Navegar es preciso
Por estos días se escuchó de boca del ministro de Trabajo del gobierno nacional, en línea con la andanada de idioteces –en su sentido más lato, es decir, dichas por verdaderos idiotas–, que pululan por redes y medios y surgidas de funcionarios, legisladores y trolls (muy peligrosos, por cierto) pertenecientes a LLA, que en estos tiempos los trabajadores prefieren ser los propios dueños de sus vidas y disponer con total arbitrio sobre sus ocupaciones; tener la libertad de decidir cuándo y cuánto trabajar supone “la gran libertad” de movimientos que hoy pregona la gestión mileísta, que adhiere y sostiene las prerrogativas del pensamiento neoliberal.
Vamos! que todo esto de pertenecer a un sector, a una empresa, tener una obra social, aguinaldo, vacaciones y un salario seguro a fin de mes está considerado como un anacronismo del vetusto populismo o, a esta altura de los tiempos, del desconsiderado y “terrorista” Estado de bienestar social.
Tamaña imbecilidad, dicha con la crueldad que caracteriza a quienes son las caras visibles de esta gestión, soslaya las enormes dificultades de ser un trabajador ¿independiente, libre, autogestivo? –cómo llamarlo cuando, en la actualidad, todas esas suelen ser categorías de la precariedad–, en sociedades signadas por la aplicación de políticas que fagocitan seres humanos, no ya solamente trabajadores, porque cualquiera es reemplazable y porque ahora las corporaciones tecnológicas obligan a una nueva distribución del trabajo donde, más que nunca, la IA podrá hacer la tarea de muchos.
Pero una vez echado al ruedo el trabajo independiente y autogestivo, porque no quedaba otra, aparece una serie de problemas cuando es encarado en conjunto, es decir, con parte de los que trabajaban para un mismo patrón y ahora son sus propios patrones.
Los interrogantes
Hubo un tiempo anterior al desguace actual del mileísmo y fue el del macrismo, un laboratorio para probar fórmulas destinadas a cerrar empresas y sobre todo medios periodísticos, en sintonía con el objetivo de silenciar voces críticas y concentrar el dominio de la información para así manipular con total discreción a la opinión pública.
En ese proceso sucumbieron una buena cantidad de medios gráficos, radiales, audiovisuales. Los que lograron seguir navegando en ese turbulento mar de medidas hostiles a partir de decisiones difíciles de tomar, como las que encierran las figuras de “cooperativas”, “empresas recuperadas”, “empresas autogestivas” y todas las especies posibles que devienen en que el trabajador de la comunicación no solo sigue siendo el que piensa y produce la información, sino el que decide editorialmente qué tipo de información quiere producir, se las vieron en problemas.
Sin ninguna red financiera a la vista ni indicios de que el otrora medio que dirigía un empresario o grupo económico podría autosustentarse, se inicia un sendero pedregoso plagado de incertidumbres, entre los cuales se encuentra uno fundamental: ¿Habrá una comunidad de lectores-seguidores fieles del medio que permita la subsistencia primero y luego algún tipo de crecimiento?
El tiempo propio
Ese es un interrogante que va de la mano de otro gran inconveniente, el de los trabajadores que participan de la nueva etapa por ineptitud, falta de oportunidades personales, mercado del rubro concentrado al máximo y achicado, o la razón que fuera, y no asumen el desafío de forma consciente, es decir, decididamente, y se sitúan en una catatonia que no solo arrasa con cualquier atisbo de espíritu colaborativo, sino que deviene en que llanamente se espera que les señalen qué hacer, qué tarea desempeñar y, sobre todo, que no entienden que para que esa embarcación con náufragos enderece su rumbo y se encamine a buen puerto (con perdón de la metáfora marina, pero sobre todo en el periodismo, navegar es preciso) todos son remeros indispensables.
Entonces, qué es lo que cambió en ese trabajador para que ahora no se atreva a pensar en un destino diferente si las condiciones lo permiten; y si no lo permiten, al menos intentar bregar de todas las formas posibles por una alternativa donde, si desea construir algo en la práctica laboral-productiva, debe comprenderse que todos son piezas clave para lograrlo.
Porque están los que trabajan sin una conciencia de su rol y están los que no quieren tener ninguna conciencia de ese rol; y si buena parte de los que encaran un proceso productivo autogestionado conforman estas dos variables, entonces se cae en cierta estupidez funcional a quienes intentan que no haya diversidad de voces y miradas y se entra en un callejón sin salida que provoca, además, antagonismos irreversibles hacia adentro de la unidad productiva.
Ese trance entre obedecer un lineamiento productivo bajo estrictos señalamientos de la tarea a desarrollar, choca de frente con tener que pensar qué se puede hacer para lograr una mayor libertad de movimiento y al mismo tiempo conseguirse el pan de cada día, apropiándose de un tiempo laboral que ya no es ajeno, sino de uno mismo.
La adaptabilidad
Se trataría entonces de volver a apoderarse de un tiempo de producción que probablemente estuviese obturado por ciertos límites –al tratarse de una empresa que impone las condiciones de la producción– y dejar atrás la pereza y pasividad en busca de una auténtica vitalidad, un poco para sentirse parte de una resistencia y otro poco para sentir, como decía (Theodor) Adorno, “que no hay vida justa en la vida falsa”, como podría percibir cualquier trabajador cuando las arbitrariedades de la relación de dependencia son insoportables, asumiendo una conducta que no lo representa cabalmente.
Así las cosas, el proceso autogestivo debe contar con la ilusión de que podría funcionar, de que los trabajadores (de prensa en el caso que se ejemplifica) pueden construir su propio horizonte, pero para esto es indispensable que se mantenga en pie la autoconciencia de su realidad, la de que solo cuenta la energía propia y la de los compañeros para enfrentar las adversidades.
Que hace falta un timonel (o dos o tres, en continuidad con la metáfora naviera) al que debe consultársele sobre si la dirección tomada funciona tal cual se consensuó en la asamblea donde todos pudieron opinar.
Pero, a no confundirse, ese timonel no es un jefe al que se debe odiar más que a nada en el mundo, sino otro compañero que optó por ese puesto, más allá de la chapa asumida hacia afuera para representar el medio.
El hilo conductor
Finalmente, un aspecto aquí puesto a la cola pero de ningún modo menor a los mencionados, y hasta constitutivo de las redes que conectan la convergencia entra la escritura (la página web), la producción audiovisual (streamings, notas externas para redes, reels) y la presencia activa en el mapa de medios local y más allá: la adaptabilidad necesaria a lo que piden los nuevos formatos para que producción implique una transformación y una experiencia compartida independientemente de las condiciones objetivas. Y lo que cuenta para no encallar son las capacidades individuales que muchas veces, sin saberlo, tiene cada uno. Ahí está entonces el verdadero hilo conductor.
