Propofol y fentanilo, sustancias de uso estrictamente hospitalario, están en la mira por su uso irregular en fiestas donde se induce un estado de relajación profunda con fines recreativos: riesgosa práctica que puede acabar en muerte
La muerte de un anestesiólogo del Hospital General de Niños Ricardo Gutiérrez, en la ciudad de Buenos Aires, hallado sin vida en su domicilio, generó una investigación sobre un circuito de sobredosis, desvío de fármacos y prácticas recreativas letales.
La autopsia confirmó que el profesional falleció por una combinación de propofol y fentanilo, sustancias de uso estrictamente hospitalario que se habría autoadministrado mediante una bomba de infusión en la intimidad de su casa.
Este hecho revela una zona gris donde los insumos críticos escapan a los controles oficiales. La investigación penal ahora busca desentrañar una red que involucra a otros profesionales y el uso sistémico de instrumental médico robado para fines no asistenciales.
La escena encontrada en el departamento del anestesiólogo reproducía fielmente un entorno quirúrgico pero carecía de toda medida de seguridad. El médico fue hallado solo, conectado a dispositivos que provocaron una apnea —depresión respiratoria severa— que le provocó la muerte. En un procedimiento clínico estándar, el monitoreo constante y la ventilación asistida son obligatorios para evitar desenlaces fatales ante el uso de estos hipnóticos.
La trazabilidad de la bomba de infusión y los fármacos hallados en el lugar del hecho arrojó un dato alarmante: pertenecían al Hospital Italiano de Buenos Aires. Se investiga la existencia de grupos de WhatsApp, como el denominado «Fiesta del propofol», donde se coordinaban estos encuentros privados. El hermetismo institucional ha sido la respuesta predominante ante un sumario interno que intenta explicar cómo salieron estos materiales controlados del establecimiento.
Las versiones que circulan en el ámbito médico describen las Propo Fest como fiestas donde se utilizaba equipamiento real para inducir estados de relajación profunda con fines recreativos. En estas reuniones, se designaba específicamente a una persona para «ambucear» (asistir manualmente la respiración con un ambú, un resucitador manual) si algún participante dejaba de respirar por los efectos de las drogas.
Los audios viralizados entre residentes exponen la crudeza de esta práctica clandestina, señalando que «había bombas de infusión, monitores y alguien encargado de ambucear». Este esquema de «viajes controlados» habría funcionado como un servicio pago o de esparcimiento mutuo entre profesionales que compartían el acceso a los suministros.
Actualmente, el propofol no está clasificado como una sustancia sujeta a fiscalización estricta en Argentina, a diferencia de países como Corea, lo que facilita su obtención con recetas convencionales. Se impulsa la implementación de un sistema de trazabilidad digital por identificación unitaria para monitorear en tiempo real el destino de cada unidad desde el fabricante hasta el paciente. Solo un control informatizado riguroso y una mayor atención a la salud mental de los especialistas podrán evitar que los recursos diseñados para salvar vidas sigan alimentando circuitos clandestinos mortales.
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