Presentaron una segunda lista de personal altamente capacitado que se va con retiros voluntarios. Y falta una tercera. El desmantelamiento del instituto va de la mano de un gran negocio inmobiliario por la venta de varios de sus predios. Una herramienta estratégica de transferencia de conocimiento al sector productivo se pierde de la manoo de los ministros Caputo y Sturzenegger
Funcionarios nacionales presentaron una segunda lista con 380 agentes desvinculados del Inta vía retiros voluntarios que acelera el proceso de demolición del instituto. Se trata de técnicos, especialistas, investigadores y profesionales que costará reemplazar si algún día se vuelve a políticas de apoyo científico a la producción agroindustrial. Con la nueva nómina, ya summan 757 los despidos en el organismo científico y tecnológico especializado en la transferencia de conocimiento. El Ejecutivo nacional pretende echar a unos 1.200 empleados de alta capacitación y experiencia. La dotación del organismo a nivel nacional es cercana a los 5.750.
Juan Pablo Mansilla, designado como «gerente estratégico» de Personal para el desguace del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria, publicó esa segunda lista a la que seguirá, según las intenciones del oficialismo libertario, otra más.
Los impulsores del ajuste destructivo del Inta son el ministro de Economía, Luis Caputo y su par de Desregulación del Estado, Federico Sturzenegger, con el poyo del Secretario de Agricultura, Sergio Iraeta.
El Inta, como herramienta de políticas públicas para fortalecer un sector generador de divisas y apuntalar el agregado de valor a la producción primaria, está en vías de extinción por decisión del Gobierno de Javier Milei. La pérdida de profesionales altamente capacitados, con extensa trayectoria en la transferencia de conocimiento al sector productivo, se materializa rápido y costará muchos años revertir.
El Inta, por ejemplo, es el que elabora desde informes climáticos claves para las decisiones del campo y desarrolla semillas o soluciones científicas para el combate de las plagas en cultivos. Entre otras numerosas funciones que requieren de personal con formación de excelencia, que además, construye experiencia durante su desempeño. Todo eso, que implica inversión pública a lo largo de décadas, ahora se pierde.
El plan de retiros voluntarios es una de las patas del plan libertario. La otra, es el negocio inmobiliario para privados a través del remate de la mitad de las tierras que posee el organismo científico y tecnológico. Nada menos que unas 101.500 hectáreas distribuidas en alrededor de 100 predios en todo el país.
El argumento de los desmanteladores del instituto es que unas 54.000 hectáreas están en uso efectivo para producción e investigación tecnológica, y que puede desprenderse de las 47.500 hectáreas restantes. Los beneficiarios, claro, son los empresarios inmobiliarios cercanos de Milei. Los que financiaron su campaña presidencial y, como Eduardo Elsztain, de Irsa (Inversiones y Representaciones Sociedad Anónima), le facilitaron alojamiento una vez electo. Una inversión política que se paga con grandes negocios.
El Gobierno nacional, como excusa, sostiene que esas tierras están «sin explotación por falta de infraestructura, problemas de tenencia o inaccesibilidad». Y, en lugar de revertir ese diagnóstico, lo profundiza en desmedro de un horizonte estratégico para la porducción y en beneficio de los amigos corporativos.
Hasta entidades como la Asociación de Productores de Siembra Directa (Aapresid) salieron a rechazar el diuiscurso libertario afirmando que «no existen tierras en desuso» en el organismo científico.
El Inta fue fundado en 1956 con la misión de modernizar y transformar el sector rural argentino con el aporte de la ciencia, la tecnología y el despliegue en el territorio. No se pensó como un organismo de investigación aislado, sino como el andamiaje estratégico que, por ejemplo, le permitió a la Argentina consolidarse como una potencia agroalimentaria global.
Investigación aplicada y soberanía genética (I+D)
El Inta funcionó como el gran laboratorio de innovación biológica del país, adaptando la ciencia a las necesidades de los suelos de las diferentes regiones del país.
El organismo desarrolló variedades propias de semillas de trigo, maíz, soja y pasturas adaptadas a los diferentes climas, plagas y suelos. Con ello, redujo la dependencia de insumos importados.
También jugó un papel crítico en el control y erradicación de enfermedades animales como la fiebre aftosa en el ganado. Eso fue clave para abrir y mantener los mercados internacionales más exigentes para las carnes y granos argentinos.
Extensión territorial y transferencia de conocimiento
Una de las mayores innovaciones del Inta se desarrolló en el campo más que en laboratorios. Y eso, por el despliegue de una vasta red de Estaciones Experimentales y agencias de extensión.
Así, tradujo la ciencia abstracta en prácticas agrícolas cotidianas y concretas como manejo de suelos, rotación de cultivos o adopción de la siembra directa.
A la par, democratizó el acceso al conocimiento, permitiendo que tanto los grandes productores de escala exportadora como los pequeños agricultores familiares incorporen tecnología para mejorar sus rindes.
Desarrollo y diversificación de las economías regionales
Aunque la región pampeana suele llevarse el protagonismo de las divisas, el Inta cumplió una función geopolítica clave en la descentralización económica del país. Desarrolló tecnologías específicas para sectores clave extrapampeanos como la vitivinicultura en Cuyo, la fruticultura en el Alto Valle de Río Negro, el sector forestal en la Patagonia y los cultivos de algodón, tabaco y caña de azúcar en el NEA y NOA.
Colaboró también con la generación de valor agregado en origen para las producciones locales, lo que fomentó el arraigo rural y ayudó a mitigar el éxodo masivo hacia los grandes centros urbanos.
Inclusión social y seguridad alimentaria
A partir de la década de 1990, el organismo profundizó su rol de asistencia social y soberanía alimentaria mediante programas emblemáticos como Cambio Rural y, fundamentalmente, el ProHuerta (gestionado junto al área de desarrollo social de la Nación).
En esa línea, capacitó a millones de familias vulnerables, comunidades aborígenes y escuelas en técnicas agroecológicas para garantizar el acceso a alimentos frescos en contextos de crisis socioeconómicas.
En paralelo, impulsó el cooperativismo entre pequeños productores minifundistas para mejorar sus canales de comercialización de cercanía.
Preservación ambiental y sustentabilidad de los recursos
Mucho antes de que el cambio climático y la sustentabilidad lideraran la agenda pública global, el Inta ya investigaba el impacto de la actividad humana en los ecosistemas.
Fue pionero, por caso, en los estudios de conservación, rotación de tierras y confección de mapas de suelos para evitar la erosión hídrica y eólica provocada por el monocultivo.
A la vez, el instituto lideró las investigaciones locales sobre la huella de carbono, el manejo eficiente de cuencas hídricas y el impacto ambiental de los fitosanitarios, buscando equilibrar la balanza entre la rentabilidad económica y la salud ambiental.
Nada de lo anterior es de valor para la gestión libertaria. Algunas consecuencias del desmantelamiento del Inta se ven de inmediato, pero las más trascendentes comenzarán a impactar con el correr de los años. El sector privado no se hace cargo de esas políticas públicas que, como boomerang, lo benefician.
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