Fuese Daniel Scioli o Mauricio Macri quien se consagre presidente no es sencillo adivinar el país que viene.
En caso de ser el bonaerense le será más fácil la relación con los gobernadores peronistas, aunque le tomará un tiempo acomodar el justicialismo, donde reclaman espacio y cuotas de poder Massa y sus socios. La convivencia con el kirchnerismo de paladar negro será un tira y afloje. Además, no es que todo puede ser continuidad en el sentido crudo de la palabra, porque la economía demanda un piso de correcciones, que van desde generar herramientas para compensar el atraso cambiario hasta iniciar el retorno a mejores índices de la balanza de comercio exterior y resultado fiscal.
Si fuese Macri, el 2016 se preanuncia agitado. No puede esperarse otra cosa si los planes en materia económica se ejecutasen en el sentido y la forma que lo plantearon sus principales asesores económicos. Una devaluación rápida del peso arrastrará conflictividad social e impactará en el mercado interno. Poco se dice, además, de cómo se piensa hacer el ajuste del gasto público que se pregona.
En el frente político, Macri tiene que construir en poco tiempo una alianza de gobierno que lo ayude a atravesar esos cimbronazos. La pata empresaria es la que pareciera garantizada, pero le será más difícil que a Scioli encontrar aliados en el movimiento obrero. La expectativa estará puesta en el planteo para convivir con los gobernadores justicialistas y en particular con el Congreso, donde la alianza con la UCR nada garantiza por sí misma.
Modelos
Macri y Scioli representan dos modelos diferentes. El primero lo viene expresando con crudeza, animándose a decir cosas que Menem en el 89 prefirió callar (incluso prometió lo contrario) “porque sino no ganaba”. El cambio empieza por aproximar lo más posible el gasto del Estado al déficit cero, devaluar, unificar el dólar y libre mercado como regla central, más el retorno a los mercados financieros mundiales de deuda, lo cual no es malo de por sí, según cómo y para qué se use.
Enfrente, Scioli y el amplio y muy diverso dispositivo político que lo acompaña, prometen la protección del mercado interno y los salarios como premisa. La continuidad pasa por esta idea, que se traduce en un Estado garantista de equilibrios en la puja por la distribución de la riqueza entre capital y trabajo. Lo que no termina de quedar claro es cuál será la política de gasto público en momentos que el actual esquema de financiamiento interno muestra señales de agotamiento y deberá cumplir promesas “caras” como baja de retenciones y el 82% móvil para jubilados.
Gran debate gran
Lo que ocurra esta noche en el debate presidencial no será neutro. Un buen antecedente fue el debate de candidatos a intendente de Rosario y gobernador que se hizo meses atrás. Más allá de cuánta gente lo vio, ambos candidatos del PRO hicieron agua cuando tuvieron que correrse del eslogan, la sonrisa y el chiste. Terminaron ellos mismos, con su deslucida participación, dándole la razón a los señalamientos y dudas que sobre ellos hacía el Frente Progresista. El resultado ya se conoce: más que ganarla el socialismo, la perdió el PRO.
Expectativas en Santa Fe
A diferencia de Macri, Scioli le dedicó poco tiempo a Santa Fe, quizás porque su objetivo es estirar la ventaja que sacó el 25 de octubre en provincia de Buenos Aires, donde ahora no llevará acuestas a Aníbal Fernández.
El peronismo santafesino, con excepciones, no pasa de comunicados de apoyo. Algunas ausencias en público llaman la atención. Becarios de Conicet, el grupo Giros y otros grupos de la campaña “No a Macri” se ven más activos que el PJ.
La transición llega a su fin
En 25 días provincia y ciudad iniciarán nuevos gobiernos.
La expectativa de Miguel Lifschitz es que el próximo presidente no reincida en el maltrato del kirchnerismo en los últimos seis años a Santa Fe, producto de su voracidad política y su incapacidad de convivir con algo que sea diferente. La lucha política es la regla, pero el tiempo ha demostrado que el castigo impuesto a esta provincia en recursos, proporcionalidad de obras públicas, vivienda y seguridad fue desmedido en relación al peligro que podía representar como adversario.
Lifschitz confía en que de ser Scioli, por la relación construida durante años, le garantice un piso de convivencia distinto al del kirchnerismo. Con Macri todo está por verse. La alianza con el radicalismo a nivel nacional podría meter ruido político en el Frente Progresista y la presión de las políticas de achique del Estado siempre recaen sobre los gobernadores. Una visión más benévola dentro del Frente Progresista sostiene que la alianza UCR-PRO garantizaría una mejor llegada a la Casa Rosada.
El armado de gabinete no le resultó tan fácil a Lifschitz. Si bien con los socios radicales los cargos, jerarquías y espacios son motivo de tironeo, en esta oportunidad no fue ahí donde apareció la mayor complicación, sino con Salud, la gran fortaleza del socialismo.
El hecho de que finalmente el ministro no salió de los equipos de Rosario y que terminase en manos de un socialista de la Capital cuando inicialmente fue pensado para un extrapartidario, da la pauta de impronta renovada para el área, quizás con menor protagonismo que Producción, Vialidad y obras públicas.
Salud espera desde los tiempos de Binner reformas profundas. Lifschitz no tendrá la traba legislativa y si es su voluntad podrá avanzar con cambios que deberían repercutir en la calidad de atención a la población y mejor manejo de los recursos materiales, económicos y humanos disponibles.
Rosario es el moño
Cerrada la integración del Frente Progresista a nivel provincial, le toca el turno a Mónica Fein de dar la puntada final a su equipo de gobierno. Sólo una parte de los nombres que estuvieron dando vuelta en los medios están confirmados. El resto está sujeto a las negociaciones con el resto del Frente. De hecho los casilleros vacíos pertenecen a la UCR.
Una vez que se resuelva ese entuerto, la atención se trasladará a la elección de autoridades del Concejo Municipal en los primeros días de diciembre.
El oficialismo tiene en las radicales Daniela León y María Eugenia Schmuck y el socialista Horacio Ghirardi tres candidatos a presidir el Palacio Vasallo.
El socialismo definió que es un espacio que quiere para sí porque lleva el peso de la gestión del Frente y porque, afirma, Fein necesita una relación distinta a la que tuvo con Miguel Zamarini. Pretende sintonía y acompañamiento sin especulaciones a la intendenta.
El sector radical de Schmuck fijó la presidencia del Concejo como su objetivo. Si bien la concejala proviene de los sectores progresistas de Franja Morada y fue una activa militante por la boleta corta del Frente Progresista en las elecciones nacionales, lo cierto es que su espacio de pertenencia es el de los radicales de las universidades de Rosario y Santa Fe, éstos últimos los más entusiastas aliados del PRO. Si fuera Macri presidente y la alianza Cambiemos toma vuelo, es probable que los socialistas quieran tomar sus recaudos.
La otra dificultad que deberá enfrentar Schmuck es la interna de la UCR, donde a ninguno le gusta que el otro saque demasiada ventaja.
No hay que descartar que aparezcan más candidatos (la oposición seguramente impulsará un nombre) o que el consenso pase por algún tapado.
No sería una buena señal que el Frente inaugure el nuevo período entre peleas y conflictos. Las urnas ya le mostraron que el crédito se agota con facilidad.
Con sus altas y bajas, agachadas y puteadas, la perdurabilidad del Frente progresista es casi una anomalía de la política argentina. La fórmula mezcla voluntad política y un fuerte componente de intereses comunes que ayudan a “aguantarse”. Como sea, hasta ahora duraron y gobernaron, que no es poco.
