Rosario, sábado 24 de octubre de 2026
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Sarmiento y Estrada: amigos en el pasado, ¿peleados hoy?

Por Carlos Bukovac.- Aunque tuvieron una excelente relación en vida, muchos historiadores se dedicaron a mostrarlos como opuestos.

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Septiembre es un mes muy especial para la educación en nuestro país. Durante este tiempo se festejan tanto el Día del Maestro (11 de septiembre), en recuerdo de Domingo Faustino Sarmiento, como el Día del Profesor (17 de septiembre), en recuerdo de José Manuel Estrada. Este último quizás menos conocido que el sanjuanino, pero no por ello con menores dotes intelectuales, a tal punto que se afirma que era el orador más eminente de nuestro país por aquella época.

En este contexto, en los últimos tiempos es común escuchar y leer en los medios de comunicación opiniones en contra de que el Día del Profesor se festeje en honor a Estrada, propugnando la unificación del día del “Educador” en torno a Sarmiento y provocando así una contienda entre sectores “progresistas” y sectores “católicos”. Se suele presentar a estos dos prohombres de la educación argentina como enfrentados y opuestos. De parte de quienes se oponen a la figura de Estrada se argumenta que él y sus seguidores pretendían, allá por 1880, imponer en la educación de los niños argentinos la fe católica; mientras que, por el contrario, el sanjuanino bregaba por la libertad de conciencia y la laicidad en las escuelas.

Ahora bien, ¿estaban tan enfrentados Sarmiento y Estrada como pretenden mostrarlos? ¿Pretendía realmente el sector católico imponer una fe determinada a los alumnos? Analicemos esas dos cuestiones.

En relación con la primera pregunta, es necesario aclarar que pese a las marcadas diferencias ideológicas que tuvieron en torno a la relación Iglesia y Estado, Sarmiento y Estrada mantuvieron una excelente relación, tanto en uno como en otro sentido y pese a los 30 años de edad que los diferenciaban.

En efecto, cuando el sanjuanino accede a la presidencia de la República, en octubre de 1868, Estrada, un joven de sólo 26 años, pero ya considerado un valor promisorio de la vida nacional, lo recibe con estas expresivas palabras: “Actualmente sonríe una esperanza a los pueblos argentinos que impone una severa responsabilidad al hombre que la suscita. Va a asumir las funciones del Ejecutivo Nacional un ciudadano que ha consagrado largos años y hermosas tareas a fomentar la educación popular, cuyo sistema y organización acaba de tener oportunidad de estudiar más a fondo aún y en sus últimos adelantos, en la sociedad que mejor entiende y con mayor entusiasmo cultiva la preparación de las generaciones nuevas para la libertad. Tenemos razones al abrigar esperanzas en su gobierno y él tiene el deber de satisfacerlas. ¡Dios lo ilumine!”.

Sarmiento, a su vez, nombró a Estrada en 1869 jefe del Departamento General de Escuelas, como así también primer profesor de Historia del Colegio Nacional de Buenos Aires, en tanto que abundaba en elogios hacia el joven a lo largo de los numerosos artículos que periódicamente publicaba.

Además, no debe dejar de tenerse en cuenta que habían llegado a una relación que trascendía lo meramente intelectual para convertirse en un indudable afecto. Según el doctor Gerardo Ancarlola, del Instituto Sarmiento, esto se debería a la entrañable amistad que habían mantenido Estrada con Dominguito Sarmiento, el joven y prometedor hijo de Sarmiento que murió trágicamente en la Guerra del Paraguay. Quizás el compartido amor por la enseñanza, la inteligencia y la temprana vocación por la cosa pública que tenía Estrada pero sobre todo la juventud, le recordaban a Sarmiento a su amado Dominguito. Ahí habrá que buscar los motivos, por los que hasta el final de sus vidas, los dos próceres cultivaron fundamentales coincidencias.

Por otra parte, pasemos ahora al otro interrogante, el de la “imposición de la educación religiosa”. En 1884, cuando se debatió y sancionó la famosa ley 1.420 de educación laica, obligatoria y gratuita, los católicos pretendían que se mantuviera el texto vigente hasta entonces en la ley de Educación de la provincia de Buenos Aires, la cual establecía la enseñanza religiosa pero respetando las creencias de los padres de familia ajenos a la comunión católica. ¿Cuál era el fundamento de esta postura? Por un lado, el brindar la enseñanza de los principios de la fe católica a la amplia mayoría de alumnos que asistían a las escuelas del Estado, así como el respeto a la Constitución Nacional que, si bien no elige la religión católica como oficial, la sostiene y la apoyaba en más de un artículo del texto consagrado en 1853. De todos modos, prevaleció la mayoría liberal y la educación laica se convirtió en ley haciendo que la enseñanza de la religión desapareciera de las escuelas públicas.

Mientras tanto, Estrada era destituido de sus cátedras en el Colegio Nacional y de su cargo de rector en el mismo establecimiento dejándoles a sus alumnos, que se congregaron para despedirlo, unas palabras propias de un hombre que se juega por entero por sus ideales: “Mi conciencia es de Dios y mi honor es de mis hijos, que marcharán acaso por la vida sobre una huella de dolor, pero no sobre una huella de vergüenza. Y no creáis que exagero añadiendo que mi honor es también vuestro. Porque les debo la lección del ejemplo que gana a todas en elocuencia: ¡Prefiero que dejéis de ser discípulos de un hombre, antes de continuar siéndolo de un cobarde!”.

Cabe aclarar que hoy, en pleno siglo XXI, no cabe duda de la dificultad de sostener las ideas de Estrada en el marco de la escuela pública argentina. Sin embargo, ateniéndonos a un enfoque basado en los derechos humanos tan propios de este siglo, podríamos visualizar a los dos próceres como impulsores de dos derechos fundamentales: Sarmiento y Estrada, del derecho a la educación y la alfabetización; en tanto que Estrada avanzó un paso más en relación con el derecho a profesar la fe mayoritaria de los argentinos, sin cuya enseñanza por parte del Estado se vería notoriamente restringido el conocimiento y aprendizaje por parte de los niños.

En suma, más allá de esa diferencia puntual que tuvieron, lo cierto es que ambos fueron verdaderos artífices de la educación argentina. Si, como se ha mostrado en las líneas anteriores, ellos mismos tenían una excelente relación y amistad, ¿por qué enfrentarlos y oponerlos nosotros? Recordémoslos y aprendamos del ejemplo de ambos para construir cada día una mejor educación para nuestro país.