En su ópera prima, Moroco Colman recrea un encuentro entre madre e hija que vibra entre la ternura y el hastío con encomiable sutileza y precisión.
Como se dijo, la historia de Fin de semana es pequeña y podría describirse así: Carla, una madre separada, llega a una ciudad cordobesa en las sierras para ver a su joven hija, cuyo padre –y ex marido de ella– ha muerto recientemente. Martina, la hija, vive con la nueva mujer de su padre y mantiene con Diego, el hijo de esta mujer, bastante mayor que ella, una relación sentimental carente de cualquier afecto y algo violenta.
El encuentro entre madre e hija, con solemne abrazo al principio, va tornándose urticante, casi un campo minado por puteadas y un encono por momentos infranqueable. Disparado, aunque se adivina que ya algo subyacía, porque Carla detecta moretones en el cuerpo de su hija y es testigo de asomos de violencia en la relación que mantiene con Diego; y, como si esto fuera poco, porque su hija admite en una conversa despojada pero inédita y difícil entre ambas que le gusta el sexo “duro”.
Carla intentará entonces que esa relación termine, aunque no sepa bien cómo hacerlo y sólo se deje llevar por acciones espontáneas. Mucho tiene que ver para lo crucial de estos pasajes el paulatino ensanchamiento de la pantalla, la forma que adopta el cuadro, para que se detecten la opresión y la distensión de esa relación. Como cuando Carla, luego de una brusca discusión con Martina, va a tomar una copa a un boliche del lugar y termina encontrando un amigo de antaño, alguien a quien probablemente conocía cuando vivía allí con su marido. Entregada a la liberación de sus tensiones, Carla vive una experiencia sensual y sexual intensa junto al amigo y otra mujer, que acabará con ella casi desnuda y borracha bañándose en el lago que está junto a la casa y a cuyo rescate va Martina, que la arropa y la acompaña luego al baño cuando sus ganas de vomitar son irresistibles. A partir de aquí se producirá un vuelco en la relación de estas mujeres y lo espinoso del asunto comienza a limarse.
Sin pretensiones, conciso y directo, lo que incluye las logradas escenas de sexo explícito, y con acertado tino para observar esa revelación de un mundo mencionada, Fin de semana es un atendible desembarco de Moroco Colman en el cine. Contribuyen a ello las sólidas actuaciones de María Ucedo y Sofía Lanaro en los roles de madre e hija, respectivamente, y una fotografía que se sirve de esos cambios de formato para precisar las distancias necesarias en esa paleta de arrebatos pasionales que ocurren en ese “fin de semana”.
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