La expedición argentina que en el 2001 intentó escalar, sin éxito, el pico Cho Oyu del Himalaya buscará desquite en setiembre con Adrián Sánchez a la cabeza. Los aventureros partirán mañana a asia.
El sueño de hacer cumbre en el Cho Oyu pareció terminar ni bien comenzaba. «En 2001 nos pusimos como meta llegar a los 8.000 metros al año siguiente. Pero los ahorros que teníamos para llevar a cabo la expedición se quedaron en el ‘corralito’ bancario», rememoró Sánchez.
La expedición partirá mañana y, si todo sale según lo planeado, cinco semanas después habrán coronado la «diosa turquesa», como llaman los tibetanos a los 8.201 metros del Cho Oyu del Himalaya, la serpenteante cadena montañosa que se extiende a través de Bután, China, Nepal e India.
Cinco aventureros acompañarán en el desafío a Sánchez. En los preparativos, todos tuvieron un rol asignado. Marcelo Hernández, abogado, se ocupó de los aspectos legales y comerciales de la travesía. Carlos Dorsa fue responsable de la parte técnica. Martín Ruiz Moreno tuvo a su cargo las relaciones instituciones. En la montaña, cada uno de ellos deberá desdoblarse y estar alerta para lo inesperado. Sólo Juliana Eguia, encargada de la documentación, y Oscar Bellini, el médico, tendrán roles fijos.
El sexteto arribará en un escenario de clima propicio que, se supone, permitirá eludir las inclemencias del monzón, un verdadero «monstruo blanco» de la montaña que devora con tormentas las ilusiones de muchos alpinistas y que, en ocasiones, sepulta las tiendas bajo tantos metros de nieve que no pueden ser localizadas ni siquiera con sondas.
Una aventura al límite
En una misión tan cruda y exigente para el organismo, la comida es un tema importante. «El consumo diario que deberíamos tener es de 6 mil calorías, pero es casi imposible ingerirlo. Vamos a volver con 8 o 10 kilos menos. El problema es que el peso lo recuperas enseguida, pero rehabilitarte del desgaste físico de quemar tanta grasa y músculos te lleva un mes», explicó Sánchez.
«Algunas proteínas las llevamos y el resto las conseguimos allá, la mayoría de elaboración china. Son alimentos especiales o ‘liofilizados’, un proceso que va más allá del deshidratado, por medio del cual se les sacan todos los líquidos sin alterar ninguno de sus nutrientes. En un minuto y con un poco de agua caliente (llevan garrafas de gas y combustible líquido) dentro de la bolsa metalizada podés comer hasta trozos de carne con papas», concluyó.
El esfuerzo físico, según estudios de la Federación Internacional de Montañismo, requiere más del doble de energía a gran altura que a nivel del mar. Pero se suprimen el apetito y la percepción del sabor. Entonces la saciedad se produce con pequeñas raciones y el escalador se siente «lleno» con poca cantidad de comida, en lo que los especialistas denominan como «anorexia de la montaña».
La deshidratación (ya sea por ingerir pocos líquidos, por sudor o diarrea) también es una amenaza latente que incrementa los dolores de cabeza, la fatiga, el deterioro mental y el agotamiento físico.
Los montañistas argentinos conocen las dificultades que les presentarán «los ocho mil» del Cho Oyu. «El 99 por ciento es hielo, es una montaña glaciaria», detalla Sánchez. Por eso la «puesta a punto» se inició en marzo. Como primera prueba, todos los integrantes se impusieron ascender a montañas que superaran los 6.000 metros.
A medida que se acercaba la fecha, se intensificaron los trabajos aeróbicos: casi cuatro horas de ‘footing’ por semana, ocho de ciclismo, natación y trabajos de «cuesta con sobrecarga» que los obligó a escalar paredes durante cuatro horas semanales con una mochila de 16 kilos. Además de sesiones complementarias de gimnasio para reforzar abdominales, cuadriceps, espinales y dorsales.
La resistencia será vital debido a que no usarán «porteadores» (asistentes locales que los ayuden a acarrear los pertrechos). «Vamos a subir todos los días con entre 20 y 30 kilos en las espaldas, menos el día de buscar la cumbre», anticipó el jefe del equipo.
Tampoco llevarán tubos de oxígeno porque «le bajan hasta 1.000 metros de dificultad a la montaña», aunque conocen que por arriba de los 8.000 metros de altura la concentración de O2 en el aire es sólo una tercera parte de la que se encuentra a nivel del mar. En esas condiciones el rendimiento se resiente y los padecimientos aumentan si sobreviene el «mal agudo de montaña» con su cóctel de náuseas, dolor de cabeza e insomnio. «Se incrementan mucho las posibilidades de sufrir edemas pulmonares», admitió Sánchez.
Además tendrán que armar carpas debido a la ausencia de refugios, en un clima que bien podría ser el de alguna de las lunas de Plutón: sensación térmica de 40° durante el día, a causa del reflejo solar en la nieve, que desciende hasta -30° o -50° por la noche. «Llevamos botas especiales hasta la rodilla, enteritos de pluma, similares a una bolsa de dormir gigante, máscaras, antiparras. Pero la amplitud térmica te lleva a pasar de estar en remera a ponerte de todo y seguir teniendo frío», graficó Sánchez. Hay que ir bien equipado y eso cuesta: «Necesitás u$s 12 mil por persona». Los fondos, casi en su totalidad, suelen provenir de aportes privados.
La vigilia
En cinco semanas, a 7.400 metros de altura, comenzará a vislumbrarse el resultado final del asalto a la «diosa turquesa». Un instante donde la fortaleza mental es tan decisiva como las reservas físicas y en el que la montaña pondrá a prueba el espíritu de sacrificio del equipo. Allí, Sánchez, como jefe de la expedición, analizará las condiciones de cada uno de sus compañeros (el médico llegará sólo hasta los 5.400 metros) para elegir el momento exacto en el que atacarán la cima del Cho Oyu. Ese «pequeño paso» de 800 metros para la montaña pero «gigantesco salto» para los expedicionarios demandará unas 14 horas entre ida y vuelta.
Todos conocen cómo es la ley de la montaña: «Es bastante normal bajarte del intento. En la actividad del Aconcagua sólo el 20% logra la cumbre. Y calculo que la media de éxito de las expediciones a nivel mundial debe ser de 60%», finalizó el jefe del equipo.
En el Cho Oyu ni las estadísticas ni los intentos de los aspirantes que los precedieron tendrán incidencia alguna. Otra vez los escaladores estarán frente a frente con sus límites y los de la montaña. Más allá de lo que ocurra, descansan en la tranquilidad de una convicción: la única expedición fallida es la que nunca se intenta.