón de Figueroa cruzó el portón, embalado como un toro. Giraba la cabeza para todos lados. El olor a grasa impregnado en las paredes parecía aturdirlo más de lo que estaba. En la oscuridad, los ojos brillosos advertían una mirada decidida vaya a saber a qué cosa. Con la mano izquierda acariciaba la llave inglesa que empuñaba con la derecha. Cuando la vista se le acostumbró a las penumbras, vio que la Ñata le apuntaba con el rifle, apoyando su cuerpo cansado sobre el marco de la puerta que va a la piecita.
Se midieron un instante sin decir palabra. El calor de la tarde quedó en pausa ante el microclima húmedo del taller. Figueroa transpiraba desde las sienes y las gotas se le mezclaban con la tierra que encapsulaba todo el pueblo. Amagó a secarse con el antebrazo, pero la Ñata se le adelantó.
—Quedate quieto, nene.
La voz ronca retumbaba sobre las paredes de ladrillo hueco, con la misma gravedad que los motores que cada tanto desarmaba, más para matar el tiempo que por trabajo. Figueroa la escuchó, vio el fierro e intentó calmarse.
—Vino un tipo a casa. Anda preguntando.
La Ñata le apuntaba con el ojo pegado al mango del rifle.
—¿Y qué anda preguntando? —dijo, sabiendo la respuesta.
Los pinchagomeros le duraban cada vez menos. El flaco Masnari, después de un par de punzadas cayó un día diciendo que había conseguido otro trabajo. El hijo de Goristegui había dejado de trabajar con ella porque decía que en Lapachitos no había suficientes autos, pero en realidad sabía del apretón que le pegó la policía cuando lo vieron merodeando el Peugeot del hijo del comisario. La última vez que lo vio todavía se le olfateaba el cagazo en las patas. Ese matungo no le había servido para nada.
Con Zabala, incluso, llegó a ilusionarse: una F100, un Corsa, un Fiat Spazio y hasta el Onix nuevito de Lamberti. Todo en dos semanas. Era un gordo ágil y efectivo. Pero unos días después pasó por el taller a avisar que llegaría una mujer en un Palio rojo, con el vidrio roto. “¿Cómo que un vidrio roto?”, se escandalizó la Ñata. De inmediato supo que era el de la seño Delia, que viajaba todas las semanas desde San Cristóbal a dar clases en la primaria. Zabala rompió las únicas dos reglas que tenía su trabajo. La primera, que las víctimas sean del pueblo, para asegurarse que los autos caigan en su taller. La segunda, que se limiten a pinchar gomas: las calles de tierra poceadas no levantan sospecha.
Pero con Figueroa, que recién arrancaba, imaginaba cuál podía ser el problema: se había ido de pico.
—Yo no dije nada, Ñata. Pero saben —balbuceó.
La cara colorada, los labios inquietos, los ojos desbordados. Unos días atrás, cuando Figueroa se acercó a pedirle trabajo, dudó. Pero quién no le entraba al trago en Lapachitos, se dijo cuando decidió darle una oportunidad. Ahora, con el caño del rifle apuntándole al pecho, se arrepentía.
—Dejá eso y cantá —lo apuró.
Figueroa dejó caer la herramienta al piso, que levantó una polvareda espesa por donde se filtraban los rayos de sol que entraban al taller. Se quedó mudo mirando un punto fijo en el suelo, buscando las palabras que en su mareo no aparecían.
—Decime quién estuvo en tu casa, che —se impacientó.
—Un hombre, no me acuerdo cómo se llama —dijo Figueroa, sobresaltado.
—¿La policía?
—No, dijo que era fiscal, o algo así.
—¿Fiscal?
—Sí, fiscal creo que dijo. Andaba bien vestido.
La Ñata acomodó el peso de su cuerpo sobre la otra pierna, para no acalambrarse. Pensaba.
—¿Y qué te preguntaba? —le dijo en un tono que buscaba ser más amable.
—Por mi trabajo y eso.
—¿Y vos qué dijiste?
—Nada, Ñata. Que trabajo en el taller, le dije. Pero no le dije lo que hacemos.
—¿Y qué hacemos?
—De las gomas tajeadas. No dije nada de eso.
A la Ñata se le dibujó una sonrisa en la cara y recién en ese momento soltó el rifle. Lo dejó apoyado sobre la pared con el caño mirando al techo. Del bolsillo de su camisón sacó la caja de puchos. Encendió uno mientras intentaba recogerse el poco pelo que tenía, con una bandita elástica que guardaba en la muñeca. Recién cuando tuvo las manos libres, largó la primera bocanada de humo.
—Quedate tranquilo, nene. No va a pasar nada por unas ruedas pinchadas.
—Yo te juro que no dije nada, Ñata —insistió.
—Que no te enganche hablando de más…
—No va a pasar —dijo Figueroa menos tenso, mientras se agachaba para juntar su herramienta —Y los otros tampoco.
La Ñata levantó la vista y lo miró extrañada. Notó que se le aflojaban las piernas.
—¿Los otros? —preguntó y apuró otra pitada de su cigarro. Volvió a mirar el reloj. Las dos y veinticinco.
—Parece que se fueron del pueblo, Ñata. Así que no van a andar boqueando…
—¿A dónde se fueron?
—Me dijo el tipo ese, el fiscal. Que andaban buscando al flaco Masnari y a Goristegui. ¿Esos no trabajaron con vos?
La Ñata solo fumaba y miraba el reloj.
—Por eso te digo que el tipo sabe lo de las ruedas, Ñata. Pero yo no dije nada.
—¿Dijo algo más? —preguntó la mujer. La voz ahora le salía con menos fuerza, pero más firme.
—Nada, Ñata. Me preguntó por un tal Zabala que no conozco. Le dije que acá hay varios Zabala. Los que viven al lado del almacén, los del tambo camino a San Cristóbal, los de…
—Está bien, nene. Andá nomás —lo interrumpió.
Figueroa resopló, se agachó a juntar su llave inglesa y la señaló:
—Mañana caigo con algún trabajito, Ñata —dijo y se pasó los dedos por los labios, como cerrándose la boca con una cremallera.
—Dale, te espero.
Cuando Figueroa dio media vuelta, la Ñata manoteó el rifle y miró el reloj. Con el campanazo de las dos y media, el cuerpo del hombre cayó hacia delante. Miró los últimos espasmos pensando que le daría más trabajo moverlo que a Masnari, que era flaco, pero no tanto como los otros. Si se apuraba, llegaría a escuchar tranquila las campanadas de las tres.
Con el cigarrillo que estaba terminando encendió uno nuevo y puso manos a la obra.
***
Ignacio Cagliero nació en Sastre. Se recibió de Licenciado en Periodismo en la Universidad Nacional de Rosario (UNR). Cursa la Maestría en Comunicación Digital e Interactiva en la misma casa de estudios. Trabaja como redactor en el diario Rosario/12 y el portal Suma Política. Formó parte de cursos y talleres literarios en la ciudad de Rosario.
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