Miradas

Por otro 17

Eduardo Toniolli

El 14 de octubre, el coronel Perón –detenido en Martín García– abandona toda idea de continuar. Así se lo hace saber a su amada “chinita” en una misiva. Tres días después, el pueblo en las calles cambia su destino y el de la Patria. Nadie muere en la víspera.

En Berisso, Ensenada, Lanús y Avellaneda, pero también en Rosario, Córdoba y en los talleres ferroviarios de Tafí Viejo, el grito de los eternos excluidos del banquete es unánime: queremos a Perón. De la mano de los trabajadores movilizados nace el movimiento político que habría de partir la historia argentina en dos.

Toda filosofía política, doctrina o visión del mundo, presenta algunos preceptos contingentes, que suelen asociarse a la coyuntura en la que fue parida, y otros perennes, que trascienden el tiempo. Si hay uno que –en el caso del peronismo– se encuadra dentro de estos últimos, es aquel que reza que el poder proviene del pueblo. Pero no de un pueblo concebido como la suma aritmética de sus integrantes, sino del pueblo organizado.

Desde La comunidad organizada hasta su gran obra póstuma El modelo argentino para el proyecto nacional, pero también desde la Constitución Provincial de Chaco de 1951 (con el doble voto sindical) hasta el proyecto de reforma constitucional de 1974, toda la obra de Perón –en el plano de las ideas y en el de las realizaciones materiales– remite a esta verdad primigenia, nacida de la intuición de un agudo analista de un tiempo signado por la irreversible irrupción de las masas en la arena política, y consolidada aquel 17 de octubre.

El primer decenio peronista no solo fue la mayor experiencia de participación de los trabajadores en la renta nacional, también fue la mayor experiencia de participación de los trabajadores en el poder. La integración del pueblo organizado en un modelo de democracia social y participativa, fue condición necesaria para el despliegue de un proyecto nacional emancipador.

A 80 años de aquella jornada liminar, quizás no haya tarea más importante para el peronismo que la de recuperar su capacidad de expresar a los que trabajan, a los que producen y a los que construyen comunidad. No alcanza solo con representar, que es en todo caso una de las dimensiones de la política. La gesta que se avecina exige volver a expresar, a integrar con protagonismo a las organizaciones libres del pueblo, esas instancias nacidas de la potencia creadora de nuestro pueblo, para resolver sus problemas cotidianos y para motorizar sus demandas y reivindicaciones.

A Irineo Funes, célebre protagonista de un cuento borgeano, la caída le sirvió para recordarlo todo. Lo mismo debería sucederle al peronismo.

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