País

Taty Almeida, un emblema de la lucha por los Derechos Humanos y la memoria colectiva

Su tranquila vida cambió para siempre la noche del 17 de junio de 1975, cuando secuestraron a su hijo Alejandro

Lidia Estela Mercedes Miy Uranga, conocida entrañablemente por toda la sociedad argentina como «Taty» Almeida, falleció dejando un vacío irremplazable en el movimiento de derechos humanos. Integrante fundamental de las Madres de Plaza de Mayo – Línea Fundadora, Taty transformó el dolor más profundo en una militancia colectiva y un faro de dignidad que atravesó generaciones.

Nacida el 28 de junio de 1930 en el barrio porteño de Belgrano, su destino original parecía estar muy lejos de las plazas y las pancartas de protesta. Creció en el seno de una familia de fuerte raigambre castrense: su padre fue oficial de Caballería, su hermano alcanzó el grado de coronel y sus hermanas contrajeron matrimonio con oficiales de la Aeronáutica. Ella misma se casó con Jorge Almeida, un civil rodeado por un entorno profundamente antiperonista y militar. De esa unión nacieron sus tres hijos: Jorge, Alejandro y María Fabiana.

Su vida cambió para siempre la noche del 17 de junio de 1975, durante el gobierno constitucional de Isabel Martínez de Perón. Su hijo Alejandro, de entonces 20 años, estudiante de primer año de Medicina y trabajador de la agencia de noticias Télam y del Instituto Geográfico Militar, salió de su casa con un «Esperame, ya vengo» que se transformó en un silencio perpetuo. Alejandro fue secuestrado y desaparecido por la organización paraestatal Triple A, convirtiéndose en una de las tempranas víctimas del terrorismo de Estado que antecedió al golpe de 1976.

En los primeros tramos de la búsqueda, Taty recurrió a los conocidos de su entorno militar. Golpeó las puertas de figuras que luego serían jerarcas de la dictadura, como Albano Harguindeguy o Leopoldo Galtieri, quienes le aseguraban que la responsabilidad era enteramente de los sectores peronistas. Sin embargo, el estrepitoso choque con la realidad y la falta de respuestas la obligaron a un «aterrizaje violento».

El quiebre definitivo se produjo al revisar las pertenencias de Alejandro. En el fondo de una agenda, descubrió veinticuatro poemas manuscritos que revelaban la sensibilidad poética de su hijo, sus profundos ideales y su militancia oculta en el Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP). Aquellos versos, que más tarde publicarías en el libro Alejandro, por siempre… amor (2008), operaron como una revelación. «Yo siempre digo que estoy feliz de haber parido a mis tres hijos, pero que Alejandro me parió a mí; parió a esta Taty que salió de la nebulosa», solía repetir para explicar su metamorfosis.

En 1979, venciendo prejuicios de clase y mandatos familiares, Taty Almeida se acercó por primera vez a las Madres de Plaza de Mayo. Allí se encontró con otras mujeres que buscaban a hijos desaparecidos en 1975 y comprendió que el reclamo debía dejar de ser individual para volverse histórico. Con el pañuelo blanco anudado al cuello, se convirtió en una de las voces más lúcidas, elocuentes y respetadas de la Línea Fundadora.

A lo largo de más de cuatro décadas de caminatas y rondas de los jueves, Taty defendió de manera inclaudicable los principios de Memoria, Verdad y Justicia. Siempre desde la legalidad, rechazando cualquier atisbo de revancha o justicia por mano propia, su tenacidad fue clave para impulsar los juicios que llevaron a la cárcel a numerosos genocidas. En 2011, la Legislatura de la Ciudad de Buenos Aires la declaró Personalidad Destacada de los Derechos Humanos.

Madre visceral, maestra de profesión y abuela orgullosa de seis nietos, Taty Almeida dedicó sus últimos años a estrechar lazos con las nuevas juventudes militantes, en quienes veía la garantía del relevo generacional. Su partida física apaga una de las sonrisas más cálidas de la Plaza, pero enciende de manera definitiva su legado en la memoria colectiva del país.

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