Por Raúl Koffman.- Se sabe que en cualquier guerra la culpa por el desencuentro y el conflicto la tiene siempre, e inevitablemente, el otro.
Las diferencias entre los sexos existen, y vaya si las hay. Biológicas (con todos los efectos diferentes a partir de lo hormonal por ejemplo), psicológicas y obviamente socioculturales. Muchas veces las diferencias generan guerras. En este caso, “La guerra entre los sexos”. Y hay también coincidencias: la condición de ser humano.
Porque así como se nace hombre o mujer, también se nace con diferentes capacidades. Y este es el determinismo de Madre Natura. Alguien puede cambiar de sexo a través de una cirugía, pero es una transformación, no su formación original. La vida vivida y la cultura continúan con el modelado.
Las diferencias a veces unen y otras separan (aquello de que los opuestos se atraen como en el magnetismo). Igual que las semejanzas: no siempre unen (muchísimas veces dos personas que son muy parecidas en sus reacciones, por ejemplo, no pueden convivir pacíficamente).
Disfrutando de las diferencias: pensar en esta posibilidad supone algunos implícitos; por ejemplo, la idea del complemento pero no para completar sino para sumar posibilidades. Complementar es sumar algo con lo que el otro cuenta, y que uno no cuenta, para llegar a un objetivo. La idea de la completitud no tiene que ver con la realidad objetiva, sino con la realidad de los productos de la imaginación humana. Hombres y mujeres se complementan en funciones, actividades, decisiones, modos de pensar y actuar, sexo, decisiones difíciles y de gran responsabilidad, actividades compartidas que requieren diferentes habilidades, por ejemplo. Como así también hay complementariedad entre dos hombres y entre dos mujeres. Lo que corre el eje a las compatibilidades posibles y no necesariamente a las medias naranjas y, obviamente, al tema de las elecciones (sean de socios o de pareja).
En el campo de las parejas humanas la construcción de complementariedades (más allá de que algunas veces se dan naturalmente) es más fácil cuando se encuentran dos personas de relativa poca edad. Con el paso de los años la flexibilidad disminuye y se torna más difícil complementarse (con el tiempo, las asperezas son más difíciles de limar). Pero no imposible. Las experiencias cotidianas con sus encuentros y desencuentros confirman esta afirmación.
Sabemos también que un encuentro temprano tampoco garantiza complementariedades duraderas, porque las personas cambian con el tiempo. Es la complejidad del proceso y la falta de garantías con las que hay que aprender a vivir.
Para la reproducción de la especie ya cuentan otras variables porque estamos en el campo estrictamente biológico. Si en el acto de fecundación no se presentan los dos elementos requeridos, no se completa el proceso y no hay reproducción posible. Pero ya no se necesitan personas sino productos corporales. La tecnología lo hizo posible.
Disfrutar de las diferencias tampoco se logra por decreto. Los disfrutes en el contexto y con el objetivo del puro disfrute tiene sus propias reglas. La pretensión es solo esa y no debe contaminarse. El fenómeno de los swingers así lo demuestra. Pero disfrutar las diferencias en el contexto de la construcción de una “relación estable” cambia las reglas de juego. Es la historia de los intentos humanos desde la época de las cavernas. Drama o comedia según sea su punto de vista y materia prima para los chistes de humoristas.
Sufriendo las diferencias
“La guerra entre los sexos” está declarada desde hace años. Acusaciones mutuas, muchas verdaderas pero exageradas, son las armas preferidas. El humor circulante en internet es un refuerzo confirmatorio. Se niega el contenido de la acusación, y acusando al enemigo de prejuicioso se justifican las propias limitaciones y la guerra continúa.
Las razones más frecuentes de estos desencuentros inevitables:
1. Evaluaciones diferentes sobre las situaciones y
2. Actitudes y conductas a partir de esas evaluaciones.
Cuando las evaluaciones son diferentes y generan actitudes y conductas acordes, se suele concluir que las escalas de valores son dispares e irreconciliables. Y, en ese preciso momento, el desencuentro se siente como un abismo que separa dos continentes.
Sabemos que esos momentos, en sí mismos, no son definitorios para una ruptura. Salvo que se repitan con continuidad. Si efectivamente se repiten, el abismo imaginado y sentido comienza a hacerse real. Y allí es donde los afectos se afectan, comienzan a resentirse. Colaboran negativamente en este proceso las actitudes y conductas adoptadas frente al desencuentro: el famoso “pase de facturas”, las escenas dramáticas, la pérdida de los límites en lo verbal y en la acción, la culpabilización del otro y la propia victimización ahondan el abismo. Conductas que posiblemente concluyan significándose como “manipulatorias”. Pero si la sensación de abismo no se profundiza ni agrava, seguramente se producirán nuevos y quizás mejores encuentros.
Las evaluaciones dispares sobre las situaciones sí pueden convertirse en desencuentros inevitables cuando las intolerancias y soberbias las agravan. Un simple ejemplo puede graficarlo: supongamos “la diaria necesidad de ella de escuchar de parte de él que es reelegida” (el “nunca es mucho”). ¿Qué sucede cuando, de parte de él, esta necesidad verbalizada por ella es sentida y significada como excesiva e incomprensible? ¿Y si ante esto ella afirma su condición de incomprendida y esto la habilita a desregularse emocionalmente? Y si él confirma lo incomprensible del reclamo a partir de la desregulación emocional de ella, el desencuentro parece inevitable. Situación típica de “círculo vicioso”, que obviamente no es la única que podemos imaginar o encontrar. Sabemos, los lugares son intercambiables y las problemáticas diversas.
Esta situación es la que nos permite reconocer, en el campo relacional, la diferencia entre un pedido y un reclamo. Ante un pedido concreto (de ayuda o de afecto), la respuesta es también concreta: sí o no. Pero el reclamo no permite respuestas concretas por la ambigüedad que supone. Y se termina reaccionando más ante el “cómo me lo dijo” que ante el “qué me dijo”. Probablemente si ambos “aprendiesen” a pedir explícitamente los desencuentros disminuirían. Ahora bien, si las respuestas a los pedidos explícitos fueran siempre “no”, ya abordamos otro costado de la problemática.
“La guerra entre los sexos” impide la autocrítica, porque sabemos que en cualquier guerra la culpa por el desencuentro y el conflicto la tiene siempre e inevitablemente el enemigo. Es que “La guerra entre los sexos” no es la mitad vacía de la botella, sino el vacío total por la total incomprensión del otro; y la indiscutible posición de víctima que la sustenta. Víctima y victimario, la pareja fatal. Y la conclusión final: “la venganza será terrible”.
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