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Murió Cassandra Wilson, una voz que llevó el jazz más allá de sus fronteras

La cantante estadounidense, dos veces ganadora del Grammy, falleció a los 70 años en su Jackson natal. Dejó una carrera marcada por la exploración y la libertad

Cassandra Wilson, una de las voces más singulares y reconocidas del jazz estadounidense de las últimas décadas, murió el miércoles a los 70 años en su ciudad natal de Jackson, Mississippi, rodeada por familiares y amigos. La noticia fue comunicada por su representante de toda la vida, Robert Torre, quien la definió como una “artista de jazz legendaria”. No se informó la causa del fallecimiento y la familia pidió privacidad.

Cantante, compositora y productora, Wilson construyó una trayectoria de más de tres décadas a partir de una voz de contralto grave, expresiva y de enorme flexibilidad, pero también de una particular manera de entender el jazz: como un territorio abierto a fusionarse con el blues, el folk, el pop, el country y el rock.

Nacida en 1955 en Jackson, creció en una familia vinculada con la música y la educación. Su padre era profesor de música y contrabajista de jazz, mientras que su madre era maestra de escuela primaria. Comenzó a estudiar piano a los seis años y a los 12 incorporó la guitarra. Durante la adolescencia escribió sus primeras canciones, de orientación folk, tocó el clarinete y participó en distintas producciones teatrales.

Después de estudiar en Millsaps College y Jackson State University, donde se graduó en Comunicación, continuó desarrollándose como cantante en bandas locales, cafés y escenarios de su ciudad. En 1981, un trabajo en la televisión la llevó a Nueva Orleans, donde entró en contacto con figuras fundamentales del jazz de esa ciudad, entre ellas Ellis Marsalis, Earl Turbinton y Alvin Batiste.

Ese período resultó decisivo. Poco después se trasladó a Nueva York y se vinculó con el saxofonista Steve Coleman, convirtiéndose en una de las voces principales del M-Base Collective, un movimiento que buscaba renovar el lenguaje del jazz a partir de estructuras rítmicas y armónicas alejadas de las convenciones tradicionales.

Como solista debutó en 1986 con Point of View, un disco en el que ya aparecía acompañada por Coleman y otros músicos vinculados con aquella escena. Fue a comienzos de los noventa cuando encontró una identidad artística que la distinguiría definitivamente.

Con Blue Light ‘Til Dawn (1993) se alejó de los formatos más convencionales del jazz vocal para abordar un repertorio acústico y marcado por el blues. Allí convivían composiciones propias con canciones de Robert Johnson, Van Morrison y Joni Mitchell. Dos años después llegó New Moon Daughter, una obra que le valió su primer Grammy, en 1997, al mejor álbum de interpretación vocal de jazz.

Una cantante muy versátil

Su capacidad para transformar materiales ajenos se convirtió desde entonces en una de sus principales características. Wilson podía acercarse a los estándares clásicos con la misma naturalidad con la que reinterpretaba canciones de los Beatles, Hank Williams o Joni Mitchell. También exploró la obra de Miles Davis en Traveling Miles (1999) y participó en proyectos de colegas como Dave Holland, Bill Frisell y Wynton Marsalis.

Su colaboración con Marsalis tuvo además una dimensión especialmente significativa: Wilson participó en Blood on the Fields, la monumental obra que obtuvo el Pulitzer de Música en 1997.

Durante los años siguientes mantuvo esa vocación exploratoria. Belly of the Sun (2002) volvió a combinar composiciones propias con piezas de Robbie Robertson, Jimmy Webb y Antonio Carlos Jobim; Glamoured (2003) reforzó su faceta como compositora; y Thunderbird (2006) incorporó elementos del hip-hop y el sampling.

En 2008, con Loverly, regresó al repertorio de estándares y obtuvo su segundo Grammy, esta vez por mejor álbum de jazz vocal. Después llegaron Silver Pony (2010), Another Country (2012) y Coming Forth by Day (2015), un homenaje a Billie Holiday producido por Nick Launay, conocido por su trabajo con artistas del rock.

Reconocida también con un Django d’Or, un Edison Music Award y una distinción en el Mississippi Blues Trail, Cassandra Wilson dejó una obra difícil de encasillar. Su legado no se limita a la tradición del jazz vocal: fue, sobre todo, el de una artista que entendió la interpretación como una forma de reinvención permanente.

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