El Hincha

“Tranquilo, tranquilo, tranquilo”: la frase de Miguel Russo en el recuerdo más lindo

Un llamado “especial” que pinta de cuerpo entero el tipo que estaba detrás y por encima de cualquier triunfo

Duele, la pucha que duele. Aunque sea un final que se esperaba, duele como la noticia más cruel e inesperada. Y dan ganas de fundirse en un abrazo canalla y dejar la camiseta bien regada de lágrimas. Dan ganas de ir a decirle gracias, donde sea que esté.

Ya todos sabemos quién fue, es y será Miguel Russo para la hermosa locura de ser hincha de Central. No me voy a extender en eso. Eso está por todos lados.

Quiero hablar de su proeza más grande, al menos para mí. La escuché de la boca de mi primo “Yayo”, que se fue de este mundo unos pocos días antes que él, víctima de la misma enfermedad.

“Te va a llamar alguien en los próximo minutos, atendé”, le dijo uno de los hijos de Yayo mientras se tomaba un café en el bar de enfrente de su casa.

“Hola Horacio, te habla Miguel”, escuchó Yayo. “Sí Miguel, me dijo mi hijo que me iba a llamar un amigo suyo”, respondió Yayo. La conversación siguió, le habló de la enfermedad que tenía, de cómo la había enfrentado él, y le transmitió tres consejos y una sola palabra: “Tranquilo, tranquilo, tranquilo”.

Cuando en el medio de esa conversación Yayo cayó en la cuenta de quién le estaba hablando, las lágrimas empezaron a brotar, y la emoción y el agradecimiento lo desbordaron. No podía ni hablar.

Lo adoraba. Lo consideraba un ejemplo. Y era un tipo que tenía a Central metido en las venas, como sangre principalísima.

No fue difícil lograr que llamara. Una conexión con un periodista amigo fue todo lo que necesitó el que lo pensó. “Contá con eso”, dijo enseguida Miguel.

Fue un momento mágico, de los mejores, de los que no salen en los diarios. De los que sólo se cuentan en las mesas de café.

Y si tengo que elegir entre la imagen de Miguel revoleando el saco, la sonrisa de cada triunfo, la mesura del “son momentos”, o la calidez de “esto es Central”, yo me quedo con la sonrisa gardeliana de mi primo, que inflaba el pecho para nombrarlo y se emocionaba cada vez que contaba la llamada de Miguel. Y detrás de esa sonrisa veo al mejor Russo que haya visto jamás.

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