Los que respiran buenos aires
Vas sentada al lado de la puerta con la mirada puesta en el paisaje oscuro. Algo perdida en ese afuera negro que contrasta con el tumulto del interior del subte. Tenés el olfato y el estómago acostumbrados a los aromas matutinos, sin embargo, los ruidos te siguen perturbando como el primer día. Las conversaciones, la música que suena en un celular que viaja en el mismo vagón, una señora que insiste en sonarse la nariz una y otra vez. Notás que un nene te observa, quiere sonreírte, pero no le das oportunidad. Te molesta tener que ser complaciente frente a tanta inocencia. Volvés a clavar los ojos en la ventana y te encontrás en el reflejo del vidrio, sin gesto, sin mueca, con el pelo tirante y el cuello de la camisa cerrado hasta el último botón. Habitás ese cuerpo que te contiene, limita y te permite camuflarte entre la gente, entre otros como vos, para sobrevivir en la gran ciudad.
Con la cartera apretada contra el pecho, subís las escaleras que te llevan a la superficie en medio del tumulto. La luz diáfana de la mañana aparece entre los edificios y dibuja otros de sombras diagonales. Caminás las mismas cuadras angostas de siempre, del lado que estacionan los autos, pegada a la pared porque creés que es la vía más rápida. Vos dirías que es la vía más eficiente, usas esa palabra para hablar de casi cualquier cosa. Pasás entre las mesas del bar, el encargado está terminando de barrer la vereda, volvés la mirada al piso antes de que intente saludarte, porque sabés que él sabe y vos preferís disimular, esconderte detrás de ese cuerpo escudo. Seguís tu camino con la vista clavada en el piso.
Llegás, entrás al ascensor, bajás en el doce y aterrizás en tu escritorio impecable. El gerente desde su oficina pecera te hace señas para que vayas. No te lo esperabas, no te gustan los imprevistos, asentís con la cabeza y pensás algunas opciones sobre el motivo de la cita. Van llegando el resto de los empleados, correspondés a los saludos con un gesto austero mientras imprimís el último informe de costos. Con el folio en las manos atravesás el pasillo hasta la oficina del gerente, una caja de vidrio grande y luminosa, con ventanas espejadas que proyectan la ciudad como una pantalla de cine. Pedís permiso, ingresás y te vas con la mirada hacia ese afuera enorme mientras él habla por teléfono. Desde el ángulo que elegiste descubrís un edificio que sobresale entre las construcciones modernas, tiene en lo alto una imagen de piedra. Salís flotando por la ventana y te acercás a la figura hipnótica que se despega de la pared, parece haber estado ahí, frente al vacío desde siempre. Tiene la cara de un mono con partes de reptil, una mezcla entre lo humano y lo animal que la hace única, que la deja sola atrapada en los muros de esta ciudad. Te preguntás cómo en cuatro años de entrar y salir de esa oficina nunca antes la habías notado. El gerente termina la llamada, se acerca y te cuenta que esa gárgola es una pieza que pertenece a un grabado de Goya, “El sueño de la razón produce monstruos”. Gira y mientras vuelve hacia su escritorio te aclara que él a ese bicho lo detesta, pero que como es patrimonio histórico no se lo puede tocar.
Estás sentada con el informe todavía en las manos, el aire se vuelve denso, hay un tiempo que sobra y que el gerente utiliza a su favor. Él habla, se enreda y vos ves nacer en el movimiento de su lengua, en la saliva acumulada a los costados de sus labios, en los dientes que se asoman y vuelven a esconderse, la palabra “despedida”. Te adelantás al sonido que viene después como un proyectil a impactar justo entre tus ojos y deja tus sesos desparramados por la oficina minimalista, sobre la alfombra importada. Tragás saliva sin mover ningún músculo del rostro, él continúa hablando, vos lo mirás fijamente mientras te desangrás sobre la silla. Dentro de tus zapatos los dedos aprietan la plantilla, arañan el cuero, toda la furia está ahí, contenida como garras de animal salvaje. El gerente transpira, seca las gotas con un pañuelo de tela, termina de decir y esboza una sonrisa que queda a medio camino. Desliza el papel a través de la superficie laqueada del escritorio hasta llegar a vos, te cede su lapicera dorada con su nombre grabado en cursiva y espera. Firmás sin mirar y en un instante el impacto de esa palabra deshace tu mundo entero, todo lo que supiste construir desde que llegaste a la capital.
Salís, cerrás la puerta con suavidad, caminás por el pasillo minado de escritorios con la frente en alto y la mandíbula apretada. Ellos te observan con los dedos congelados sobre los teclados y las exhalaciones contenidas. Quieren saber o ya saben y quieren ver, verte sabiendo que comparten la misma información. Avanzás sin torcer la cabeza, con pasos largos y firmes, con el proyectil incrustado en la frente. Entrás al baño, no prendés la luz, en la intimidad de la penumbra aflojás la coraza, sentís el ritmo de la sangre correr por tus venas. Desabrochás los primeros botones de la camisa, masajeás tu cuello para recuperar el aire, te arremangás y bajás el cierre de la pollera. Contenés el impulso, tratás de respirar y encontrar algo de calma, pero ya es tarde. Clavás tus uñas en las medias cancan color tostado claro, se corren, las arrancás a tirones todavía con los zapatos puestos, luego te los sacás y los arrojás contra la pared. Los dedos de los pies están rojos, hinchados, caminás de un lado al otro mientras las palabras y las imágenes pelean por salir sin encontrar un orden, una dirección.
Alguien toca la puerta tímidamente, reconocés la voz de Laura, una de tus chicas de los mandados, quiere saber si estás bien, si necesitás algo. Tus pensamientos no se callan, hablan todos juntos en un idioma extraño. Laura vuelve a tocar, no contestás, te sentás en uno de los inodoros, orinás con la bombacha puesta mientras escuchás el murmullo que viene de afuera. Laura golpea con decisión, te pide que salgas, no te gusta, te levantás del inodoro y abrís la puerta del baño, asomás la cabeza y frenás a un centímetro de la suya, exhalás por la boca y dejás salir el grito. No es humano, no se parece a nada, ella se balancea hacia atrás, pierde el equilibrio y cae. Volvés a encerrarte, te mojás la cara con agua fría, el blanco de tus ojos estallado de venas, las pupilas dilatadas, la boca del estómago abriéndose como una cueva. Estás afuera de la empresa y de vos y eso otro, lo incontenible, lo que ya no reconocés en el espejo puja por salir. Cerrás los ojos y entralazás los brazos intentando un abrazo que detenga la furia que brota de tu cuerpo menudo y aumenta el dolor.
Ellos, del otro lado, vuelven a las tareas mientras esperan que salgas del baño. El guardia de seguridad ya está en el sector y aguarda al lado del ascensor. El gerente desde su oficina vidriada, seca su frente que llueve de transpiración. Abrís la puerta lentamente y aparecés en el hueco oscuro del baño. La ropa retorcida y rota, los ojos dilatados, el pelo crispado y el movimiento exagerado de tu pecho al respirar. Se hunde profundo y vuelve a crecer con cada inhalación ruidosa, imprime en el aire los ecos del tornado que te arrasa por dentro. Se escucha en el intercomunicador del guardia que alguien pregunta si todo está en orden, pero este hombre no es capaz de reproducir lo que ve, solo logra balbucear algo inentendible. Das el primer paso, silencio, el segundo y todos permanecen estáticos. El gerente intenta levantarse de su sillón para seguirte con la mirada, pero las piernas no le responden. Cruzás el salón, sos el perro rabioso, la bestia que lleva la marca. El guardia se hace a un lado, apretás el botón del ascensor y les das la espalda. Pueden ver la masa de carne y piel amorfa, repleta de protuberancias desparejas que creció de tu espinazo y late. Asoma del tajo vertical que se abrió en tu camisa, comienza a unos centímetros del cuello y termina al final de la columna donde la pollera está desabrochada. Nació en la penumbra, estalló y ya no puede ser contenida por un cuerpo humano. Subís al ascensor y antes de que las puertas se cierren les regalás una sonrisa, mostrás los dientes crecidos y filosos.
Hacés saltar el candado que traba la puerta de la terraza. Entrás y respirás el viento frío, te brotan lágrimas, los pulmones se inflan, arden. Terminás de arrancar tu camisa y avanzás lentamente mientras sentís los músculos estirarse, un cuerpo que ya no te pertenece en continuo movimiento. Tratás de hablar, pero no hay palabras, la lengua ocupa cada hueco. Por las escaleras viene el guardia de seguridad escoltado por los empleados, más atrás el gerente y en la calle la policía se ubica en diferentes posiciones, se mueven rápido y preciso. Parada en la cornisa podés ver la ciudad que se expande a través de edificios y carteles, liberás tu ruido, un rugido áspero que retoba y se va con las bocinas y los motores del mundo allá abajo. Sentís tus piernas grandes y fuertes, los órganos dilatados, la sangre corre bajo la piel gruesa. De tu espalda nacen y se despliegan dos alas negras y mojadas, tienen plumas y cáscaras que se desprenden con cada sacudida. En ese último instante mientras le das paso a eso otro que creías haber dejado atrás, que vuelve a ser incontenible, pensás en Goya y en la criatura que te observa enfrente presa en los muros por siempre. Pensás en tus compañeros y el gerente y en eso que se esconde detrás los ojos de la gente que camina por la ciudad. Pensás en los monstruos que todavía están atrapados en los cuerpos que respiran buenos aires.
***
Daniela Martinangeli egresó de la escuela Teatro y Títeres n° 5029. Se postituló en Artes Escénicas en la UNR. Integró el grupo teatral The jumping Frijoles por más de 20 años. Cursó una clínica de obra con Gustavo Yuste y fue seleccionada para escribir su obra “Humo” con Mariela Asensio desde el Centro Cultural Parque de España. Cursa el taller de narrativa dictado por Javier Núñez. Su cuento “Cuzco” obtuvo una mención especial en la 3° edición del concurso de narrativas Alma Maritano 2023.
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