“Prefiero que me vean y digan que ahí va un buen tipo”

Fue operario del Swift y se jubiló en la Fábrica de Armas. De ATE pasó a la asociación civil del Fonavi.

Por: Paola Cándido.

Oscar Fernández tiene 75 años y su historia enlaza trabajo, gremialismo y barrio. De origen humilde, en barrio Parque –27 de Febrero y avenida Francia–, pasó por numerosas experiencias laborales hasta afirmarse en la Fábrica de Armas, donde se jubiló como operario hace más de 10 años. Ya retirado, su impronta social lo convirtió en uno de los referentes de la Asociación Civil de Barrio La Carne, ubicada en Buenos Aires 6327, que día a día asiste a vecinos con la gestión de gravámenes, pensiones, jubilaciones y distintos trámites relacionados con reclamos ante el municipio. “El sentido de la vida es caminar bien. La gente del barrio, con mi tarea, me conoce y eso es una satisfacción”, dice con una sonrisa a El Ciudadano este hombre que dice haber ido paso a paso “toda la vida” y que, haciendo honor a ello,  nació un Día del Trabajador.

—Si tuviera que presentarse, ¿cómo lo haría?

—Nací un 1º de mayo, por suerte acá, en Rosario. Yo digo que me bautizaron Oscar por los premios Oscar –se ríe–. Soy un trabajador, una persona común; me crié en el barrio de 27 de Febrero y avenida Francia, cerca del estadio Municipal y del club Provincial, hasta que me casé a los 29 años, una edad adecuada. Tengo un hijo de 33 años, que vive conmigo y me acompaña. En marzo de 2003, enviudé.

—¿Cuáles fueron sus comienzos laborales?

—Toda mi vida trabajé. A los 11 años empecé como cadete en una sastrería fina del centro que manejaba don Salvador Castallerone. Uno de los clientes de la sastrería, que vivía a media cuadra, era dueño de un molino cerealero que estaba en Alem entre Rueda y Amenábar y me llevó a trabajar ahí. Primero fui cadete y después fui empleado hasta que cumplí 20 años y me fui a hacer la colimba. En aquella época se acostumbraba a reservar el puesto de trabajo a los que hacían el servicio militar. A mí no me hicieron eso. Pusieron a otro. Igualmente me pagaron, me indemnizaron. También trabajé casi dos años como empleado de depósito en la antigua Casa Tía. Después me fui a trabajar como operario en el frigorífico Swift, al sector que llamaban “la cocina de huesos”. Después pasé a la usina y fui ayudante del operador de la escalera. Un aparato grande, automático y neumático, que servía para hacer girar una turbina que producía electricidad. La usina tenía dos escaleras que tenían como 30 metros de alto y cada escalera tenía un tablero automático con instrumentos. Yo empecé primero siendo ayudante, después aprendí y fui operario. Una vez hubo un problema con una caldera y se rompió un tubo. El jefe se asustó y me echó la culpa a mí. Me echaron y les hice juicio.

—¿Cuándo comienza su experiencia gremial?

—Cuando me echaron de Swift fui a trabajar a la Fábrica de Armas, en calle Ovidio Lagos. Dependía de la Dirección de Fabricaciones Militares, que tenía 14 fábricas en todo el país. Imagínese todo lo que recorrí. El trabajo me permitió viajar y conocer hasta que me jubilé. Cuando trabajaba en la fábrica de armas, como a mí me gustaba el gremialismo, me hice socio de ATE, que era el único gremio que había. Llegué a ser el dirigente de más representatividad en la fábrica, integrando la comisión de Rosario, por ende era el que tenía mayor responsabilidad. Desde 1984 hasta que me jubilé, en 1993, fui dirigente de ATE, primero a nivel provincial y después a nivel local. Desde 1984 hasta 1985 estuve en Santa Fe, iba y venía de Rosario a Santa Fe, hasta que se normalizó el gremio. Permanentemente viajaba a Buenos Aires. Gracias al gremialismo, pude conocer toda la provincia. Después de jubilado, trabajé en control de ingresos de edificios. Después ya no trabajé más y me dediqué a trabajar para la comunidad. Ya hace 14 años que estoy en esta tarea.

—¿Cómo empezó su labor comunitaria?

—Yo digo siempre que lo que uno se lleva es lo que vive y lo que disfruta; si la gente se diera cuenta de eso, sería distinta la cosa. Existe mucho egoísmo, envidia y todas esas cosas son negativas, perniciosas. Comencé con esto porque pensé que había una necesidad, gente con problemas, y quería ayudarla. A mí nadie me daba nada.  En la actualidad, la asociación civil de Barrio La Carne, ubicada en Buenos Aires 6327 funciona a partir de realizar trámites administrativos para la gente. Hacemos gestiones de distintos organismos, como la EPE, Aguas Santafesinas, la Municipalidad, el API, hacemos pensiones, tenemos una abogada que hace jubilaciones y pensiones, hay mucha gente que no sabe, no conoce y la acompañamos, les hacemos los papeles, todas esas cosas. También nos ocupamos del Fonavi, que es lo que le preocupa a la gente. Solamente cobramos una cuota de socios. A su vez, hicimos pavimentar la calle de la asociación.

—¿A qué línea de pensamiento adhiere?

—Mi ideología es peronista. Leo y me intereso pero no participo plenamente. Hay dos motivos que hicieron que empiece a participar en política: una es que comparto este proyecto de gobierno que hay ahora (por el kirchnerismo), y la otra es que es necesario aportar lo que uno pueda. Los fines de semana por la mañana abro la sede por un par de horas porque se juntan un montón de compañeros para charlar y hacemos vida social. Soy una persona común. Para mí el sentido de la vida cubre varios aspectos, tiene sus altos y sus bajos, también depende de cómo sea cada uno. Hay personas que se matan por hacer plata, hay tipos que van a robar, muchos son delincuentes por propio convencimiento, no les importa ir a la cárcel. Particularmente para mí la vida fue trabajar, colaborar, ser una buena persona, nunca traté de sacar ventaja.

—¿Cuáles son las experiencias que más valora?

—El sentido de la vida es caminar bien por el barrio. Me siento bien. Prefiero que me vean y que digan: «Ahí va Fernández, un buen tipo» y no que me digan: «Ahí va Fernández que jodió a éste, jodió a este otro». La vida tiene que ser verdadera. Ojo, no todos me quieren, algunos hasta por envidia no te quieren. Tengo un amigo desde 1965 que me viene a visitar a la asociación y tomamos mate. Casi 50 años de amistad. Y desde 1979, cada dos meses, nos juntamos con los compañeros de trabajo del Swift en mi local y vienen a comer. Cada vez se integran más, no te puedo explicar lo que significa después de tantos años que tus compañeros se reúnan. Eso no tiene dimensión. Y es el mejor ejemplo que tengo para dar.

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