Categorías: Sociedad

Revancha del trauma: ¿animarse o amoldarse?

Por Romina Sarti*

El otro día me tuve que tomar un taxi porque no llegaba a una reunión. El tachero tomo por una calle absolutamente desconocida por mí y cruzando la vi (y me enamoré). Una mujer de unos 75 años, caminando, llevando a su caniche de paseo. Ella, absolutamente despeinada, con una remera de los Rolling, unas bermudas negras que tapaban sus rodillas, unas medias de toalla rosas (sí, de toalla, mil siglos que no veía medias de esa tela) y unas pantuflas de goma marrones. En ese instante me dejó perpleja. En su honor estas líneas.

Mi adolescencia transcurrió en los 90, época de series absurdas como Beverly Hills 90210, donde las modelos extremadamente delgadas monopolizaban las tapas de revistas y pantallas de tv, donde hablar de dietas y de adelgazar era más recurrente que decir que este gobierno es una mierda.

A diferencia de hoy que soy gorda, en esa época no lo era. Pero esa insistencia en los cuerpos flacos como valiosos, deseados, perfectos, fueron el puntapié para que me zambulla de lleno en el mundo gelatina. Pasaba días comiendo gelatina. Combinaba esta genialidad con dietas de revistas como la de la sopa, la de la luna, la disociada.  Sostenía la privación por días, hasta que por voracidad, hambre y compulsión, me reventaba con atracones de lo que hubiera (y allí la culpa, y allí el loop infinito restricción, atracón, culpa).

El único espejo de cuerpo entero que había en casa, estaba en la entrada, por lo que esperaba que fuera de madrugada para levantarme y mirarme. Pasaba horas mirándome, al acecho de mis defectos, aborreciéndome en la oscuridad de mis noches, con total sigilo, para no levantar sospecha que escudriñaba cada ápice de mi anatomía: cada grano, cada rollo, cada estría, me arrastraban al infierno. Sólo quería desaparecer.

A los ponchazos fui sobreviviendo sin información, sin idea que estaba transitando una enfermedad que aún hoy persiste. En el recorrido engorde, adelgacé, me maté en el gimnasio, me deprimí pasando meses encerrada en una habitación a la que no entraba la luz y otras acciones autodestructivas que no registraba en ese entonces. Autoestima cero, me esforzaba cada vez más para sostener una coraza de fortaleza, una vida que tuviera un sentido para la mirada del otro, esa mirada invisible que podía existir (o no) pero que tenía (a veces tiene) tanto poder.

Muchos años después, hundida en las profundidades de la mierda, toqué fondo. Sin embargo, la reminiscencia permanente del trauma me sigue marcando. El trauma asociado a la estigmatización corporal influye directamente en quienes nos permitimos ser, hacer y/o desear. Reflexionar y asumirlo es reconstituirse, volver (o empezar) a armar(se), desafiando estereotipos y etiquetas. El proceso de transformación y empoderamiento personal que reinterpreta el dolor para metaformosearlo en potencia feroz, no tiene que ver con la resignación, todo lo contrario, está vinculado a descubrirse, retomar el fuego, el respeto y la autoestima. La resignificación del trauma como revancha, como impulso para renacer, son las herramientas que me fueron dando los años, las amistades, la militancia, las lecturas, la terapia.

Y aunque la edad te hace doler la cintura cuando te levantas rápido de la silla, también te hace reconocer el valor de lo realmente importante. Así que, señora que paseaba el caniche con la remera de los Rolling, gracias por haberme recordado qué valioso es recuperar la identidad propia, más allá de los contextos e imposiciones que intentan aplastarnos con una mirada llena de prejuicios, ignorancia y miedo.

***

*Licenciada en Ciencia Política (UNR), militante por la diversidad corporal, anticapacitista, docente en la UGR, trabajadora en la Secretaría de DDHH de la UNR. IG: @romina.sarti

 

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