Rosario, martes 27 de octubre de 2026
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Rosario, martes 27 de octubre de 2026

“Refinería fue escenario vital de la historia de Rosario”

La historiadora Agustina Prieto repasa la historia de un barrio que se construyó alrededor de un emprendimiento privado.

Refinería es un barrio que se fue construyendo alrededor de la empresa creada en 1889 por Ernesto Tornquist; la Refinería Argentina de Azúcar, a la que Bialet Massé analizó desde su trabajo crítico, publicado en 1904, en el que estudió las condiciones laborales de la clase obrera argentina. Él la define como una de las fábricas mejor construidas en el país, pero como los planos fueron hechos en Alemania, no tuvieron en cuenta la altura de los techos y el calor en el verano rosarino repercutía sobre la salud de los operarios.

La apuesta de Tornquist terminó mal, y su fracaso despertó las movilizaciones obreras a partir de las cuales se fue estructurando un modelo de protesta que puso en jaque a los poderes establecidos.

“Refinería, aunque no es el único tema al que me dedico, es uno de los que me atrae por ser el escenario de un tramo de la historia de Rosario muy rico y prometedor”, sostiene Agustina Prieto, licenciada en Historia, docente e investigadora, quien habla con soltura de uno de los barrios de Rosario donde se entrecruzan inmigración, actividad artesanal y empresaria; y el anarquismo, ideología de la época y refugio de una población mitad urbana y mitad rural que buscaba en los oficios el modo de insertarse y progresar.

—¿Los anarquistas se distinguían por ejercer oficios relacionados con la imprenta?

—En parte, aunque venían de muchos oficios. En Rosario, hubo una buena cantidad de ellos dedicados a la edición y a los libros. En la biblioteca “Ciencia y progreso”, por ejemplo, se editaba una revista; además de folletos de divulgación ideológica, para lo cual necesitaban mucha gente con conocimientos técnicos propios de la impresión”.

—Un oficio que exigía destreza, dedicación y conocimientos generales…

—…El anarquismo tenía muchos adherentes, no sólo gente de oficios, sino profesionales, médicos y abogados. Emilio Z. de Arana era médico y llegó a ser una figura influyente y uno de los impulsores de la biblioteca…

—Tal vez haya sido Refinería un ejemplo de cómo, sobre un espacio territorial reducido fue creciendo una población que se iba aglutinando alrededor de un emprendimiento necesitado de los brazos y la fuerza de quienes venían de las zonas rurales y buscaban en la ciudad empleo, casa, abrigo y servicios.

—Lo fue en parte. En ese espacio tan pequeño se fueron conjugando los aspectos más contundentes de ese orden que se estaba construyendo en el mundo: el orden capitalista, esto es la voluntad emprendedora de un grupo de empresarios de apostar arriesgando para la construcción de una sociedad nueva; y en el mismo lugar, aquellos que con su trabajo, sus oficios y sus esfuerzos físicos eran los ejecutores de aquellas ideas. Nada más, y nada menos que la industrialización. De este encuentro inevitablemente tenía que surgir el conflicto, por contradicción de intereses.

—¿Es posible que unos más que otros, aunque ambos, tuvieran la idea del progreso indefinido?

—Absolutamente. Hasta la primera Guerra Mundial, ese era un horizonte compartido por ambas fuerzas, y en todo el mundo. Los liberales asociados al poder escribían sobre lo que sería el símbolo del progreso para la época: la locomotora. Lo mismo encontramos en la prensa anarquista y en la prensa socialista: la locomotora como la propulsora del tren del progreso.

—¿Era una manera de unir naturaleza, ingenio y tecnología?

—Se asociaba al concepto de evolución. Algo que parecía que nunca iba a acabar. La forma caprichosa que tomó el trazado de las vías de comunicación en nuestro país y en América respondía a una época. Recién a fines del siglo XIX y principios del XX, comienza a surgir un pensamiento latinoamericano, incipiente todavía. Pero en 1870 todos pensaban que el objetivo último era un objetivo común: el progreso, y muy pocos podían pensar cómo se estaban construyendo las vías del progreso. “El sentido de las cosas” comienza a tomar perspectiva cuando se hace más explícito el fenómeno del colonialismo europeo. Y llevó un tiempo darse cuenta y que la gente tomara conciencia del mismo y sus consecuencias.

—¿Por eso tomó el caso de Refinería como materia de sus investigaciones?

—Sí. Y comencé tratando de superar el simplismo de pensar a los procesos históricos en términos de opuestos contradictorios extremos. Lo que define cualquier proceso son, siempre, los matices. Esto nos aleja del error de suponer que los anarquistas tan sólo eran un conjunto de obreros que por sus condiciones de vida luchaban contra una burguesía que sólo estaba decidida a defender sus intereses. No todos los obreros eran anarquistas, y no todos los burgueses pensaban que el progreso tenía que hacerse a costa de los obreros. Emilio Z. de Arana, un médico que por su lugar social podía ser ubicado como un pequeño burgués, pensaba que la sociedad podía organizarse de otra manera.

—¿No es, acaso, la historia la que se encarga de enseñarnos que todas las grandes épocas son como olas gigantescas que están surcadas, sostenidas y alimentadas por pequeñas olas y corrientes subterráneas?

—A propósito de esta idea, que comparto, me llevó mucho tiempo aprender que nunca hay que analizar y pensar a las figuras históricas por un solo momento de sus vidas. Una figura que tuvo una enorme importancia en ese período histórico, en Rosario, fue otro médico: Ricardo Caballero. Sus cambios están subordinados a su compromiso social y político, a partir de los cuales, se adapta y flexibiliza sus posturas, las que, lo largo de 50 años, pasaron de un extremo a otro. En Caballero prevaleció su convicción de ser un profesional comprometido con la sociedad y que ese compromiso no podía ser sino político. Ésta es una de las grandes enseñanzas de la historia, a las que aprendemos con los años.

—¿El desenlace de esta lucha crea nuevas condiciones laborales que van modificando la geografía del lugar? 

—De hecho Refinería tenía una temporada de mucho trabajo y otra de escasa actividad, lo que obligaba a migrar a las cosechas a cientos de personas. En general, en Rosario, en los años 20, había más gente en la ciudad cuando era la temporada de embarque de los granos; luego se vaciaba por la gente que iba siguiendo el calendario de las cosechas.

En los censos, Juan Álvarez calculaba “la gente que falta”, teniendo en cuenta si era tiempo de cosechas o no. Una ciudad que de todos modos debía estar preparada para recibir a los migrantes y satisfacer sus necesidades de vivienda, alimentos y servicios. En el siglo XIX los conflictos políticos se resolvían por la violencia. Las fuerzas políticas opositoras que defendían los intereses de la clase obrera y la incipiente clase media, como el radicalismo, contaba con dos fracciones: los que querían resistir pacíficamente y quienes proponían la insurrección por las armas. Las protestas obreras generaron no sólo encuentros, sino que fueron el germen de los procesos revolucionarios. Rosario fue la ciudad donde muere el primer huelguista por un disparo de la Policía. Era austríaco, se llamaba Cosme Budislavich. Este hecho tuvo impacto nacional. Durante este conflicto alcanza un alto protagonismo una mujer, Virginia Bolten, quien es una organizadora del acto de repudio.

“Hasta los empresarios les dan un asueto de algunas horas a sus operarios para que puedan concurrir al mismo”, afirma Prieto, para agregar: “El acto debía hacerse en la plaza San Martín, pero la presión policial hizo que los concurrentes se reunieran en el predio que ocupaba la plaza de toros, a una cuadra de distancia. En este acto fue oradora Virginia Bolten, quien a principios de 1903 se tiene que ir de Rosario, siguiendo los pasos de su pareja, Manuel Manrique, un español: había entrado en vigencia la ley de Residencia, por la cual los extranjeros debían abandonar el país.

En Rosario, el 4 de febrero de 1905, estalló la Revolución Radical y Ricardo Caballero tuvo participación en ella. Derrotada, esta revolución creó un precedente: hizo que el grupo en el poder advirtiera que la situación se tornaba insostenible y que tenían que revisar su modo de ejercicio del poder. Pocos años después, comienza a pergeñarse la reforma electoral que culminaría con la llegada de (Hipólito) Yrigoyen al gobierno, cuando entró en vigencia la ley Sáenz Peña.