El músico falleció en la madrugada de este sábado de forma repentina tras una descompensación. Fue parte de la popular banda desde sus inicios, sobre finales de la década del 80, hasta su separación en 2009
Daniel Oscar Buira, el baterista de la banda Los Piojos, murió esta madrugada, a los 55 años, cuando se encontraba en una escuela de percusión del partido bonaerense de Morón luego de descompensarse.
Fuentes policiales informaron a medios porteños que el músico se encontraba en la Escuela de Percusión La Chilinga cuando, desde el lugar, realizaron un llamado al 911, por lo que efectivos arribaron al espacio donde uno de los presentes sostuvo que el baterista estaba en un patio interno y había solicitado ayuda porque “no podía respirar”.
En tanto, el mismo testigo indicó que al salir a asistirlo, se descompensó, perdió el conocimiento y dejó de respirar. Por su parte, el personal del SAME constató el fallecimiento en la escuela.
Los efectivos dialogaron con familiares que indicaron que el músico tenía asma. No obstante, el Ministerio Público Fiscal dispuso medidas de rigor, ante la ausencia de cámaras de seguridad en el interior de la escuela, aunque sí quedó registrado lo acontecido en el área externa. El caso está en manos de la UFI 8.
Buira fue parte de Los Piojos desde sus inicios a fines de la década del 80 y se consolidó como uno de los pilares rítmicos del grupo, donde acompañó el crecimiento de la banda hasta su separación en 2009.
A lo largo de su carrera, el músico participó en la grabación de discos emblemáticos del rock nacional como Chactuchac (1992), Ay ay ay (1994), Tercer arco (1996), Azul (1998) y Verde paisaje del infierno (2000), trabajos que marcaron a una generación y posicionaron a la banda como una de las más convocantes de la escena local durante los años 90 y principios de los 2000.
En ese marco, integró la etapa de mayor masividad del grupo, con presentaciones en estadios y festivales multitudinarios, entre ellos los recordados shows en el estadio de River Plate y giras por todo el país. Su estilo combinaba la base del rock con elementos de la percusión latinoamericana, y en ese recorrido se convirtió en un referente dentro de su instrumento en la escena local.
Tras la disolución del grupo, Buira continuó ligado a la música a través de distintos proyectos y colaboraciones. Y además de profundizar su faceta como percusionista, exploró ritmos y formatos más ligados a lo colectivo y lo experimental.
Además, desarrolló una intensa actividad como docente, vinculado a espacios de formación musical y talleres, con un fuerte compromiso en la transmisión de conocimientos a nuevas generaciones de músicos.
En ese sentido, mantenía un vínculo activo con la Escuela de Percusión La Chilinga, un espacio reconocido por su trabajo con ritmos afro y latinoamericanos, donde impulsaba el aprendizaje desde lo comunitario.
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