Ciudad

Teoría y práctica de las putas que no piden permiso para hablar

En “Vida de putas. Calle, sexo y mentiritas”, Georgina Orellano recupera experiencias, conflictos y aprendizajes de las trabajadoras sexuales organizadas. El libro se presenta este jueves, a partir de las 19, en el Centro Cultural Parque de España, en el marco de la cuarta edición del Festival Nación Trava

Por Martín Paoltroni/ Especial para El Ciudadano

“Vida de putas. Calle, sexo y mentiritas” es algo más que un libro de crónicas sobre la vida y las luchas de las trabajadoras sexuales. Es también un manual de ciencia política sobre la praxis que desarrollaron las putas en el territorio, es decir, en la calle y en los inquilinatos donde vive la mayoría de sus protagonistas. Además, es una declaración de principios sobre la exclusión sistemática a la que son sometidas, no sólo a través de los discursos de odio que pregona la ultraderecha, sino también mediante la higienización del pensamiento blanco y progresista. “Acá estamos, con voz propia, gritándoles en la cara, porque a los buenos modales del minimalismo blanco se los lleva la normalidad: quería nuestras voces, acá las tienen”, dicen a través del Manifiesto Rotx.

Georgina Orellano, secretaria general de la Asociación de Mujeres Meretrices de la Argentina (AMMAR), toma la posta y se pone al hombro la ardua tarea de recuperar las experiencias colectivas ocurridas al calor de la Casa Roja, un espacio físico que lograron abrir en el barrio porteño de Constitución y que hace las veces de oficina, sala de reuniones, lugar de paso para las compañeras que necesitan un lugar donde estar y asamblea abierta para la toma de decisiones. De este modo, y a través de un relato colectivo, el texto revela las tensiones con el barrio que, aunque sabe de ellas desde siempre, presenta una resistencia cada vez más violenta a la posibilidad de convivir bajo el mismo cielo.

Carlos, uno de los vecinos que encabeza la cruzada contra las trabajadoras sexuales, representa el arquetipo del medio pelo argentino: racista, transfóbico y obsesionado con ejecutar una limpieza que los libre de la presencia de las indeseables para su estándar moral. Con astucia política, Orellano se pregunta por qué este señor se erige como portavoz de una comunidad que nunca lo votó. En ese ida y vuelta, también explora la relación con los medios de comunicación y la necesidad de acudir a las denominadas “fuentes incómodas”, esas que proveen un relato tal vez menos sensacionalista que el de Carlos, pero que se ajustan a la verdad de las historias que concitan la atención de la prensa.

En otro de los capítulos, Georgina revela las impericias del Poder Judicial y explica cómo, a pesar de la buena voluntad de algunas de sus funcionarias, la falta de conocimiento real sobre el modo de vida de las travestis migrantes las lleva a formular hipótesis equivocadas: una puta no viaja dos veces a su país de origen para reportarse a sus jefes narcos, sino para visitar a su familia con motivo de su cumpleaños y de Navidad. Lo mismo sucede con el sistema de salud: en pleno brote de tuberculosis, las travestis alojadas en el pabellón de un hospital no quieren leer un libro, tal como proponen las médicas y enfermeras comprometidas con su cuidado, sino que quieren ropa, maquillaje ¡y un cura! para que confiese sus pecados e interceda por ellas para que, al salir, tengan más trabajo.

Una de las lecciones más importantes que contiene el libro es que confiar en la policía nunca es una opción viable: un agente, con aparente buena onda, puede convertirse en un aliado circunstancial frente a un conflicto, pero al final del día ellas saben que llegará la traición porque así lo demanda el mismo sistema que las ubica como las enemigas a combatir. No obstante, las putas dan una lección de humanidad al recibir a ese mismo policía en la Casa Roja para que se beneficie con un programa destinado a la realización de estudios oftalmológicos pensado para sus compañeras.

Otro de los pasajes contiene un interesante alegato sobre la experiencia del feminismo en el Estado a partir de la creación del Ministerio de las Mujeres durante el gobierno de Alberto Fernández. Orellano y sus compañeras reconstruyen algunas controversias, como la fallida experiencia de abrir un registro para que se anotaran las trabajadoras sexuales, una iniciativa que duró apenas algunas horas y fue eliminada por la presión ejercida por las abolicionistas. La posibilidad concreta de contar con información para la elaboración de políticas públicas fue coartada a instancias de un sector que se niega a debatir el trabajo sexual como posibilidad real y a las putas como aliadas necesarias para combatir la trata de personas y la explotación sexual en Argentina.

El libro de Georgina Orellano también deja preguntas clave para la militancia social y política: ¿qué es ser realmente antipunitivista? ¿Basta con nombrarse de esa manera para que se haga realidad o es necesario sentarse a pensar estrategias que nos permitan evitar los caminos ya conocidos que nos propone la justicia blanca, cis y heteropatriarcal? En esa misma tónica, también propone dar un discusión honesta sobre el consumo de drogas: ¿qué diferencia hay entre el transa del barrio y el dealer que provee sustancias para la fiestita electrónica de Palermo? Y, en este entramado, ¿qué lugar ocupan las compañeras que, despojadas de casi todos sus derechos, acuden a esas formas de la economía para sobrevivir?

Quizás ahí radique la mayor potencia de “Vida de putas. Calle, sexo y mentiritas”: en obligarnos a mirar desde otro lugar aquello que creíamos conocer. Orellano no escribe para pedir permiso ni para acomodar las experiencias de sus compañeras a las categorías que otros construyeron sobre ellas. Escribe desde la calle, las asambleas y las discusiones cotidianas para demostrar que también allí se produce pensamiento político, se construyen estrategias y se ensayan formas de comunidad. Las putas no aparecen como objeto de estudio ni como víctimas a las que hay que rescatar, sino como sujetas políticas capaces de disputar sentidos, cuestionar ciertos consensos y señalar las contradicciones de quienes dicen hablar en su nombre. Al final del recorrido queda una certeza incómoda: tal vez el problema nunca haya sido que ellas no tuvieran nada para decir, sino que durante demasiado tiempo hubo demasiada gente empeñada en no escucharlas.

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