Rosario, lunes 26 de octubre de 2026
Search
Rosario, lunes 26 de octubre de 2026

Suspicacias, en una noche larga y muy disparatada

Pablo Razuk, al frente de un atractivo elenco, logra con “Sospechosos” poner en escena una comedia eficaz, pensada para el gran público, en el marco del ciclo Un Verano Fresquito 2015.

Una comedia de enredos sin más pretensión que la risa, partiendo de una hilaridad que no les es ajena ni al texto ni a los personajes, pero mucho menos a los actores que la llevan adelante, es lo que ofrece Sospechosos, texto debut de Marcela Marcolini estrenado a comienzos de la década pasada, que de la mano del rosarino radicado en Buenos Aires Pablo Razuk desembarcó con particular éxito en la temporada estival local que, bajo el nombre Un Verano Fresquito 2015, se lleva adelante en el teatro municipal La Comedia (Mitre y Ricardone).

Sospechosos es, en esencia, un vodevil típico de estilo americano (aunque remita a un término francés), formato vulgarmente conocido como “comedia de puertas” que aquí cumple con ciertas condiciones del género: hay una historia singular llevada intencionalmente hacia el disparate, hay personajes de cierto exotismo, y hay, más allá de las consabidas confusiones que obligan a los constantes “escapes”, un desenlace sorprendente.

La historia transcurre en una especie de mansión exótica, sin tiempo ni lugar, en la que un grupo de personajes serán los potenciales responsables del asesinato del Dr. Villaverde que, dado el tratamiento del tema, no llega a oscurecer lo colorido y delirante de la propuesta.

Con el fin de aclarar las cosas (la muerto en cuestión), aparece en acción un inspector, Rogelio Pistacci (Roberto Moyano), un personaje que transita entre el “raciocinio” de Clouseau, la grandilocuencia disparatada del Súper Agente 86 y la ternura y el desacierto constante de Mister Bean. En este contexto, la dueña de casa y mujer del occiso, Lucrecia Perla Villarroyo de Villaverde (Gachy Roldán), una especie de diva excéntrica (o descentrada) del cine de los 40-50, será tan “sospechosa” como su afectado mayordomo Homero (Federico Giusti) o el jardinero de la casa, Gómez (Ariel Fumis), casi una “mascota”. A ellos se suma María Teresa (Melisa Patriarca), la secretaria personal del Dr. Villaverde con ínfulas de Jessica Rabbit, y también potencial asesina. Con la intención de reconstruir los hechos, Pistacci, algo aterrado e inexperto pero sin más remedio, decide quedarse a pasar la noche en la mansión, heredera de aquellos viejos films clase B del cine nacional, para reconstruir los hechos, sin siquiera imaginar lo que le espera.

De este modo, un género que en ciernes fue y es considerado “menor” por cierta intelectualidad encorsetada, adquiere aquí la particularidad de coquetear con la comedia blanca o brillante y aportar un sinnúmero de momentos de gran efecto que no reniegan, incluso, de los recursos del cómic y la televisión: la risa no es un territorio sencillo de abordar a nivel popular si no se apela a los lugares comunes y a la chabacanería. Y allí radica el mayor logro de este montaje que hace honor al vodevil, palabra que tiene su origen en “vaudeville”, para algunos especialistas, entendida como una deformación del concepto “voz del pueblo”. De hecho, este es un espectáculo pensando para el verano y para toda la familia: nada está fuera de lugar, ninguna acción lleva a la doble intención o al mensaje encubierto o extemporáneo. Y de este modo, el desafío es aún mayor: si la talentosa y muy querida por el público Gachy Roldán logra correrse con su personaje de cualquier vestigio de criaturas anteriores y de su conocida avidez por el monólogo a público, abordando momentos irresistibles con su “extraviada” Lucrecia Perla, Roberto Moyano no sólo hace lo propio con el inspector sino que se convierte en el personaje nexo de toda la acción dramática, dado que pasa la mayor parte del tiempo en escena. Y más allá de la corrección en el desempeño de todo el equipo, es destacable el trabajo de Federico Giusti como Homero, sin lugar a dudas un actor con VIS cómica que logra ese complejo equilibrio entre sus parlamentos y un humor físico que se revela como uno de los mayores hallazgos de todo el montaje.

De todos modos, quien logró congeniar estilos y registros de actuación disímiles con un fin común fue el director Pablo Razuk, que supo contener y “aquietar” ciertos vicios de escenario, muy ligados a la complicidad con la platea que es propia de otros géneros, para llevar adelante una comedia que, con el correr de las funciones, encontrará seguramente su timing más beneficioso para explotar aún más desarrollos y remates. A la altura de las circunstancias, la escenografía de Osvaldo González Rubio, muy beneficiada por la puesta de luces, y un lujoso vestuario, son el complemento ideal de este trabajo que surge a partir de DOC Producciones, de Cristian Razuk, en una jugada que busca poner en valor el teatro rosarino para el gran público con una propuesta que, claramente, se distancia de la típica comedia oportunista de verano (sobran los ejemplos en los destinos estivales), ofreciendo un momento grato para disfrutar, con amigos o en familia, del talento de los artistas rosarinos.