Este domingo a las 18, en el Museo Castagnino, la autora presenta su última novela, editada por Random House, “Una casa sola”
Selva Almada - Créditos: Guadalupe Carmona (El Ciudadano)
Con el Paraná de paisaje sonoro y visual, Selva Almada se reúne con este medio para hablar de su último libro, la novela “Una casa sola” (Random House). Son los primeros días de junio y su visita a Rosario incluye entrevistas con medios y encuentros con libreros y talleristas literarios.
Es la primera vez que visita la ciudad desde la publicación en marzo de este año de su última novela y trae consigo una novedad: este domingo 21 de junio presentará la obra en el Museo Castagnino (Av. Pellegrini 2202), a las 18, acompañada por las escritoras Sonia Scarabelli y Dahiana Belfiori. La actividad fue organizada en conjunto entre el taller de escritura coordinado por Belfiori, Abrirlacasa, y el propio Museo.
Selva Almada, nacida en Entre Ríos en 1973, comparte la sorpresa con la que vivió el comentario recurrente entre los lectores de su última novela —”habla la casa”—: “Me llamó bastante la atención. Pensé que iba a ser tomado de manera un poco más natural. Tal vez porque yo sí tenía muy presente la referencia de “La casa” de Manuel Mujica Lainez, donde habla una casa. No pensé que iba a llamar tanto la atención que la narradora fuera a la casa. Pero sí es casi lo primero que me dicen, “habla la casa”. También pensaba que quizá no era que iba a causar extrañeza, sino que quizá iba a parecer un poco ridículo que hablara la casa, pero no. A nadie le pareció ridículo y, en general, por los comentarios que me hacen entran rápidamente en que está hablando una casa y ya”.
La autora lleva en su haber los siguientes títulos y reconocimientos: “No es un río (2020)” —International Booker Prize shortlisted, Premio IILA-Literatura y mención especial Premio Sara Gallardo—, “Los inocentes (2019)”, “El mono en el remolino. Notas del rodaje de Zama de Lucrecia Martel” (2017), “El desapego es una manera de querernos” (2015), “Chicas muertas (2014), “Ladrilleros” (2013) y “El viento que arrasa” (2012) —First Book Award del Festival Internacional del Libro de Edimburgo—, y coautora de “Laiseca, el Maestro” (2025). Ha sido traducida a más de veinte idiomas.
El trabajo sobre “Una casa sola” empezó en una estadía en Saint Nazaire (Francia) en la residencia de la Maison des Écrivains Étrangers et des Traducteurs (MEET), a fines del 2022.
—Me gustaría saber si reconocés de qué está hecha tu escritura: ¿de lecturas de tu infancia, de toda la vida o en algún momento en particular, películas, música, paisajes?
—Un poco de todo eso. En algunos libros con más insistencia de algunas otras cosas. Pero en “Una casa sola” la parte de la experiencia de la infancia aunque siempre está presente…. En todas las novelas, siempre saco algo de esa memoria de infancia. Siempre aparece para construir personajes o para construir ambientes.
En esta novela, por ejemplo, me han preguntado varias veces, ¿la casa existe? Y en realidad es una casa que un poco construí para la novela con el recuerdo de casas, de taperas. Cuando era chica mi abuelo paterno vivía en el campo y estaban mis tías también, que eran adolescentes en ese momento. Yo iba en las vacaciones de verano y uno de los paseos era salir por ahí e ir a casas que habían quedado abandonadas. Esto fue a principios de los 80, que ya había empezado esa migración de la gente de campo a la ciudad, sobre todo de los pequeños campesinos.
Entonces quedaban esas casas ahí abandonadas, medio derruidas, y nos gustaba ir a ver qué había, a ver qué había quedado. Entonces, un poco, esta casa tiene ese recuerdo de aquellas otras casas.
A veces voy a buscar cosas a la literatura, voy a buscar cosas a otras novelas que por ahí comparten algún espíritu con lo que quiero escribir.
Pero en “Una casa sola” me di cuenta que lo que aparecía más que otras literaturas eran las canciones: las canciones folclóricas de los 60, de los 70, que todavía se seguían escuchando. Yo nací en los 70 pero con el regreso a la democracia empezaron a sonar de nuevo en la radio canciones de Zitarrosa, de Larralde, de Cafrune. Y era todo un cancionero muy asociado al tema de la tierra y de la posesión de la tierra, con el poema puesto en el peón rural.
Me acuerdo que empecé a escuchar esas canciones de nuevo y encontré en esas canciones lo que por ahí no tenía tan presente que hubiera mucho en la literatura anterior. Pero en “Ladrilleros”, por ejemplo, fue el cine de Leonardo Favio, porque me encanta, especialmente “Nazareno Cruz y el Lobo”. En “No es un río”, fue la poesía del litoral: Juan L, Madariaga. Creo que cada libro va a buscar a sus fuentes, a distintas fuentes. A veces aparece en primer plano la música, otras el cine, o a veces otras lecturas.
—Creo que todos tus lectores percibimos inmediatamente la presencia que tienen en tus textos los paisajes, las grandes descripciones pero también, justamente, pensaba cómo aparece el universo de lo cinematográfico. Me pasa mucho cuando te leo sentir que estoy mirando una película y como has trabajado en guiones de cine y está tu libro con las anotaciones del rodaje de Zama, te quería preguntar si también lo ves así: esta relación con el cine y si fue buscado o si llegó sin querer.
—Muchas muchas veces me han dicho: «tus libros son muy cinematográficas, tus libros son muy visuales». Creo que tiene que ver con lo que yo necesito para escribir, que es como estar viendo la escena. Cada escena que escribo es porque antes la vi, la tengo que ver para poder escribirla. Y me parece que eso después queda y también provoca ese mismo efecto en los lectores y las lectoras.
Mi relación con el cine es de alguien a quien le gusta mucho el cine sin ser tampoco una nerd ni una cinéfila. Todavía soy de la generación de las personas que tenían la experiencia del cine desde la infancia. Mi pueblo era un pueblo muy pequeño, pero tenía su cine, creo que como la mayoría de los pueblos de Argentina al menos hasta entrados los 80. Había cine en cada pueblo, después los cines se convirtieron en iglesias evangélicas o en shoppings o en patios de comida.
Ir al cine desde chica era una salida bastante cotidiana. Mis padres iban al cine los sábados la noche. Nosotros, mi hermano, mi primo, nuestros amigos del barrio, íbamos al cine, y estaba la matiné. Era una experiencia cotidiana, como leer libros en papel. Ir al cine era barato, no era un lujo y hoy es prácticamente un lujo. En ese momento todavía era algo super popular. Entonces, crecimos con el cine. Creo que eso es algo que forma parte de nuestra educación sentimental, poder acceder al cine desde muy pequeña.
—¿Cómo haces para entrar en estado de escritura?
—Me cuesta bastante. Estoy mucho tiempo merodeando ese estado, como arrimándome. En general entro primero por algo, por una escena o alguna cosa que aparece y que me llama la atención o me parece que hay algo ahí que quiero seguir viendo qué más hay porque me interesó. Pero después entre ese primer atisbamiento de la cosa, hasta que entro en la cosa, a veces pasan años.
Lo que me pasa es que soy un poco indisciplinada, en el sentido de que no estoy escribiendo todos los días, no voy tomando notas ni nada. Pero sí voy entrando de a poco en ese mundo con la cabeza, pensando en los personajes o quiénes podrían ser esos personajes que van a aparecer en ese universo muy, muy incipiente. Voy pensando en las atmósferas. Hay algo acá atrás mío pensando en eso todo el tiempo hasta que en un momento digo: ya está, ahora es el momento de ponerme a trabajar más sostenidamente. Cuando eso ocurre, que ya te digo pueden pasar años, ahí ya puedo empezar a escribir.
Y ahí sí es un trabajo más metódico, en el sentido de hacerlo todos los días el tiempo que lleve. Y corregir, me gusta mucho corregir mientras estoy escribiendo, no puedo esperar a terminar una versión para después corregirla, necesito que ya vaya siendo lo que va a ser una vez que la termine.
En general son periodos cortos de escritura. Esta última novela la escribí bastante rápido, en unos meses, pero si no tengo esos meses o tal vez años previos, me resulta más difícil.
—En “Una casa sola” en la dedicatoria agradecés una estancia en una casa en Francia, ¿qué fue lo que pasó ahí? Decís que ahí aparece la primera chispa
—Yo había aplicado a esta residencia antes de la pandemia y me tocaba ir en el 2021 pero justo cuando tenía que ir hubo un rebrote de COVID en Francia. Se cerraron las fronteras, me fueron cambiando la fecha hasta que finalmente fui en noviembre del 2022.
No tenía ningún plan, iba a ver si aparecía algo para escribir. Había tenido un poco una idea, un proyecto, de un lugar, un edificio que está cerca de mi casa, pero no había avanzado mucho la investigación. Era un proyecto de no ficción.
Y dije, bueno, voy a ver qué aparece. Creo que un poco por este proyecto del edificio que había tenido y que no lo había llegado a desarrollar, sumado al hecho de que venía con trabajos de obra en mi casa: albañiles, reformas y muchos problemas, por ejemplo se levantó el piso varias veces, aparecían filtraciones de gas y de agua. Fue muy problemática toda esa parte. Y entonces estaba como muy metida en el tema de las casas, los espacios, los edificios y demás.
Apareció también el tema de las desapariciones en democracia que había empezado a prestar atención a cuánta gente había desaparecido post retorno a la democracia. También hay un caso en Entre Ríos de una familia de puesteros que desapareció hace más de 20 años.
Entre eso, las casas y las desapariciones, apareció esto: una casa cuya familia o la familia que la habitaba había desaparecido hacía varios años y ese lugar había quedado vacío y todo ese territorio, ese terreno, ese campo que rodeaba la casa y que en su momento había sido monte, había sido desmontado para que los campos fueran aptos para el trabajo agrícola. Al convertirse en una escena de investigación y al pasar tantos años, es como que el monte había vuelto también a avanzar sobre ese territorio que le había pertenecido y que le habían arrebatado. Y la casa ahí, siendo ya casi abrazada por ese monte que seguía expandiendo
—¿Cómo hiciste para elegir que la casa sea la voz narradora y no uno de los personajes seres humanos? ¿Qué te parece que potencia o cuáles cualidades le encontraste a que fuera ella la voz?
—En la residencia había tomado algunas decisiones. Para completar un poco lo anterior: a veces, para quienes escribimos, estas instancias de residencia o retiro son muy importantes porque es estar ahí solo para eso, como en pausa para el resto de las cosas que hacemos las escritoras y los escritores para vivir. Es como tener un rato para jugar solamente a ser escritora. Tenés mucho tiempo, mucha soledad, podés salir a dar un paseo, volver. Este lugar además es muy lindo porque estaba sobre el río antes de desembocar en el mar, entonces había una parte mar pero enfrente a la ventana que yo tenía y que veía todos los días estaba el canal. Pasaban barcos gigantes. Es una la zona portuaria, todo eso era también muy hermoso de estar viviendo ahí. Era invierno y es un lugar de veraneo, entonces estaba la ciudad vacía, las playas vacías y todo eso estuvo buenísimo. Tener ese espacio para leer, para escribir, para pensar, para tomar notas.
Sobre la voz de la casa hubo un momento en que tuve que tomar una decisión: si ir detrás de la familia que había desaparecido y plantear una novela quizá con un tinte más de novela negra o de novela policial que la verdad no me interesa mucho el género o si quedarme con la casa y con el vacío y ver qué pasa con ese vacío. Fue una decisión que tomé bastante rápido, me interesaba más quedarme con la casa, con la soledad de la casa. Una soledad que es un poco mentirosa porque también la casa queda sola de humanos, queda deshabitada de esa familia a la que ella piensa y añora y recuerda porque siente mucho cariño por esa familia, pero también empieza a llenarse de otras formas de vida, de insectos, de yuyos, de plantitas y de todo eso que pasa cuando un lugar está deshabitado.
Voz humana no iba a haber, pero sí en un primer intento de escritura de la novela había un narrador en tercera persona muy pegado al punto de vista de la casa, pero no era todavía la casa la que hablaba. En el transcurso de la escritura me di cuenta que aparecía una primera persona, aparecía una primera medio filtrándose y creciendo, sin que yo me diera cuenta, hasta que me di cuenta y dije, bueno, tal vez tengo que escuchar esto que está apareciendo en el texto y prestar atención. Dije a ver qué pasa si es la casa la cuenta la historia.
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