Tras conquistar el Premio Juan March Cencillo en España, el escritor y coordinador del talleris literario Alma Maritano integra la lista del galardón nacional con su primera novela. En este mano a mano, reflexiona sobre su devoción por los clásicos, la literatura de lo íntimo y las distintas formas de narrar el dolor.
Pablo Colacrai finalista del premio Filba 2026
El paraguas de Chéjov es la primera novela del escritor rosarino Pablo Colacrai. Galardonada con el Premio de Novela Breve Juan March Cencillo y editada por el sello español Pre-Textos, la obra explora «la idea de narrar lo terrible desde el momento en el que cesa, desde la pausa, sin anular el dolor». Seleccionada entre las diez finalistas del Premio Fundación Medifé Filba 2026, la novela se convierte en la excusa perfecta para charlar sobre literatura, influencias y el arte de contar.
—Primera novela que sale al ruedo: ganás un premio en España y terminás finalista en el FILBA. ¿Qué te pasa a vos con esto, siendo alguien tan cuentista?
—Sí, es la novela de un cuentista. De hecho, en una nota hace poco en La Nación decía que de los diez finalistas del FILBA había tres que no eran novelas tradicionales, y esta era una. Me parece que si uno se pone estrictamente en lo que diría qué es una novela, no lo es. Me gusta más pensarlo como una suerte de libro híbrido donde hay algunos elementos de la novelística, pero también de la cuentística y algo del orden del ensayo. Yo en realidad la pensé así, como un libro híbrido donde pudiera desarrollar o narrar cosas que me interesaban. La ventaja es que la novela es un género omnívoro que acepta todo, entonces aún estos textos más experimentales pueden competir con las novelas más clásicas.
—Pero hay una historia contada a tres voces que se amalgama y arma una novela.
—Sí, arma un libro, una novela… vuelvo a que la novela es un género amplio. Hay una frase, creo que es de Lebrero, que dice: «Tiene más de 100 páginas, está entre dos tapas, es novela». En ese sentido tiene esa cosa generosa de poder aceptar elementos y registros muy disímiles. Es cierto que la novela tiene un pequeño hilo narrativo con un personaje que tiene una pequeña aventura, en la cual se le van insertando otras historias.
—Si tuviese que comparar la novela con tus cuentos, todos los escritores tienen un gran tema y esta es una novela de lo íntimo. Conservás el clima hasta cuando te decidís a contar el relato de otro como homenaje. Es como si tomaras esos relatos y mantuvieses ese clima.
—Sí, son mis temas, las cosas que me interesan y donde me gusta poner la mirada. En la novela cuento otros cuentos; es un ejercicio que me gusta hacer y me gusta cuando otros lo hacen: contar un cuento ya contado. Cuando uno vuelve a contar un cuento lo hace con su mirada, su punto de vista y su voz. El juego es apropiarme de otros cuentos, filtrarlos con mi mirada y hacer que hagan serie entre sí. Me gusta la idea de que vayan formando y deformando una suerte de lógica propia. Cuando hacés serie con elementos, aparecen o se destacan características que quizás en el cuento original no eran tan importantes.
—A su vez es una manera de contar lo íntimo y poner distancia: contar lo íntimo, pero poniendo distancia a través de estas historias.
—Sí, usar las otras historias para contar. Creo que hasta lo dice explícitamente el libro: hablar de otros para no hablar de uno, pero al mismo tiempo sin dejar de hablar de uno. Y no es casual los autores que elijo que aparezcan, que obviamente son mis grandes autores de referencia y me ayudan a hablar sobre eso.
—También se puede leer como un gran homenaje a Chéjov y a todo lo que se desprende de su producción y de los autores que hablan a partir de él.
—Sí, eso era algo que tenía claro desde el principio. El libro surge de varios intentos fallidos: el intento fallido de escribir una novela satírica, el intento fallido de escribir una novela y el intento fallido de una forma de familia. Son fallidos que van convergiendo. Chéjov era como un faro que me ayudaba a ordenar todo el material. Es un maestro de maestros. El concepto que aparece como título del libro, El paraguas de Chéjov, es esa idea de narrar lo terrible desde el momento en el que cesa, desde la pausa, sin anular lo otro. Al contrario, lo otro se hace más terrible cuando entendemos que el único momento en el que ese personaje fue feliz fue bajo un paraguas. Esa idea servía para hablar de las pequeñas grandes tragedias cotidianas que nos acechan y motivan la escritura.
—A su vez es una reivindicación o un homenaje a los clásicos que actualmente parecieran borrados de la literatura, volver a esos autores que muchas generaciones no leyeron.
—Es cierto, uno lo pierde de vista. Lo veo en los chicos del taller, en los sub-30: hay una gran lectura de contemporáneos y se ha perdido un poco la lectura de los clásicos. No lo pensé tanto como homenaje, sino como una suerte de honestidad intelectual. Mi serie en la cabeza es así: Chéjov, Catherine Mansfield, Lewis Carroll, Hemingway, Carver, Richard Ford… No están pensados para armar un panteón, sino por una asociación libre que me aparece al escribir. Son autores que están siempre cerca y a los que la memoria remite fácilmente.
—También es como la manera que vos tenés de dar taller: de mostrar un autor para ver de dónde viene y qué vino después.
—Sí, en el libro anterior había empezado a buscar la forma de articular mi experiencia como coordinador de talleres en la escritura, no solo en el oficio sino en los temas que trabajo y estudio. La forma en la que tengo de pensar o dar una clase fue la forma natural en la que se me presentó cómo desplegar el material. Por eso el personaje es un coordinador de talleres que está por dar unas clases que yo podría dar. Me sirvió para ordenar y tener una relación natural con el contenido, dejando llevarme por las asociaciones de textos.
—Y se unen a través de un gran tema que es el dolor.
—Sí, el dolor, la pérdida, la muerte; eso articula todos los textos.
—A su vez construye un texto absolutamente contemporáneo en el sentido de lo fragmentario. Hay una unión, pero va saltando a tres tiempos: el tiempo del cuento del otro, el tiempo del personaje y el tiempo del narrador.
—La estructura de fragmentos me sirvió para construir esta suerte de Golem que es el libro y proponía un tipo de lectura: saltar de página a página a universos, mundos y momentos distintos, confiando en que el lector va a poder ir construyendo esto y armarse una historia al final. El fragmento me permitía la confluencia de estas tres líneas.
Pablo Colacrai (1977) creció y vive en Rosario. Es licenciado en Comunicación Social y miembro fundador de la editorial Río Ancho Ediciones. Desde 2010 dicta talleres de escritura. Ha publicado los libros de cuentos La noche en plena tarde (2012), Nadie es tan fuerte (2017; finalista del Premio Hispanoamericano de Cuento Gabriel García Márquez) y Ese mundo ya no es nuestro (2022). Algunos de sus textos han sido adaptados al teatro y publicados en antologías y revistas literarias de Argentina, Colombia, Ecuador y Bolivia. El paraguas de Chéjov, su primera novela, es una de las 10 finalistas del Premio Fundación Medifé Filba 2026.
Miércoles 30 de septiembre (19:00 h): Participa en la Lectura inaugural: Nuestro hábitat en el Auditorio del Museo MALBA (Av. Figueroa Alcorta 3415).
Viernes 2 de octubre (15:00 h): Dicta el Taller de narrativa: El comienzo de un relato en la Casa Victoria Ocampo (Rufino de Elizalde 2831).
Viernes 2 de octubre (17:00 h): Integra el Panel: Cuando la trama no importa. Poéticas de la digresión en el Auditorio del MALBA, junto a Luis Sagasti e Inés Garland.
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