Por Juan Aguzzi. En “Wakolda”, Lucía Puenzo propone una historia donde un médico alemán experimenta genéticamente con los miembros de una familia argentina. Aunque intensa en su primera mitad, la trama luego pierde fuerza a base de innecesarios subrayados.
De ese modo, en el idílico paisaje de la ciudad turística durante los primeros años sesenta sucede un encuentro que marcará definitivamente a los miembros de la familia –Enzo, el padre, que fabrica muñecas, Eva, que hereda de sus padres una enorme hostería a orillas de un lago de ensueño y se encuentra embarazada, un hijo adolescente y una hija pequeña con problemas de crecimiento físico– y pondrá nuevamente de manifiesto la despiadada manipulación con que el sistema nazi intentaba ordenar el mundo y a sus criaturas pese al fracaso del régimen y a su consecuente caída.
Con acertada ambientación –poco despliegue escenográfico pero sumamente preciso–, esmeradas actuaciones –destacan el catalán Alex Brendemühl en el rol del médico y Natalia Oreiro como Eva, la madre de familia– y un argumento que construye cierta intriga acerca de la liturgia nazi durante esos años en la Argentina y en esos lugares del país, Wakolda cuenta con una primera mitad bastante atractiva, favorecida por su economía de diálogos y puesta en escena y por una edición dinámica recortada en secuencias que hacen crecer el timing dramático.
Pero justamente todo eso comienza a retrasarse y a entrar en una medianía desalentadora en el resto de metraje; la sorpresa inicial se opaca a medida que se pone en evidencia la pátina trágica con que Puenzo decidió envolver aquellos recursos que hubieran derivado en una ampliación del misterio que podría encerrar –como debería desprenderse de una ficción sobre un probable hecho real– la presencia inquietante, amenazadora, ominosa de un personaje del calibre de Mengele, dispuesto a continuar sustentando su creencia –y poniéndola a prueba– acerca de quiénes son los que merecen ostentar el carácter ascendente sobre los demás. Un verdadero hallazgo visual de Wakolda lo constituye el diario que el médico alemán lleva como registro de sus experiencias; detallados y cuidadosos dibujos a lápiz sobre figuras humanas –incluso la de los personajes de la familia mencionada– y animales, deformidades y posibilidades de solución y textos que describen esas exploraciones; un diario que tendrá una importancia superlativa para que finalmente algunos de los personajes centrales se enteren ante quien están.
Una relación tangencial implica a Wakolda con XXY y El niño pez, los dos films anteriores de Puenzo. En los tres la realizadora expone una búsqueda de identidades que generalmente van más allá de las aceptadas socialmente; una búsqueda de intersticios por donde puedan cuestionarse los moldes con que las convenciones sociales intentan tranquilizar las buenas conciencias y, desde ya, poner de relieve en que el mal, en su acepción de banalidad, no reside en lo diferente sino en aquello cuya apariencia goza de correción y buenos modales.
La carga historiográfica que Puenzo pone al servicio de Wakolda está reflejada con una avidez que le hace subrayar con demasía ciertos rasgos: Bariloche es en ese momento poco menos que un bastión nazi que opera como una red de resguardo para los prófugos del régimen –con confecciones de pasaportes e hidroaviones para huidas incluidos–; los niños de la escuela alemana donde concurrió Eva y adonde van sus hijos ahora, sostiene la ideología y la trasmite ritualmente a sus alumnos; la misma “inocencia” de Eva que cree en la aplicación hormonal que el médico alemán sugiere para el crecimiento de su hija mientras muestra fotos a sus hijos de cuando era niña y ondeaba el pabellón nazi sobre una formación escolar en la que participaba; las escenas sobre la actividad como fabricante de muñecas del padre de familia, con un marcado acento sobre el ascendiente de la belleza y la exactitud sobre cada parte de los cuerpos artificiales.
Se sabe, lo siniestro apabulla más cuando funciona por escisión, cuando sólo se lo sugiere y se evita toda referencia directa –como atenuación de este aspecto, valga el contexto temporal de los años sesenta, donde probablemente no se supiera lo suficiente de esos circuitos de protección a los criminales nazis; y la revelación de la caza de (el criminal de guerra) Eichmann en Buenos Aires por un comando del Mossad israelí, que los personajes de Wakolda ven por televisión–, y se permite una participación más expresa del espectador, para que su imaginación rastree otra serie de posibilidades dramáticas y otros verosímiles.
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