Arrancó el 404 Festival Internacional de Arte y Tecnología, que busca cuestionar al sistema desde el arte. El expositor rosarino Carlos Ducler y el canadiense Bill Vorn contaron a El Ciudadano cómo viven la relación entre arte y tecnología. Hasta el sábado, gratis en el ECU.
Por Javier Hernández
Si hay algo que quedó evidenciado el jueves cuando inauguró el 404 Festival Internacional de Arte y Tecnología en su décima edición. es que la máxima que persigue su mentora, la licenciada en Bellas Artes Gina Valenti, va por buen camino en su meta por exceder y cuestionar al sistema desde el arte.
Y no es un designio menor en un mundo del arte configurado por el valor de cambio que ofrecen sus objetos. Este arte del 404 agita y excede, invita a mirar pero también a tocar, a afectarse con las obras de manera más animal y a transitarlas sin ataduras, casi como a un juego nuevo.
A partir de instalaciones robóticas interactivas, instalaciones con realidad aumentada, esculturas lúdico-mecánicas, imágenes fijas, videos y animaciones, el Espacio Cultural Universitario (ECU, San Martín 750) fue abordado por artistas, creadores e investigadores provenientes de varios países que, hasta mañana inclusive, ofrecerán un muestrario de la forma sensible cómo ven la relación entre la vida contemporánea, el arte y la tecnología.
Máquinas del tiempo
Pero el Festival no sólo da espacio a la última tecnología y muestra técnicas constructivas que se remontan hasta al Renacimiento. Es el caso del artista rosarino Carlos Ducler, quien presenta en la planta baja del imponente edificio dos series: Guardianes naturales y Mutantes del Paraná marrón y sus afluentes. “Mis obras son máquinas, son robots, pero son los más antiguos de este festival. Son autómatas que se construyeron hasta la Revolución Industrial y principios del siglo XX y hoy podrían ser considerados juguetes mecánicos”, contó a El Ciudadano el artista, quien es la tercera generación de la familia Ducler, encargada de restaurar los relojes antiguos y de campanarios de Rosario.
Muy lejos de entender sus obras como una pieza sagrada, prohibitiva para el tacto, Ducler dice que éstas tienen los mismos sistemas constructivos que se utilizaron hasta hace un siglo y que por eso mismo se pueden reparar. “Está todo pensado para que se desarme y se repare”, apuntó. Y ejemplificó: “Están dispuestas para que la gente pueda moverlas como si fuera un autito. A mí me emociona ver cómo la gente se emociona con algo tan elemental y antiguo”.
Representando a seres mitológicos en una búsqueda por cuestionar el tratamiento que del mundo hizo el hombre, su obra cuestiona el abuso de la naturaleza. “Presento este trabajo como la antitecnología. Parto de que la tecnología que el hombre utilizó en el origen de la humanidad para adaptarse al medio terminó abusando de ella y siendo el dominio de la humanidad, manejada por unas pocas personas”, opinó.
Caóticas y desesperadas
Subiendo las escaleras, en el primer piso del ECU una obra llama a primera vista la atención sobre el resto de las expuestas en ese nivel. Antagónico, en parte, al trabajo de Carlos Ducler, el artista canadiense Bill Vorn muestra en el 404 sus Hysterical Machines (Máquinas histéricas), una instalación robótica interactiva que reacciona frente a la presencia humana a través de un control que funciona como un sistema nervioso autónomo.
“Lo que quiero (con esta obra) es integrar al espectador, hacerlo consciente de que la máquina es consciente de él”, contó a El Ciudadano el artista, quien en última instancia parece buscar cuestionar el rol que tienen las máquinas. “Ellas no están imitando ni repitiendo los movimientos del tipo de máquinas que se encuentran en una fábrica sino todo lo contrario: tienen autocontrol, son caóticas, poco precisas y están desesperadas”, abundó.
Antítesis de lo que propone Ducler al mostrar cómo están constituidos sus artilugios, Vorn no deja ver que sus artefactos están programadas por alguien. “Yo escondo todo lo que representa la mano de obra: no ves ni una computadora ni sabés cómo están funcionando las cosas”, destacó.
En Montreal, donde vive, Vorn trabajó por más de dos décadas en el campo del arte robótico. A través de lo que define como “estéticas de los comportamientos artificiales”, se dedicó a la investigación y creación de vida artificial. “Las máquinas tienen una conducta pero en definitiva lo que interpreta la gente no es más que un comportamiento artificial. Cuando comencé a preocuparme por estas instalaciones no pensé tanto en el arte sino en la gente, en cómo ella percibe mis obras”, confió.
“La intención de este proyecto es inducir empatía en el observador para con los «personajes« que no son más que estructuras de metal articuladas”, informa el texto curatorial que acompaña su obra y expresa: “La fuerza del simulacro se ve enfatizada al pervertir la percepción que generan estas criaturas, que no son ni animales ni humanas, llevados por el inevitable instinto de antropomorfismo y la proyección de nuestras sensaciones interiores, un reflejo activado por cualquier fenómeno que reta a nuestros sentidos”.
“Busco crear emociones de los espectadores hacia un objeto. Los elementos son duros, metálicos y fríos pero, por la manera que tienen estos robots de reaccionar frente al espectador, la gente comienza a imaginar cosas: lo relacionan con insectos y bailes. También se genera algo que puede llevar al espectador a pensar que las máquinas son conscientes que uno está ahí, generando una falsa emoción”, concluyó.
Diversidad internacional
Además de las Máquinas histéricas de Bill Vorn y los Guardianes naturales y Mutantes del Paraná marrón y sus afluentes de Carlos Ducler, de la muestra formarán parte la instalación con realidad aumentada Mientras tanto en Greenwich del canadiense David Clark; las instalaciones interactivas Rosario ¿Bailamos? del taiwanés Hsin Chien Huang; Un salto en la oscuridad, de los estadounidenses Haylee Bolinger y Muharrem Yildirim, y Yo también canto de la rosarina Romina Casile; la imagen fija Flores para Spread: Zweideutig Damián Linossi. También se destaca el video Colosse, a wood tale del francés Yves Geleyn; y la animación Perfume Desktop Disco de los japoneses Hiroshi Sato y Daihei Shibata.
“Reset Art”
“El primer invento del hombre es el ser humano quien, tropezando con el fuego, se ha inventado a sí mismo inaugurando su relación con lo que desconoce. La luz del sol y nuestra sombra son el origen de la interacción. El hombre es el entorno del hombre y su genealogía es la suma de todos sus mundos”, escribe la creadora y organizadora del Festival, Gina Valenti, en lo que constituye su manifiesto titulado Reset Art que sirve de sustento teórico para la décima edición del 404 Festival Internacional de Arte y Tecnología que podrá visitarse hasta mañana, con entrada libre y gratuita, de 10 a 21, en el Espacio Cultural Universitario de San Martín 750.
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