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Messi: Ahora empieza la leyenda

Lionel Messi jugó su último partido con la Selección Argentina. Una victoria, un estadio repleto y la confesión a corazón abierto de un ídolo que deja a un país entero oscilando entre el vacío y la gratitud eterna.

Por Alejandro Duchini/Especial para El Ciudadano

 

¿Cómo se sigue ahora que sabemos que ya está, que no hay más Messi en la Selección? ¿Cómo mirar el futuro sabiendo que tuvimos a Messi hasta ayer nomás? De qué manera soltamos a Messi aún cuando el fútbol argentino tiene recambio con jugadores de primer nivel. Porque Messi es Messi, es único. Messi es el 10, el que no tiene sucesor. Es nuestro ADN futbolero. Es nuestro pasaje hacia la elite del mundo como lo fueron en sus momentos Diego, Favaloro, el Che, Vilas, Borges y tantos más. Cada uno a su manera. Y Messi, a la suya.

 

Parece mentira que hace apenas dos meses Messi lloraba más que una derrota ante España. Lloraba el fin de su ciclo y, tal vez, la inminencia de la muerte de su padre, Jorge, a quien le dedicó unas palabras emocionantes. “No pude, las piernas no me daban más. Esta vez intenté ir contra mi físico, pero no pude. Nunca pude sentirme bien”. Y después: “Tanto me pedías que juegue el último Mundial y días antes de empezar fue cuando peor te pusiste. Era la primera vez que no ibas a estar en un torneo, pero mamá me decía que ibas a estar mejor y que ibas a estar bien para poder viajar. Yo te decía que íbamos a llegar a la final así podías viajar. Cada vez que terminaba un partido esperaba y extrañaba tu mensaje. Ahí me di cuenta de que la situación era fea de verdad. Así y todo, no dejaba de pensar en llegar lo más lejos posible, para darte tiempo y que vieras un partido. Llegamos a la final y no pudiste estar. Quería ganarla para llevártela y mostrarte una nueva. No pude, las piernas no me daban más. Esta vez intenté ir contra mi físico, pero no pude. Nunca pude sentirme bien”.

 

En estos días los que lloramos somos nosotros. Los que estamos en el Monumental y los que están frente a las pantallas viendo cómo se baja el telón. Un país entero, al fin de cuentas. Porque, al borde de la medianoche, lo que queda es un vacío. Lo que fue, lo que no volverá a ser. Y no es exageración: en ninguna parte se vive y se respira fútbol como en nuestro país. En eso, Messi es el abanderado, el que prometió no dejarnos tirados y cumplió y nos llevó hasta el Obelisco para colmarlo y mostrarle al mundo que los argentinos podemos hacer fiestas semejantes en las calles sin incidentes y con alegrías.

 

No somos los mismos que antes de Qatar. Ni éramos los mismos cuando Messi debutó en 2005 y nos ilusionó y después le tiraron palos y más palos y le dijeron que era un español que no cantaba el Himno, entre tantas otras cosas. ¿Se acuerdan? Pero él se la bancó. En silencio siguió jugando y cuando dijo basta dio un paso al costado y cuando pensó que era el momento de volver, volvió de la mano de otro de estos pagos: Lionel Scaloni.

 

Por eso la fiesta de anoche fue tan merecida. Posiblemente pocos entiendan tanto a Messi como los jóvenes que crecieron con él. Son sus compañeros de ruta. Hinchas, jugadores. Los más grandes disfrutamos a Diego y pensamos que nunca aparecería alguien igual. Y Messi, mal que nos pese a los maradonianos, lo superó. Al menos dentro de la cancha. Lo que es afuera, se puede discutir. Pero los números de Leo son únicos.

 

Ahora, en la cancha, hay gente de todas las edades. No sólo argentinos. Veo a una pareja con la bandera de Brasil, a un chico con una bandera china. Hay abuelos con nietos y padres con recién nacidos. Grupos de amigas y de amigos. Que bailan al ritmo de los artistas que hacen la previa. Seba Mendoza, Román, el Original, Amar Azul, Santi Cairo, Q’ Lokura y Damas Gratis. Ninguno imaginaba entonces que unas horas después íbamos a emocionarnos tanto.

 

El partido empezó media hora después de lo pautado. Era una noche en la que hasta la impuntualidad estaba permitida. Tal vez porque la demora postergaba más el último tango de Messi, como se promocionaba desde la AFA este amistoso. Fue previa y partido de El que no salta es inglés y del Muchachos, tan de nuestros tiempos felices. De aplausos a cada jugador (Scaloni apenas un poco debajo de Messi). No faltaron los insultos, tan de esta época, contra Chiqui Tapia, el presidente de la AFA: todo el estadio se unió para hacerle ver que no es tan querido como pretende mostrar desde su abuso de imagen.

 

Benín no fue ni a palos el papelón Burkina Faso. Al menos, a los 4 minutos el partido iba 0 a 0 y los visitantes habían, aunque sea, amagado con llegar al área de Dibu. Messi, de todos modos, merecía un rival de mayor nivel. Recién a los 6 minutos el propio Messi tuvo una chance de convertir, pero la primera emotividad se dio a los 10 minutos, cuando se detuvo todo para homenajearlo con fuegos artificiales incluídos. Ahí, entiendo, empezamos a darnos cuenta de que se iniciaba la cuenta regresiva.

 

En la reanudación Benín no se puso en ventaja por poco y a los 23 se lo perdió Messi, que se perdió de nuevo a los 25 y otras vez a los 31. Para entonces, más de uno habrá pensado si valió la pena aplaudir a los africanos antes del partido. Hasta había, por qué no reconocerlo, cierto temor de que la cosa no fuese tan fácil como se creía. Había algo que nadie, seguramente, había pensado: que justo en la despedida de Messi la Selección se fuese del Monumental con una derrota.

 

Yo ya no puedo cumplir / hazañas que prometí, sonaba por los parlantes la canción del Indio a través de Los fundamentalistas, ubicados a un costado de la cancha, con un sonido espectacular que se clavaba en el lado melancólico de cada espectador. Y al toque un No lo soñé / los ojos ciegos bien abiertos… Ambas versiones lentas, como caricias que presagiaban la despedida inminente: entonces quedaban solo 45 minutos de partido. Y para peor, 0 a 0.

 

Sin embargo, no fue tan grave: a los 2 minutos de la segunda parte Messi mandó un tiro de esquina y Nicolás Otamendi puso el 1 a 0. Ahí empezaron los cambios, los aplausos y un “Ota… Ota” desde los cuatro costados para despedir al defensor que también le dice chau al seleccionado.

 

El arquero de Benín, Marcel Dandjinou, tapó un montón. Pero la mejor fue la que le sacó a Messi en un tiro libre a los 14 del segundo tiempo. En la jugada siguiente, Nico Paz, que acababa de entrar, puso el 2 a 0.

 

Lo mejor ocurrió a los 25, cuando Messi anotó el 3 a 0 de penal. La cancha se vino abajo, tanto como dos minutos después, cuando corrió y corrió una pelota que se iba afuera, la salvó y reanudó una jugada de ataque. “Meeessi / Meeeessi”, cantaba todo el estadio. Y todo, es todo, eh.

 

Consumada la goleada, quedaba esperar por el final y, por qué no, por otro gol de Lio. Que casi llega, cuando mandó un disparo que el arquero suplente Serge Allagbé tapó al mejor estilo Fillol. Y enseguida, cobraron una posición adelantada a Messi que -entre nosotros- bien podrían dejarla pasar de largo para que haga su segundo y nos íbamos todos felices. No se dio, como tampoco en tiempo de descuento, cuando un tiro libre a las puertas del área se le fue por arriba del travesaño.

 

Adiós, pareció decirle el árbitro Fernando Vejar Díaz cuando marcó el final y le acercó la pelota en la mano. Después hubo fuegos artificiales, show de drones y más aplausos. “Los quiero mucho”, dijo un Messi emocionado que recordó a su padre, Jorge, desde la mitad de la cancha. “Mi viejo”, dijo. “No me quiero ir”, soltó también. Nadie, en rigor de verdad, se quería ir.

 

Se hicieron más de las 23 cuando la noche empezó a terminar.

 

Ahora empieza la leyenda.

 

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