Rosario, sábado 26 de septiembre de 2026
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Rosario, sábado 26 de septiembre de 2026

Salvar vidas… aplicar la ley

Por: Mariano Savia

En 1972 dos improvisados delincuentes intentaron asaltar un pequeño banco de Nueva York, pero se encontraron con que la entidad carecía del suficiente dinero, ya que había sido retirado poco tiempo antes. Lo primero que hicieron entonces fue tomar rehenes para lograr que se les proveyera del efectivo necesario que uno de los delincuentes necesitaba para una operación de cambio de sexo de su pareja. Primero llegó la policía metropolitana, más tarde el FBI, y luego les siguieron cientos de personas ávidas de no perderse ningún detalle de lo que ocurría y, por supuesto, el periodismo, que empezó a transmitir cada pequeño detalle del suceso.

Comenzaron las negociaciones, al principio a cargo de un oficial de la policía neoyorquina, y después la tarea fue asumida por un efectivo de la agencia federal.

 

Ocurrió a continuación un largo intercambio de opiniones, pedidos y tratos entre delincuentes y policías, y en ese lapso algunos de los rehenes comenzaron a simpatizar con los malvivientes, produciéndose una clara muestra de esa extraña renuencia emocional descripta un año después, en 1973, cuando tras el asalto al Kredit Banker de Estocolmo, posiblemente a causa de su total desamparo, una de las personas privadas ilegítimamente de su libertad se resistió a la acción policial tendiente a proteger su integridad física, y más tarde a efectuar la necesaria declaración involucrando a su captor. Nos estamos refiriendo al síndrome que lleva precisamente el nombre de la ciudad sueca donde ocurrió este último hecho.

 

Volviendo al caso de Brooklyn, aquella calurosa tarde terminó en tragedia. Este episodio real fue magníficamente dramatizado en 1975, cuando un muy joven y lozano Al Pacino, John Cazale, Chris Saradon y otros actores interpretaron la laureada película.

 

Tarde de perros

 

Otro hecho desgarrador, de esos que quedarán por siempre en los anales de la historia de los crímenes sin sentido, que alertó a todas las policías del mundo para adecuar sus procedimientos ante acciones de este tipo, ocurrió en una madrugada de septiembre de 1972, mientras los atletas israelíes descansaban en la Villa Olímpica de Munich. Terroristas armados que en un comienzo lograron mimetizarse como otros participantes de los juegos, ingresaron al alojamiento de sus indefensas víctimas, matando de inmediato a dos deportistas que se defendieron heroicamente.

 

Acto seguido tomaron a nueve rehenes. Inició la negociación el propio jefe de Policía alemán, logrando que todos, víctimas y terroristas se trasladaran a un supuesto aeropuerto desde donde se emprendería vuelo al exterior. En realidad, la estación aérea no era otra cosa que una base, donde previamente habían sido apostados en lugares estratégicos cinco francotiradores seleccionados porque eran buenos competidores deportivos. Su misión: disparar sobre los secuestradores. Los uniformados carecían de equipos de comunicaciones para tener una interacción entre sí y coordinar adecuadamente los blancos a elegir, y sus armas no eran las indicadas para este tipo de procedimientos.

 

En el momento de iniciar las maniobras, surgió la necesidad de utilizar tanquetas. Nunca llegaron porque estaban a treinta minutos de distancia. La operación terminó en tragedia.

 

En nuestro país también ocurrieron episodios de toma de rehenes con distintos resultados. Recordemos que aquí mismo, en Rosario, el 2 de abril de 1994, cuando Ricardo Albertengo, tras cometer un asalto en el que había sido detenido su cómplice, se introdujo en el bar La Granja, de 9 de Julio y Sarmiento, donde se encontraban varios clientes. Allí, armado con una pistola calibre 9 milímetros tomó como rehén a una moza y cuando un joven parroquiano intentó calmarlo lo mató sin darle oportunidad alguna a defenderse. Luego llegó la Policía y adoptando técnicas de negociación en situaciones de crisis logró reducirlo y ponerlo a buen recaudo, hasta que en octubre de 2009 el mismo individuo volvió a cometer otro robo, aunque sin consecuencias fatales, en una clínica de Oroño al 700.

 

También vale recordar el episodio protagonizado en 1977 por una persona de apellido Pinter, que en la ciudad santafesina de San Justo se había acantonado y herido a un policía, hasta que finalmente fue desalojado y detenido.

 

Vino luego, en septiembre de 1999, el episodio del Banco Nación de Ramallo, con su luctuoso saldo y la evidencia de que debían las fuerzas policiales seguir trabajando mucho para atender este tipo de episodios que pueden suceder en cualquier lugar, a toda hora.

 

A esa altura de las nuevas formas del delito en nuestro país, y al igual que había ocurrido en el resto del mundo a partir de algunos hechos acaecidos en los Estados de Unidos, Alemania y en el resto de Europa, las distintas policías argentinas y también la santafesina se dieron a la tarea de obtener lineamientos adecuados a los fines de gerenciar las situaciones de crisis con toma de rehenes.

 

Se tuvo muy en cuenta aquella Tarde de perros en Nueva York, cuando el primer problema de la Policía fue contener al público que amenazaba con desbordar las débiles vallas instaladas, ordenar el accionar de la gran cantidad de policías de todos los precintos y secciones que llegaban al lugar sin solución de continuidad y, finalmente –en medio de una operación que podía terminar en minutos en un episodio sangriento–, discutir acaloradamente sobre quién sería el negociador principal.

 

Se recordó permanentemente la tragedia de Munich cuando policías con las mejores intenciones pero con escasa preparación y mal pertrechados debieron encarar una titánica labor en el mayor de los desamparos.

 

Nunca en estas cuestiones se omitió suponer situaciones como la de Estocolmo, cuando captores y capturados parecen no responder a los patrones normales, tomando actitudes muy difíciles de prever.

 

El caso de Ramallo, con la participación de distintos equipos tácticos, ha sido otro modelo para dejar de lado.

 

Las decisiones atinadas de algunos excelentes magistrados son estudiadas a fondo por quienes aspiran a convertirse en negociadores. Un ejemplo es lo dispuesto por el juez de Instrucción de la 8ª Nominación de la ciudad de Santa Fe, doctor José Luis Rodríguez, en el ya mencionado episodio de San Justo, el 19 de febrero de 1997: “La resolución técnica del caso es resorte exclusivo del poder administrador”. En otras palabras, deben ocuparse de restablecer el orden quebrantado las autoridades naturales y quienes han sido debidamente preparados académica y operacionalmente para hacerse cargo de la misión.

 

Hoy existen en las distintas policías excelentes equipos de crisis integrados por personal que ha sido instruido en las más destacadas escuelas del mundo. Jóvenes policías, de no más de seis o siete años de antigüedad con la especialidad de negociadores, y experimentados oficiales superiores debidamente preparados como jefes de comités de crisis, están prestos a cumplir con este lema: “Salvar vidas, liberar rehenes, arrestar al autor, aplicar la ley”.