Por estos días muchos se preguntan qué recordamos el 20 de noviembre. En rigor de verdad, la efemérides se remonta a 1974 cuando el Congreso sancionó la ley 20770 que instituyó cada 20 de noviembre como Día de la Soberanía Nacional en recuerdo de la batalla de la Vuelta de Obligado. Aunque no sería sino hasta el presente año su elevación con rango de feriado nacional.
¿Y por qué conmemorar la soberanía recordando una batalla que, en definitiva, perdimos aquel 20 de noviembre de 1845? Los estadounidenses recuerdan todos los años la famosa batalla de El Álamo con un patriotismo capaz incluso de desdibujar la historia, que indica que fue una victoria mexicana, no norteamericana.
Es que, en la historia de los pueblos, a veces hay derrotas militares que se sienten como victorias morales o espirituales. Tal es el caso de la Vuelta de Obligado.
El conflicto
En 1845 Inglaterra y Francia, las dos potencias mundiales del momento, enviaron una flota compuesta por veinte navíos de guerra, equipados con los últimos avances técnicos, y aproximadamente setenta buques mercantes. El objetivo era derrotar militarmente a la joven Confederación Argentina, liderada por el gobernador de la provincia de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas, y llegar, remontando el río Paraná, hasta el Paraguay.
¿Qué hacían los buques mercantes? Muy sencillo, intentaban demostrar, aunque fuera a cañonazos, las “bondades” del libre comercio.
Las potencias interventoras consideraban un agravio que la Confederación Argentina negara la libre navegación de sus ríos interiores, reservándose, en cambio, legislar al respecto y, eventualmente, establecer restricciones.
De hecho, la Argentina se reservaba para sí, como estado soberano que era, legislar sobre la navegabilidad o no de sus ríos interiores por buques extranjeros, tal y como sucedía por entonces con los ríos interiores ingleses (por ejemplo, no existía libre navegación por el río Támesis, no ya de buques de bandera extranjera sino incluso que fuera tripulado por ciudadanos que no fueran británicos) como franceses (tampoco los ríos Sena o Loira admitían buques de otra bandera distintas de la tricolor).
La batalla
El 20 de noviembre de 1845 la armada invasora llegó, navegando Paraná arriba, hasta el sitio conocido como Vuelta de Obligado (entre San Pedro y Ramallo), lugar en el que el río se angosta hasta los 700 metros de ancho, lo que obligaba a los barcos a pasar cerca de la barranca del lado bonaerense. El general Lucio Mansilla juzgó que allí debía montar los cañones con los que intentar detener al enemigo. Además, dispuso que sobre 24 barcazas se colocaran unas cadenas y banderas argentinas a modo de símbolo de nuestra soberanía.
Se luchó toda la jornada. Unos 250 argentinos dejaron su vida por defender lo nuestro. Pero la armada extranjera, aunque sufrió bajas y daños, logró seguir adelante.
A pesar de la derrota militar, la bravura argentina fue saludada en todo el continente americano y reconocida mundialmente, especialmente en Europa. Fue uno de los motivos, entre otros, por los que San Martín legó su sable de la Independencia a Juan Manuel de Rosas.
Los desafíos actuales
Hasta aquí el recuerdo del acontecimiento histórico que los argentinos del Bicentenario hemos decidido enaltecer con rango de feriado nacional, ocasión que para las nuevas generaciones representa un desafío que va más allá de una recordación de circunstancias y que está dado por proyectar su significado profundo a una actualidad compleja. En otras palabras, cada 20 de noviembre debería ser menester preguntarnos: ¿Cómo debemos hoy defender nuestra soberanía nacional?
Para responder un interrogante de esta naturaleza quizá sea oportuno meditar sobre los modernos métodos de ataque o de vaciamiento del concepto de soberanía. Si bien la guerra militarizada no ha dejado, ciertamente, de representar una opción a la que pueden verse tentados de echar mano algunos países, no es menos cierto que en la actualidad resulta mucho más beneficioso neutralizar la capacidad de decisión de nuestros países sin necesidad de remontar nuestros ríos con barcos de guerra en actitud belicosa.
En la actualidad no son, ciertamente, armadas imperiales las que destrozan la vida de nuestros jóvenes. Pero el consumo de drogas está diezmando a toda una generación que no logra encontrarle sentido a la vida. Defender nuestra soberanía pasa hoy por una política seria de lucha contra ese flagelo, que involucre decididamente a toda la comunidad.
También hay una soberanía legislativa que venimos rifando alegremente en los últimos años, permitiendo sumisamente que organismos internacionales que actúan como siniestras burocracias al servicio de intereses que no son los nuestros controlen y eventualmente amonesten a nuestros gobiernos cuando algunas leyes no se adecuan a sus preconceptos ideológicos o intereses geopolíticos.
Un ejemplo de ello fue la aprobación, en 2006, por el Congreso nacional, del Protocolo Facultativo de la Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer, instrumento del derecho internacional que más allá de su nombre, que supone buenas intenciones, termina actuando en connivencia con un lobby internacional a favor de la legalización del aborto que fuerza la legislación de países en los que dicha práctica es considerada un delito.
En suma, que el ejemplo de los gauchos que se batieron junto a Lucio Mansilla en Obligado nos permita vislumbrar los actuales desafíos a nuestra soberanía nacional.
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