Rosario, martes 21 de abril de 2026
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Rosario, martes 21 de abril de 2026

Sophia: un nuevo capítulo de la pedagogía de la crueldad

“¿Dónde se detuvo el lente naturalizador de las violencias que se ejercen sobre el cuerpo de las mujeres, tan preocupado en estos tiempos por la sanción de las “falsas denuncias” que por garantizar la justicia de quienes sufren violencia?”.
sophia civarelli

Virginia Giacosa / Especial para El Ciudadano

Sophia Civarelli tenía 22 años, cursaba cuarto año de la carrera de Psicología y le faltaban unas pocas materias para recibirse. En su recorrido preprofesional había hecho algunas prácticas en el dispositivo de salud mental del hospital municipal Roque Sáenz Peña donde trabaja su tía.

El lunes pasado Sophia había cumplido años. Lo festejó con entusiasmo rodeada de amigas, primas, tías y su abuela Yaya, la primera en recibirla en su casa cuando decidió venirse de Villa Amelia –una pequeña localidad ubicada a pocos kilómetros de Rosario– para estudiar en la universidad. El viernes a la madrugada fue hallada en su cama, sin vida y con un corte en el cuello. Su novio, Valentín Alcida (de 22 años), luego de matarla se suicidó, algo que ya es una mecánica habitual en los femicidas.

Aunque la fiscal Carla Ranciari, de la Unidad de Violencias Altamente Lesivas, dijo desde un principio que el hecho se investigaba como muerte dudosa los medios de comunicación no dudaron. Sorprendió que muchas de las coberturas mediáticas enunciaran “Doble suicidio”.

¿Cuántos detalles de una vida quedan fuera de un titular? ¿Qué alcance tiene el daño cuando en las primeras horas de un femicidio la palabra que más resuena es suicidio?

Aunque faltaban los resultados de las pericias sobre los teléfonos celulares de Sophia y Agustín. Aunque no estaban aún reunidos los testimonios de amigas y familiares. Aunque restaba el levantamiento de pruebas en la escena del crimen, la versión se instaló y fue la que escucharon sus familiares partidos de dolor camino a Rosario para reencontrarse y a la vez despedirse de Sophia.

¿En qué se basaba esa aseveración? ¿Cuál era la fuente informativa en la que se sustentaba?

Paradójicamente, el único elemento para sostener esa hipótesis era la voz del femicida. Aún muerto, Agustín Alcida, hablaba a través de una carta y, para algunos, esa voz era válida.

Es que antes de lanzarse desde el balcón de la casa de una amiga a la que le contó su falsa versión de lo ocurrido, Agustín dejó en su casa una carta escrita a mano. En la nota de despedida decía que su novia se había suicidado y como él no pudo salvarla había tomado la drástica decisión de quitarse la vida.

¿Acaso la ficticia idea de un pacto de amor que busca ocultar un crimen violento puede ser la versión más tranquilizadora? ¿Qué deja al descubierto lo que se invisibiliza? ¿Qué señala aquello que no se nombra?

Con el correr de las horas las amigas de Sophia tomaron la palabra. Le pusieron voz a su proyecto de vida, al deseo de irse a vivir sola (algo que aún no lograba concretar por falta de estabilidad laboral) y de tener autonomía. También contaron que se sentía ahogada, que Agustín la celaba mucho, que se volvía posesivo y controlador.

El viernes a la tarde la fiscal ubicó definitivamente al femicidio como principal hipótesis de investigación, ordenó realizar la autopsia del cuerpo de Sophia bajo ese protocolo y el lunes ratificó que la escena del crimen fue adulterada por Alcida.

Para la familia de Sophia es muy importante recalcar que se trató de un femicidio y por eso convocan a una marcha para pedir justicia este viernes a las 17.00 en la plaza 25 de Mayo.

En lo que va de 2026 ya se registraron 43 femicidios. Los datos confirman un mismo patrón: en el 62% los agresores eran parejas o ex parejas de las víctimas y en el 60% de los crímenes ocurrieron dentro del hogar. Es decir, que el lugar que debería ser espacio seguro, para muchas mujeres se convierte en trampa mortal.

¿Dieron los medios de comunicación este contexto? ¿Dónde se detuvo el lente naturalizador de las violencias que se ejercen sobre el cuerpo de las mujeres, tan preocupado en estos tiempos por la sanción de las “falsas denuncias” que por garantizar la justicia de quienes sufren violencia?

Lo que Rita Segato llama “pedagogía de la crueldad” es el acto en que somos enseñados (muchas veces desde los medios de comunicación) a sostener una mirada insensible y despojadora del mundo y de los cuerpos.

Que la repetición en loop de la violencia no produzca el efecto normalizador. Que la naturalización no nos tape el paisaje de la crueldad. Que repongamos el lazo social frente al dolor de los demás.