Todos los seres vivos de una misma especie tienen una forma inequívoca de expresarse y comunicarse y sus mensajes son determinantes, sencillos y claros; inclusive, se ha llegado a estudiar algunas formas primitivas de comunicación entre las plantas por medio de aromas que en partículas microscópicas se transmiten por el viento y que sólo pueden ser percibidas por organismos de su misma especie. Las acacias en África, cuando son consumidas por los elefantes, liberan un aroma que alerta a los árboles más próximos y éstos de inmediato empiezan a liberar una sustancia que provoca un sabor desagradable.
En las especies animales no existe manera que se confunda un sonido o actitud de combate, de alerta, de miedo, o de amor. Sin embargo, en los seres humanos, con un grado mayor de desarrollo intelectual, la comunicación interpersonal, con el paso del tiempo, se tornó cada vez más críptica, confusa y complicada. Cuando hablamos de comunicación, debemos entender que el lenguaje va más allá de la palabra. Es el proceso mediante el cual los seres humanos pueden intercambiar ideas, pensamientos y sentimientos con los de su especie. Sin ella, sería imposible cualquier actividad que implique la presencia de otro. El ser humano es social por naturaleza, necesita de otro para realizar sus propios proyectos. De esta manera, la comunicación, en todos sus niveles (interpersonal, grupal y masivo), forma parte fundamental de la vida.
En los tiempos actuales, en la interrelación entre los miembros de los distintos grupos que conforman las sociedades familiares, escolares y laborales, la comunicación se torna difícil por las exigencias que rodean al ser humano. A pesar de estar a un “clic” de todo el mundo, por medio de Internet, la telefonía celular o los medios masivos como la televisión, en el seno familiar, por ejemplo, cada vez es menor la comunicación entre padres e hijos por la multitud de actividades que cada uno desempeña. Y esto al grado que pueden pasar los días y no alcanzan a coincidir en la hora de las comidas o los tiempos de descanso más de dos miembros y cada uno vive, resuelve y se debate en su propio océano existencial, provocando un padecimiento que crece como plaga en el mundo actual: ¡la soledad!
Un indicador doloroso de esta situación es el número creciente de suicidios entre gente cada vez más joven. Se nos eriza la piel cada vez que vemos que adolescentes y niños son víctimas de este tipo de desajustes emocionales ¿Cuántas veces los padres se enteran de adicciones a los estupefacientes de sus hijos cuando ya es tarde? ¿Cuántos males pudiésemos evitar con el simple hecho de establecer como norma que en una de las comidas del día se reúna la familia para intercambiar opiniones y vivencias diarias? La competitividad convierte los diversos ámbitos humanos en verdaderas junglas donde se disputa un espacio en la escuela, un ascenso en el trabajo, una concesión en la familia, etc. El individuo se transforma en una ostra que se encierra en su burbuja y dificulta el entendimiento con sus semejantes causando males mayores.
Estos indicadores evidencian la necesidad de reconsiderar la importancia de la comunicación natural, sencilla, armónica y consciente de los miembros de cada grupo. ¿Cuántas vidas podrían salvarse con una sonrisa, un “estoy contigo”, “te entiendo”, una palmada de apoyo? ¿Cuántos desajustes interpersonales podrían evitarse sólo con dialogar? Es tiempo de reflexionar y corregir rumbos para lograr una sociedad más saludable mental y emocionalmente, que nos permita evolucionar hacia la perfección como especie.
Todo el detalle de lo que jugó y de lo que disputará
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