Por Octavio Crivaro
Se nos perdonará la licencia poética, pero vamos a comenzar parafraseando a un ex gobernador de Santa Fe: “Lo grave no es perder. El problema es la cara de boludo que te queda”. Nosotros y nosotras en Argentina, efectivamente, tenemos la larga cara de la derrota. Una selección que nos acostumbró a jugar finales y ganarlas jugando bien, en un país hiperfubtolero, se topó con una España que ganó merecidamente. Hasta ahí, nada muy loco: fútbol. El problema, como dijo el difunto gobernador, fue las discusiones que quedaron.
Con la derrota de la selección argentina de fútbol y más precisamente con la exhibición de una bandera casera con la leyenda “Las Malvinas son argentinas” luego del triunfo sobre Inglaterra en semifinales, se afianzó una campaña para colocar en el cuello de la selección argentina todo un rosario de acusaciones y, de paso, arrojárselo a todo un país. Desde que los jugadores juegan fuerte (esa acusación quizás sea cierta), hasta que Argentina (¡de conjunto; toda la población!) es un país racista, que somos sucios, patoteros, tramposos, basura. No exagero: se dijo todo esto. Cuesta recordar una ocasión similar en la que, alrededor de un evento deportivo, se haya estigmatizado a tal punto a todo un país. Y, para peor, muchos de los que lideraron esta campaña subrayaban con marcador rojo que el Mundial es un evento deportivo, que no hay que politizarlo. Je.
Una campaña hipócrita
Todos deberían saber algo: los que habitamos países oprimidos / semicoloniales / dependientes (tache la que no corresponda) estamos habituados a leer comentarios o sellos denigrantes lanzados desde los cómodos rincones de los países que acogotan nuestras regiones. Desde el Siglo 19 y, particularmente, desde que se lanzaron las aventuras independentistas y de ruptura con las metrópolis, nuestras poblaciones han sido tildadas de bárbaras, animales, incultas y un gran etcétera. Estos estigmas -y el recelo con el que los recibimos- los tenemos siempre presentes porque siempre hay “nativos” que se hacen portadores locales de semejantes tilinguerías.
Pero en este caso no parece ser solamente desprecio verticalista hacia los vasallos. Esta vez parece ser una operación de lavado de la ropa sucia propia. Por eso sorprende (bah, no tanto) que dentro del coro desacreditador se hayan hecho notar (en el peor de los sentidos) voces que desde el progresismo o, incluso, desde posiciones con pretensión socialista, se sumaran a esa polarización maniquea, como si se tratara de un partido entre los buenos (España y antes Inglaterra) y la escoria; los bárbaros. Sobre esto, recomiendo este posteo de Myriam Bregman y esta nota de Luca Bonfante debatiendo con el director de la revista Jacobin, quien como buen amigo del amo, denostó la reivindicación de las Malvinas. Partiendo de esas reflexiones, quiero seguirla
¿Civilización o barbarie?
La pelota no se mancha y cada cuál puede hinchar por quién quiere. Es imposible no disfrutar de las asistencias de Olise o esperar el gol de Haaland. Aunque en una situación mundial tan polarizada, atravesada por guerras, genocidios, levantamientos de…
— Myriam Bregman (@myriambregman) July 20, 2026
Η υπέροχη ομαδικότητα επικράτησε του εκθαμβωτικού ατομικισμού, εξασφαλίζοντας το Παγκόσμιο Κύπελλο για την Ισπανία. Μαζί της νίκησε και ο λειτουργικός, υγιής πολυπολιτισμός. Το ποδόσφαιρο κατάφερε, αν και οριακά, να επιβιώσει την άγρια εμπορευματοποίηση και τα επιχειρηματικά…
— Yanis Varoufakis (@yanisvaroufakis) July 19, 2026
“La maravillosa cohesión del equipo prevaleció sobre el deslumbrante individualismo, asegurando la Copa del Mundo para España. Junto con ella, triunfó también el multiculturalismo funcional y saludable. El fútbol logró, aunque por poco, sobrevivir a la feroz comercialización y los trucos empresariales que casi matan su espíritu”, escribió Yanis Varoufakis, ex ministro de Economía de Grecia. Varoufakis no había terminado de celebrar la derrota de la comercialización, y aún seguían las esquirlas de un “show de medio término” absolutamente colonizado por el Super Bowl, con 800 artistas mainstream ejecutados en una máquina de hacer chorizos espectaculares en 17 estrictos minutos. Los coloridos carteles de Coldplay se mezclan con el rojo de la Coca Cola, las letras del Bank of América o vaya a saber uno qué monstruo que combina fábricas de lápices con drones militares. No, Yanis; este fue el mundial donde más obscenamente penetró la lógica del negocio sobre el deporte. Qatar parece un Mundial amateur al lado de este. Y ahí están los cooling brakes para desmentir al optimista griego.
Multiculturalistas, sí claro
Aún no terminaba de disiparse el elogio de Varoufakis al multiculturalismo español y ya había aparecido el Rey -un borbonazo de pura ley- a dejar en claro con su sonrisa tallada en oro peruano que el que manda en España es un elegido por Dios y que es el dueño de la copa, como de todo lo que hay en España.
Felipe Juan Pablo Alfonso de Todos los Santos de Borbón y Grecia levanta la copa con los jugadores atrás, como actores de reparto, con el mismo ahínco con que festeja el Día de la Hispanidad, esa jornada en la que que España comenzó a arrasar a fuego y hierro candente toda la multiculturalidad de cientos de pueblos americanos. Alrededor de 1200 lenguas se hablaban en estos rincones cuando los antecesores del monarca vinieron a iniciar un ciclo de saqueo que hoy continúa con otros contornos. El mismo Rey que desde la época del dictador Franco impone su centralismo castellano a nacionalidades oprimidas en el seno del territorio ibérico, como el pueblo vasco. El multiculturalismo borbón, celebrado por todos los jugadores de España es, cuanto menos, curioso. Más si hablamos del desprecio, la represión y la discriminación que sufre la población migrante o los descendientes de africanos en España, Francia o, ya que estamos, Grecia. A veces ciertos elogios buscan lavar la suciedad propia. Hablar de la relación entre Argentina y España ignorando más de 500 años de una relación de desigualdad y despojo, es despreciable. Hacerlo desde el progresismo o la izquierda, es algo cómico.
Ferrán Torres fue el atacante español que salió del banco para sellar la suerte argentina metiendo un gol ante la llegada tarde de Simeone y haciendo otro que finalmente fue anulado por posición fuera de juego. El motivo del triunfo de España no es lo que describe Varoufakis, sino ese gol, parido de todo un esquema de juego basado en un toque continuo y prolijo. Nada muy deslumbrante pero suficientemente efectivo como para despachar a Francia y a una Argentina que llegó cansada, sin encontrar buen juego y con olor a un fin de ciclo evidente.
Torres, el artillero de la España multiculturalista de Varoufakis, celebró en las calles de Madrid con una gorra roja que decía Make Spain Great Again. Sí: el lema de los racistas, xenófobos, misóginos y fascistas del mundo, acuñado para festejar el triunfo español. Varoufakis no debe haber visto eso ni debe haber visto los campos de concentración de inmigrantes en varios países de Europa al momento de elogiar el presunto multiculturalismo español. Hay personas que no buscan que su análisis interprete la realidad, sino que quieren que el camello de esa realidad pase por el ojal de la aguja de sus prejuicios. Así no vale.
Privilegiados asintomáticos
Hay algo importante que hay que tener en cuenta para entender todos los entuertos en torno al final del Mundial 2026: aquel que detenta un privilegio usualmente no sabe que lo hace. Ser beneficiado con una ventaja relativa suele ser algo verbalmente asintomático. Nadie usufructúa un beneficio con ostentación y conciencia. Habitualmente se cree que es un orden dado, natural como la salida del sol o el rocío que cae en las noches heladas.
Un francés blanco, con estabilidad social y heterosexual -por poner un ejemplo- que camina apaciblemente por los Campos Eliseos, no lo hace reconociendo paso a paso una superioridad de condiciones respecto de otros. Sin embargo, parafraseando a Marx, “ellos no lo saben, pero lo hacen”.
Debajo de ellos hay una estructura invisible de privilegios respecto de mujeres, de franceses con raíces africanas, de gente más pobre o de millones de habitantes de colonias o ex colonias francesas, así como de ciudadanos de países en las que hunden sus aspiradoras las multinacionales francesas -como Argentina- que explican algunas de las bases sociales de la sonrisa de nuestro caminante parisino. Nadie es en sí mismo culpable de nacer con esos privilegios. La responsabilidad consiste en reconocerlos, primero, y ponerlos en cuestión, después. Pero eso no siempre sucede, como se ve.
Ese status quo; bah, los beneficiarios del mismo, suelen ser hipersensibles y reactivos cuando algo o alguien amenaza ese aparentemente natural orden de cosas, que consideran heredado, obvio y razonable. Eso pasó con el Mundial y la participación de Argentina. Periodistas, deportistas y políticos de países con tradición o actualidad colonial, con el racismo a flor de piel, con sus ICE, sus deportaciones, sus guerras imperiales, sus inmigrantes ahogándose en el Mediterráneo, se dan el lujo de cuestionar el racismo de países que, aunque cuentan (¡por supuesto!) con las miserias lógicas de la sociedad capitalista que vivimos, determinadas opresiones (por ejemplo la opresión sobre otros países) no ejercemos. Los ataques a “los argentinos” son hipócritas. Nuestra defensa, antiimperialista.
Varoufakis, si mi país tuviera campos asi para detener a los inmigrantes yo no estaría hablando de multiculturalismo sano y funcional (este es en Samos) https://t.co/hrDTQYsyTL pic.twitter.com/TIKg9EQeBi
— Eugenia Mitchelstein (@ugemitch) July 20, 2026
¿No hay racismo y machismo en Argentina?
No hace falta que “reconozcamos” que en Argentina hay racismo o machismo. Claro que lo hay. No es, quizá, necesariamente el que preocupa a Samuel L. Jackson, que apoyó a España sin saber que en ese país bandas fascistas se dedican a hacer desalojos de familias árabes. En Argentina la población negra es muy pequeña, sin que Samuel L. Jackson o muchos de los que hablan, conozcan los motivos, que además exceden a esta nota. Pero hay racismo porque la élite es 100% blanca, mientras las cárceles, por ejemplo, están atiborradas de mestizos, morenos o marrones, como algunos se reconocen con orgullo. Hay también opresión sobre los pueblos originarios, aunque a muchos de los que se preocupan por las discusiones que estamos planteando acá esas poblaciones no les interesan. Y hay machismo, claro. Una mujer muere por un femicidio cada 30 horas, al punto que existe un enorme movimiento de mujeres que se opone a esa realidad sórdida. Pero en Argentina existe un continuo movimiento de lucha contra estas realidades que millones rechazamos. No nos interesa defender un esencialismo argentino ni caer en un idealismo, que no nos convoca, porque somos socialistas e internacionalistas, además de antiimperialistas. Nos preocupan los prejuicios lanzados desde cómodos sillones sin conocer la historia de un país, sus luchas y, también, sus miserias, profundamente.
Lo que molesta es la comparación con otras naciones (especialmente potencias que mantuvieron o mantienen formas de colonialismo y evidencian manifestaciones constantes de segregación). Lo que genera impotencia es la desinformación y desde donde viene la crítica (la comunidad… pic.twitter.com/EZLfU9qKbh
— maRIO rioRDA (@maRIOrioRDA) July 21, 2026
Supondremos (siendo bien pensados) que algunas de las voces que desde el progresismo sostienen que “los argentinos” somos racistas, parten de generalizar superficialmente que todos piensan como nuestro presidente, que efectivamente es cipayo, racista y misógino. A tal punto, que cuestionó a la selección argentina por llevar a cabo una acción ejemplar. Levantar la bandera de las Malvinas. Al criticar a los jugadores, muchos de nuestros progresistas parecen asumir, en un giro del destino, la misma posición que Milei.
Pero esta operación de asimilar las posiciones de un país con las de un presidente, no es justa en ningún país ni en Argentina, donde una mayoría rechaza al presidente amigo de Netanyahu y de Trump. Y en cualquier caso, no parece lícito ver la paja en el ojo del país semicolonial ajeno y no la viga en el ojo en el país imperialista propio. Habría que subrayarlo: para ser socialista o tan solo progresista en un país imperialista, lo primero es rechazar lo que hace el país natal en sus zonas de dominio imperial. Ser antiimperialista. Lo demás viene por añadidura. Sin eso, se es un simple adorno de izquierda de un monstruo opresor. Y pareciera que ahora hay muchos de esos.
Para ser socialista o tan solo progresista en un país imperialista, lo primero es rechazar lo que hace el país natal en sus zonas de dominio imperial. Ser antiimperialista. Lo demás viene por añadidura. Sin eso, se es un simple adorno de izquierda de un monstruo opresor. Abrazo.
— Octavio Crivaro (@OctavioCrivaro) July 20, 2026