Por Evelyn Giovagnoli/Especial para El Ciudadano
“Chiche”, Antonia Moro, es una modista de 87 años de la zona norte de la ciudad. Es modista desde hace 56 años, aunque sabe coser desde los 12. Aprendió en una época donde las mujeres debían elegir entre coser, bordar o hacer las tareas domésticas. Chiche vivía en la localidad de Luis Palacios, dentro del departamento de San Lorenzo. En ese momento, un pueblo con calles de tierra. Allí estudió con una de las dos modistas que había.
Chiche se formó en una academia que estaba en una casa de familia, liderada por su profesora quien había estudiado en Rosario. “Tenía una habitación, mesas largas porque ella también cosía vestidos de novia, llevábamos unas valijitas con una escuadra muy grande y precisa, un cuadernito con las hojas de cuadritos para hacer el dibujo chico y después lo agrandabas a las medidas, había que aprender a tomar las medidas. Todo eso se hacía en papel de molde y se cosía, y cuidado de que no se rompiera porque después lo tenías que presentar en el maniquí para que ella te diera el visto bueno”.

Su profesora le propuso que sea su ayudante para hacer vestidos de novia, que la otra modista del pueblo no hacía. “Saliendo del patio de la casa tenía una habitación apartada, porque vos no podías saber cómo era un vestido de novia, te miraban que no fueras a llevar enganchada ninguna tela, era lo que uno vivía con tanta expectativa el día de su casamiento: Era todo casero, no se venía a Rosario a comprar nada hecho ni los tocados, y ella a mí me hizo el tocadito cuando me casé, lo hizo ella a mano, una belleza toda con moñitos de tul.”
Más tarde Chiche se mudó con su esposo a Rosario, por Alberdi, donde tenían un almacén, y fue consiguiendo clientas que iban al negocio y ella las medía allí. “He hecho muchas cosas. Trabajé varios años para David, el profesor de patín, era muy famoso acá en el club Empleados de Comercio y en Barracas”.
También cosía disfraces para varias escuelas, “era un entusiasmo increíble cómo se involucraban las madres. Las llamaban a reunión y llamaban a las modistas que conocían, y a lo mejor se encargaban de 15, 18 trajes”. Una de esas escuelas era Emilio Ortiz Grognet, que a fin de año hacía una fiesta en el salón de Luz y Fuerza.
Chiche relató que el oficio venía de familia: “Mi papá siempre me decía que la que cosía mucho era mi abuela. Mi papá era español, había venido joven de allá, y él decía «nunca a mi mamá la iba a ver sin algo en la mano cosiendo». Por más que pudieran comprar se usaba mucho lo casero, por eso se cosía tanto”.
“Una chica que tendrá unos 21 años me llamó para traerme unos shorts para arreglar, y a ella le hice el vestido de 15, le hacía los trajes de teatro cuando tenía 8 años. Le coso a la madre y le cosí a la abuela que tiene mi edad”.
“Cuando yo vine a este barrio hace, van a ser 45 años, había cualquier cantidad de modistas, las ibas conociendo porque había una sola mercería. Había dos señoras que se dedicaban a vestidos de novia, de madrina. Y había otras modistas porque todo se hacía casero: los batones de entrecasa, el trajecito. Hay en la otra cuadra una señora que con ella cosimos juntas disfraces, yo los medía, los cortaba y ella iba terminando”.
Chiche cosió durante toda su vida, mientras cuidaba a su madre que vivía con ella y también a sus nietos. Sus vecinos le dicen «Chiche, no te mueras nunca». Cosió en todos los momentos, incluso en los más difíciles. “Yo estuve casada 44 años y mi marido se enfermó de un cáncer terrible. Nos dieron 6, 7 meses cuando lo operaron, pero aguantó un año y unos meses. Yo lo tuve en casa con internación domiciliaria, cuando se acostó yo estaba haciendo un vestido de novia corto, y lo logré terminar”. Y continuó: “Falleció un sábado a la mañana, 7.45, hizo 25 años en agosto. Me acuerdo que me ayudaron mis nueras a planchar el vestido de novia el viernes”.
La confección de ropa como un proceso creativo: un pasatiempo, una actividad cotidiana, una manera de transformar prendas en desuso y darles una segunda vida

La costura, una actividad que tiene miles de años de historia y ha pasado por múltiples transformaciones, hoy encuentra nuevos lugares y nuevos públicos que se apropian de ella. El oficio de costura sigue presente, hay quienes necesitan arreglar o reformar su ropa, pero en los últimos años empezaron a aparecer las ganas de aprender a coser, de hacer su propia ropa, más conforme a los gustos y adaptada al cuerpo de cada uno.
Ana Clara Tarquini, conocida como “Anita Q”, es diseñadora de indumentaria y tiene un taller de costura abierto al público, donde enseña desde lo básico para aprender a usar una máquina de coser hasta ayudar en el proceso de creación de prendas originales. También dicta cursos virtuales y a través de sus redes sociales comparte técnicas y experiencias de costura. En el 2025 publicó su libro Guía básica de costura: autoayuda para iniciar en la costura y revolucionar nuestros cuerpos.
Anita tuvo su propia marca y notaba que no era muy valorado el trabajo “invisible” que hay en la producción de ropa, entonces quería que las personas comprendieran el proceso que llevaba. Y se preguntó: ¿Cómo puedo hacer para explicarle a las personas que en realidad es re difícil hacer ropa que le guste a la gente, que le quede bien, y encima que salga barato? y reflexionó: “Quizás no tengo que decirle a la gente, contarle todo, sino invitarla a vivir esa experiencia y que sepan por su propia cuenta qué es coser”.
Para la diseñadora la costura implica pensar la ropa en relación al cuerpo, a los gustos, que sea cómoda y se adapte al cuerpo y no al revés. “A la ropa se la ve muy como un objeto distanciado de lo cotidiano cuando en realidad es algo que usamos siempre. Lo vemos como una mercancía o un objeto ajeno, y sin embargo la vestimenta hace parte de nuestro cuerpo, ya no podemos separarlo.”
Quienes asisten al taller lo hacen por diferentes motivos: porque no consiguen ropa que les guste o la ropa que les gusta les queda grande o chica, pero les gustan las telas y las quieren reformar, otras van para hacerle ropa a sus familiares, algunas van para pasar el tiempo. “La gente se termina apropiando del taller, y es también lo que quiero hacer con la costura: enseñar la herramienta y que después le sirva para la vida y para lo cotidiano”.
Anita contó que su idea partía de que “si uno le enseña a las personas desde lo más básico y a todos iguales, terminás volviendo a la norma de cómo deberían ser los cuerpos, cómo deberían ser los moldes y cómo debería ser la ropa”. Anita contó que quienes van al taller se relajan porque descubren que no tienen que tener muchos conocimientos de costura, que si bien lo considera importante, prefiere que sea posible coser sin ser profesional.
Lo que destacó del taller a diferencia de coser individualmente es compartir con otras personas y “aprender mirando a otros cosiendo”. “Me pasa que vienen a querer hacer cosas que yo nunca hubiera hecho ni con mi marca ni para mí, entonces aprendo todo el tiempo y hay una retroalimentación, es lo que aprendemos de las personas más allá de una técnica”.
“A veces me cuentan que además de perder el miedo a la máquina, perdieron el miedo a hacer cosas y a equivocarse, se dieron cuenta que aunque no salga perfecto se puede usar y empiezan a ver la costura de las cosas, y ven que no estaba tan perfecto como creían”.
El proceso de costura es un desafío que luego de muchos intentos genera una superación práctica, “no es lo mismo entenderlo en la cabeza que después llevarlo al cuerpo, porque tenes que trabajar con las manos, coordinar muchas cosas, tenes que manejar telas”. “Seguir insistiendo en algo que te interesa es lo que mantiene con ganas de hacer”.
Archivo Joya y el arte de reciclar

Dentro de este oficio hay quienes se dedican a reciclar prendas y transformarlas en piezas únicas. Agustín Ceres es uno de ellos, es creador de “Archivo Joya”, un emprendimiento de gorras, riñoneras, y variedad de prendas a pedido. El emprendedor comenzó con la costura en el 2020 inspirado en una gorra que había comprado que lo dejó fascinado y quiso comprar otra, pero pensó: “Quizás esto lo puedo hacer yo”.
En un momento de la pandemia donde estaban permitidas las reuniones empezó a coser con ayuda de su tía de 70 años, quien le enseñó. Fui unos dos meses, iba dos veces por semana a hacer siempre lo mismo, a coser una gorra de cinco paneles, a entender cómo era la forma, cómo hacer la costura curva que es un poco más complicado”.
Luego no pudo ir por un tiempo y su tía le dijo: “Tengo una máquina que era de tu abuela, me la traje cuando ella falleció, llevatela y si la hacés arreglar es tuya”.
Fue su oportunidad porque Agustín no tenía una máquina propia, “estuve 4 meses cosiendo gorras, haciendo prototipos hasta que me animé y agarré ropa mía, tenía prendas que no tiraba porque me gustaban, pero por ahí tenían manchas, porque le tenía un afecto por acompañarme en ciertos momentos y seleccioné un par. Hice 10 gorras, dos modelos de cada una y ahí largué la primera tanda”.
En Instagram describe su trabajo como «laboratorio de piezas únicas». Es que a Agustín le gusta “que vengan con ideas nuevas, lo que busco es que la persona se lleve algo que lo represente. Lo que más me gusta es crear cosas que no existen. Poder traer esas ideas a la vida”.
Agustín consideró que lo que lo distingue es la apertura a experimentar y no cerrarse a hacer siempre lo mismo, esto hace que sea más personalizado el producto, y relató: “También me gusta que las prendas tengan historia. Que la gente me cuente: «esta corbata era de mi abuelo» o «esto me lo regaló alguien que quería mucho», que tenga esa carga emocional le da un valor agregado al producto”.
“Cambia de forma, pero no cambia el afecto, no cambia el sentimiento, puede sonar un poco materialista, pero uno le agarra cariño porque estamos mediados por cosas, creamos cosas para poder relacionarnos con el mundo”.
A Agustín le gusta la ropa vintage lo que lo lleva a ir a ferias, “a encontrar cosas que por ahí están en desuso, manchadas, pero que están buenas, que tienen un color, una trama, un logo lindo, algo que las distingue, y que se pueden reciclar”.
Y reconoció que su gusto por la ropa vintage viene de su infancia, cuando usaba ropa de su papá o de sus abuelos y en este sentido siempre le interesó coleccionar cosas, “tener cositas raras y distintas”. “Tengo muñequitos por todos lados, coleccioné cajitas de cigarrillo, latitas, botellitas de cerveza, siempre coleccioné y ahora de grande me di cuenta que me empezó a gustar coleccionar ropa, le encontré otra forma al coleccionismo”. Y se dio cuenta de que la idea de este emprendimiento “era una forma de crear piezas únicas y que cada persona tenga una prenda que la identifique”.
