La historia de Nueva Cotar es la de una fábrica láctea emblemática de Rosario que volvió a producir gracias a la fuerza y organización de trabajadoras y trabajadores. Este relato de lucha, resistencia y orgullo obrero muestra cómo una marca con más de 90 años de historia renace de la mano de quienes la sostienen día a día
Camila de la Cruz Gretter / Especial para El Ciudadano
Hay empresas que pueden contarse a través de sus balances o sus campañas de marketing. Pero hay otras que sólo pueden entenderse escuchando la voz de quienes las construyen día a día, de sol a sol, todo el año. La marca Cotar es parte de la vida cotidiana, de la góndola a la mesa de rosarinas y rosarinos desde hace 90 años.
En 1935, la Sociedad Cooperativa de Tamberos de la Zona de Rosario (Cotar) inició sus actividades. Diversos grupos privados la gestionaron hasta 2022, cuando la empresa fue abandonada al borde de la quiebra. En ese momento, trabajadoras y trabajadores decidieron tomar la fábrica y conformar la Nueva Cotar para contar su historia en primera persona, sin gestores, sin jefes.
Luis Rivarda cuenta su primer día de trabajo. Antes se dedicaba a la albañilería: “Dejé el cortafierros y la masa en la puerta”, recuerda. A los tres meses de prueba quedó «liberado» y luego de diecinueve días recibió el llamado que marcó su vida: quedaría efectivo en la planta.
Desde aquella jornada pasaron 28 años en la vida de Luis. Comenzó apilando bachas, hasta que le ofrecieron trasladarse al área de máquinas. No sabía nada de la tecnología utilizada en ese sector, pero compañeros con mayor trayectoria lo ayudaron y le enseñaron cómo se hacía el trabajo.
Luis fue maquinista por trece años. De ahí pasó a trabajar en la cámara de frío, donde se encarga de fiscalizar la mercadería que día a día llega a miles de familias rosarinas. “Mi vida y la de mi familia cambió cuando entré a Cotar”, comenta con una voz entrecortada por la emoción que se filtra en sus palabras y también en su mirada.
Hugo Acosta nació en Maciel y llegó a Cotar a través de un conocido que le acercó la posibilidad de trabajar en la fábrica. Esa oportunidad laboral se convirtió en una vida dentro de la empresa, 43 años ininterrumpidos. Hoy, cerca de jubilarse, se desempeña en el área de pasteurización de la leche: allí vivió buena parte de las transformaciones que vivió la planta.
Tanto Luis como Hugo recuerdan los años en relación de dependencia como “el peor momento» que pasaron. Obreras y obreros resistían a los intentos de vaciamiento, pero no sabían cómo iban a poder salir adelante con sus vidas y sus familias. Recuerdan que en 2021 esperaban los sábados, sus días de cobro, con angustia e incertidumbre. Sus sueldos eran migajas y apenas cobraban lo que había en caja y por orden de llegada. Aquellos compañeros que llegaban más tarde corrían el riesgo de quedarse sin nada. Además, parte de los sueldos eran tickets para cambiar por mercadería en el supermercado y así “compensar” la falta de pago de la empresa.
Hugo hace referencia a “un antes y un después” del 2022, cuando se inició el camino de la autogestión, no sólo para sus realidades sino también para la entidad y peso de la marca: “Nos encontramos con una empresa que habían devastado, que ya no tenía credibilidad”. La cadena de producción láctea se basa en la confianza de los distintos actores. “Hasta que el depósito (de dinero) no estaba hecho, los camiones del tambo no descargaban la leche”, menciona haciendo alusión a la insostenible situación en la que se encontraba la empresa.
La crisis terminal del gerenciamiento privado los llevó a estar cuatro meses en un limbo, sin certezas sobre su condición laboral ni el futuro de sus familias. “El horizonte era difícil, hubo momentos en los que no se veía nada”, nos cuenta Hugo. Pero no se rindieron. Cortaron calles, caminaron desde los depósitos de Sancor -empresa que administró Cotar desde el año 98 hasta el año 2017- hasta los Tribunales y en otras oportunidades hasta el Ministerio de Trabajo. Luis cuenta que tenía cierta negación con el corte de calles, hasta que se vió él mismo en esa situación, que es el límite al que ningún laburante quiere llegar.
La falta de respuestas los unió y les dio la fuerza para dar un paso más: reunidos en asamblea decidieron ocupar la fábrica y conformar la Nueva Cooperativa de Tamberos de Rosario. Luis y Hugo fueron delegados por siete meses en la antigua sociedad y formaron parte del grupo de aquellos trabajadores que decidió tomar las riendas.
Hoy son 120 socios y cuentan con un Consejo Directivo del cual Cristian Rivarda, hijo de Luis, forma parte junto con otros miembros. Él contó que cuando tomaron la empresa en quiebra se encontraron con muchas irregularidades de las cuales se tuvieron que hacer cargo. Gestión y producción se fusionaron en esta nueva etapa de la vida de Cotar. Cristian fue fiscal de carga. Uno de los vocales estaba en la parte de expedición junto al presidente. Otro de ellos en la sala de máquinas y calderas, y el tesorero era “el chico del laboratorio”.
“Ha cambiado la forma de organizar el trabajo dentro de la planta. El formato cooperativo es más arraigado que el tradicional. Se dan discusiones, debates y tenemos asambleas cada tres semanas”, comenta. “Es difícil escuchar a todos y que se lleve a cabo lo que todos quieren, por eso también se toman decisiones como Consejo, pero siempre escuchando a los socios”. Antes se tomaban decisiones en las que trabajadoras y trabajadores no participaban. “La diferencia es grande”, acota.
En la actualidad, ese grupo de laburantes ha logrado elevar significativamente los niveles de producción y están en un proceso judicial avanzado para adquirir la planta y la marca emblema de la mesa de los santafesinos. Lo que buscan es la estabilidad definitiva para poder planificar a largo plazo y crecer, incluyendo la habilitación para exportar y asegurar la jubilación de sus trabajadores más antiguos.
Luis y Hugo contaron su vida, que no se puede separar de la historia de Cotar. Ya en el final de la recorrida por la planta dejaron asentado qué les dirían a aquellos jóvenes que ingresaron en la fábrica a buscar trabajo y hoy se van con un gran recorrido, una familia y un hogar. Entre un llanto entrecortado y emoción en su mirada, Luis se dice a sí mismo “gracias”. Hugo menciona que para él siempre fue importante la humildad y no olvidarse de dónde viene. En su agradecimiento expresa: “No sé si me merecía tanto”. Como si el fruto de su lucha y su resistencia no fuera digno de la dicha.
Ambos hablan de la tranquilidad que les da el hecho de saber que la Cooperativa va a quedar en manos de compañeras y compañeros, que no van a tener que renegar para cobrar su sueldo ni para tener condiciones dignas de trabajo. Hoy, Hugo va a la fábrica con las mismas ganas con las entró aquel 7 de agosto de 1983. «No hay nada como que te paguen por hacer lo que te gusta”, asegura, y de inmediato menciona: “Ya pronto me voy, Veo como está la empresa y me voy orgulloso”.
Quizás ese sea, finalmente, uno de los mayores logros de esta historia: llegar al final de una vida de trabajo pudiendo mirar hacia atrás y sentirse orgulloso de lo construido.
Según se informó, esta nueva modalidad es una versión adaptada para menores que cuenta con…
La diputada nacional Caren Tepp presentó un proyecto para crear un régimen de reestructuración de…
El presidente de la Academia de Lengua Guaraní del Paraguay está acusado de fraude en…
Este fin de semana, el espacio contará con una programación especial para festejar el Día…
Las compra-ventas cayeron 16,8% y las hipotecas se desplomaron 40,1% frente al segundo semestre de…
La vocera del gobierno provincial, Virginia Coudannes, confirmó que el pedido fue formalizado ante el…