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Ponerle música a las palabras: Laura Wittner y Majo Tellería presentaron su nuevo libro en la Feria del Libro

Laura Wittner y María José Tellería hicieron jugar a los más pequeños en la presentación de su nuevo libro.

Por Camila Reciuto / Especial para El Ciudadano

Invitadas por Ponsatti Libros y Calibroscopio, la escritora Laura Wittner y la ilustradora María José Tellería presentaron su obra ¿Mosca o un Oscam? Ritmos, risas y runrunes en el Espacio de Infancias de la Feria Internacional del Libro 2026. La autora y la ilustradora invitaron a los niños a narrar colectivamente, jugar con el lenguaje y explorar un espacio de dibujo. Al finalizar la actividad, conversaron con El Ciudadano sobre el proceso creativo de la obra, los mecanismos detrás de las jitanjáforas y su forma de trabajar juntas.

—¿Cómo nació la idea de jugar con las palabras, de invertirlas para construir los poemas?

Laura: La idea de jugar con las palabras y de invertirlas la tengo desde siempre, solamente que nunca lo había escrito específicamente para un libro. O sea, sí lo había escrito para algunos libros, pero no de una manera tan consistente en la que todos los poemas fueran esos juegos sonoros y rítmicos que se llaman jitanjáforas y que me gustan desde siempre. Los textos los escribí hace varios años y se los pasé de inmediato a Majo porque le dije: «Solo vos podés ilustrar esto, este delirio». Majo aceptó y después dijimos: «No nos lo va a querer publicar nadie». Finalmente, Calibroscopio dijo que sí, así que bueno, acá estamos.

—¿Cuánto influyó tu mirada de traductora en la escritura de este libro?

Laura: Más que mi mirada de traductora es mi oído, el de alguien a quien le gustan mucho los otros idiomas. Aun cuando no los sé, incluso cuando no los entiendo, me gustan más. Siento como una especie de excitación y de emoción de pensar: «¿Qué se hace con todos estos sonidos que sé que tienen un sentido?». El castellano es la base para que este libro pueda leerse, porque hay palabras en castellano, pero quizás me emocionaba la idea de crear esa sensación de: «¿Qué es esta musiquita que está saliendo de la boca de los demás y a la que yo no puedo acceder?». Quería recrear esa música fundida con el castellano, que sí es mi idioma.

—¿Estas poesías están pensadas como un espacio abierto para que cada niño haga su propia traducción de la poesía?

Laura: Totalmente, sí. Cada cual puede escuchar y entender lo que quiera, y también las puede intervenir. Porque más allá del sentido, está la idea de que las palabras son cosas, son objetos sonoros que ocupan un tiempo y un espacio; y, desde ese punto de vista, pueden ser instrumentos musicales también. La idea es que los chicos o los grandes que lean este libro puedan hacer eso: usar las poesías tipo maraca, darlas vuelta, invertirlas, inventar lo suyo, leerlas con distintos ritmos.

—Majo, ¿te pasó lo mismo con las ilustraciones? ¿El querer que los chicos hicieran su propia interpretación?

Majo: No, no me pasó eso. Me decidí a jugar yo con lo que estaba escuchando, con los ritmos. Hay una ilustración, la de Jitanjaluna, sobre el conejo que salta; decidí jugar con ese ritmo que me daba la poesía, jugar con los trazos, con los tiempos de la ilustración, repitiendo la imagen con distintos movimientos. Me pareció desde el principio superdivertido. También intenté que tuvieran humor, mucho color, mucha gracia y mucho movimiento; me parecía fundamental que tuvieran movimiento. Obvio que quería que los chicos se divirtieran con la ilustración, pero primero traté de divertirme yo: me dejé llevar.

—¿Fue un desafío este proyecto para vos?

Majo: Siempre es un desafío, siempre es difícil porque uno quiere trabajar bien. La poesía de Laura me encanta, siempre me encantó, así que para mí es un honor. No me resultó difícil, tampoco fácil: fue un desafío.

Laura: Para mí, la manera de ilustrar que tiene Majo tiene una apertura que entraba directamente en estos textos. Escribí dos o tres textos y ya al cuarto pensé: «Esto solo lo puede ilustrar Majo». Ya sé que estoy exagerando, debe haber otras personas que lo puedan ilustrar, pero yo me lo imaginaba con este tipo de imaginación en el trazo, en el color y en todo, porque ya hicimos otros tres libros juntas y sé cómo trabaja Majo. Este es el cuarto libro en el que trabajamos juntas.

—¿Cómo es trabajar en conjunto?

Laura: En este caso, yo escribí los textos, pero se los empecé a pasar antes de tenerlos todos; la idea era ir agregando. Cuando Majo me iba mandando algunas de las ilustraciones, era como una rueda donde a mí se me volvían a encender nuevas ideas para los siguientes textos. En otros libros hemos trabajado al revés: hay un libro, De vacaciones, donde el texto empezó a partir de imágenes. Algunas imágenes que Majo tenía me llevaron a escribir y de ahí salieron nuevas imágenes, y de esas imágenes nuevos textos. Nos gusta mucho hacer ese vaivén.

—¿Y cuál es el valor del error?

Laura: Para mí el error es una cosa espectacular, es la fuente de todo. Es la fuente, sobre todo, de la risa: el error lingüístico es la cosa más divertida que hay. Dice Leonard Cohen que las grietas son el lugar por donde entra la luz.

—¿Qué lugar ocupa la improvisación a la hora de construir estas poesías y estas ilustraciones?

Laura: En estos poemas está muy en juego la métrica de cada verso, el sistema de rimas, el sistema de deformación de palabras y la coherencia entre cada uno de los poemas. Hay un poema donde las palabras son todos anagramas; las palabras están reordenadas en cuatro versiones, con cuatro ordenamientos distintos, que es algo que no pasa en otros poemas. En otros poemas son palabras a las que tal vez se les cambia el final o en otras son, sobre todo por el ritmo, sílabas que se repiten. Entonces no hay tanta improvisación detrás de la escritura.

Majo: En la ilustración tampoco. Por ahí dejo jugar más al inconsciente que a la improvisación. Por ahí dibujo, dibujo y dibujo; y después vuelvo a mirar qué es lo que los sonidos de la poesía me hicieron dibujar.

—¿Les pasa de sorprenderse de lo que están creando? Tal vez por ese inconsciente del que habla Majo.

Majo: Sí, ahí sí está presente el inconsciente. Por eso vuelvo a mirar la ilustración y digo: «Bueno, es por acá». Igual, cada cosa está supertrabajada para que quede una ilustración de alto impacto, que se entienda de alguna manera, que sea claro el sentido que quiero que despierte esa imagen, aunque no tenga cerrado el concepto. No me parece que pase por la improvisación, sino por revisar lo que pasa en el inconsciente, porque la poesía para mí trabaja un montón el inconsciente. ¿Qué decís, Laura?

Laura: Sí, me parece que para escribir tenés que tener, por lo menos, un acceso más o menos fluido a tu propia interioridad y dejar esa puerta abierta para que salga eso que tal vez es el inconsciente, o lo que sea, que sí te sorprende muchas veces a vos misma en el momento; que no es premeditado, pero sí que, en general, surge de una emoción. Como dice Majo, de un movimiento, de algo que se te mueve internamente y que decís: «¿Qué es esto que me pasa y cómo lo pongo en palabras para poder ofrecerlo a quienes lo lean?». Es una traducción muy difícil, que tiene que tener un núcleo emocional claro, porque si no queda como una cosa medio hueca, una especie de fanfarria lingüística.

—¿Cómo les gustaría que se lea este libro?

Laura: Sobre todo me imagino a la gente diciéndolo en voz alta, disfrutándolo, divirtiéndose y dándole el propio ritmo. Que pase a ser música, una música que dé risa, que es como fue pensado.

Majo: Sí, lo que le falta al libro es que se lea en voz alta. Para mí no es para leerlo en voz baja: es para recitarlo, cantarlo, gritarlo, repetirlo, bailarlo.

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