La imagen que cada persona da a las otras no es cosa intrascendente. Al punto que esta preocupación cuando se torna excesiva inhibe y genera síntomas: la llamada fobia social es un ejemplo. En ella el problema es que existe la certeza de que la mirada de los otros es hipercrítica, descalificante. Dos supuestos construidos y dignos de ser revisados. En primer lugar porque no hay tanta mirada como se cree o se siente; y, en segundo lugar, si la hubiese, nada dice que deba ser necesariamente hipercrítica. Y si fuesen verdad estos dos supuestos de quienes la padecen, no necesariamente debería hacer la vida tan difícil de ser vivida. Simplemente porque hay quienes efectivamente reciben muchas más críticas, y no hacen lo mismo con ellas.
Pero la fobia social es sólo un ejemplo de la importancia de la mirada, la opinión o de la crítica de los demás. Hasta es esperable que el “qué dirán” tenga más importancia en pequeños pueblos que en grandes ciudades, donde el anonimato reina. Pero el número no importa. Importa crearlo y creerlo.
Sea por temor a la descalificación, sea por miedo al abandono o sea porque se es una persona “pública”, el tema es que la mirada de los otros tiene peso y poder. Y este peso y poder de la mirada crítica, y de la crítica especialmente, dieron lugar a varias avivadas.
Avivada 1
Descalificar lo que el otro hace, hablando desde “lo que se debe” o desde “lo ideal”, es muy fácil. Y es una avivada porque denunciar que los otros “hacen lo que pueden”, y nada más que eso, siempre deja bien parado a quien lo hace. Porque quien lo dice, da a entender sin decirlo, de que critica porque los otros hacen poco pudiendo hacer más. Lo que no es falso pero no siempre es verdadero.
Distinto es cuando se dice “mis hijos me critican por la mala relación que tengo con mi mujer, veremos cuando ellos lleguen a mi edad qué hicieron”. O como también dijo alguien alguna vez: “Aprendiendo a vivir se va la vida”.
Criticar hablando desde “lo que se debe” o desde “lo ideal”, es muy fácil por varias razones: todos coincidirían en que más de uno “se hace el tonto”; a todos les gustaría que las cosas funcionaran según un ideal (aunque no todos coincidan en cuál es “el ideal”). Y si todos hicieran “lo que deben”, se supone, no habría conflictos (pero aquí de nuevo no habría total acuerdo en todos los aspectos sobre “lo que se debe”). Por eso es fácil: la crítica siempre encontraría adeptos.
Avivada 2
Criticando al otro por lo que hizo cuando quien critica nunca hizo nada de eso que critica no es recurrir a la opinión de un experto, precisamente (aunque es lo más coherente). Quienes hacen esto apelan a la credibilidad del otro. Credibilidad que supone adjudicar saber y poder a quien habla. “No importa si sé de lo que estoy hablando, lo que importa es mi opinión, por tanto es creíble”, sería la idea. Algunos, disculpando o inocentemente, la llaman “la soberbia del ignorante”; pero otros menos inocentes (porque no creen en la ignorancia del crítico) la llaman “manipulación” y “soberbia” a secas.
Por suerte, el desarrollo del conocimiento permite preguntar a los que más saben de un tema. Lo que no quiere decir que se la sepan todas o que estén actualizados. Pero son opiniones más valiosas que los críticos antes mencionados.
Si es verdad aquello de que “el único que está de vuelta de todo es el que nunca fue a ninguna parte”, estos críticos pertenecen a este grupo.
Avivada 3
Criticar a otro porque se tiene algún puesto con poder y con poder de decisión genera credibilidad. Es que increíblemente (o gracias al Homo Credens) se asocian poder con palabra creíble: el poder de la palabra por el solo hecho de estar en algún lugar con poder. Su versión más inocente es la del cuento “El traje del gobernador”. Otras versiones más peligrosas llevan a adorar personas. Reyes y emperadores funcionaron con este supuesto: sus órdenes eran incuestionables y, como si esto fuera poco, “nunca se equivocaban”. Y si lo hacían (y si alguien se enteraba) debían ser perdonados porque sólo eran pequeños errores mundanos (aunque se trate de miles de vidas humanas). Es que reyes y emperadores eran iluminados y elegidos y sus dichos, por tanto, representativos de la voluntad de los dioses de sus culturas. Lo que demuestra que la Revolución Francesa rompió con este modo de pensar a reyes y emperadores, pero el mundo no rompió con la asociación poder-palabra creíble. Apoyarse en este supuesto milenario es, ciertamente, una histórica avivada. Es que en este mundo de relatos y escenas armadas para el consumo creerse algunas críticas es más fácil porque todo está armado para que así sea.
Avivada 4
La era de los sabios terminó. Que alguien tenga “en su cabeza” todo el conocimiento de su época, es imposible. Hoy tiende a saberse mucho de poco y no poco de mucho. Las especializaciones tienden a eso. Cuando se sabe mucho de poco, si no se acompaña de humildad, puede parecer que se sabe mucho de todo, y eso es engaño. Por eso en muchos lugares se piden credenciales para entrar. Y cuando se sabe mucho de poco es más difícil engañar porque el campo de conocimiento está más acotado.
Los que realmente saben mucho, critican poco. No porque perciban menos temas para criticar, sino porque saben todo lo que les falta saber y eso los hace humildes y critican sólo si le piden una crítica.
Avivándose
Desde que se tiene lenguaje, todos hablan. Lo que no significa que tengan mucho o cosas valiosas para decir. Y, entre las cosas del hablar, está la crítica. Actividad que surge sin mucho esfuerzo con sólo percibir la diferencia entre lo que se cree o se espera y lo que se encuentra. Crítica que alimenta el amor propio cuando encuentra adeptos sedientos de creer que ponen su oreja y su esperanza en quienes la formulan.
Por ello criticar es fácil, porque desde que el mundo es mundo es imperfecto y hasta caótico. Mundo creado por el Homo Sapiens, especie que con el paso de los milenios no demostró demasiados cambios, sólo los producidos por la ciencia y los producidos por la presión social.
Hay críticos despiadados y salvajes, los hay edulcorados y los hay acotados y precisos. Todos parecerán creíbles cuando hay necesidad de cambiar la cotidianeidad. La cuestión es saber diferenciarlos porque todos se disfrazan con el mismo traje.

