Por Luis Novaresio.- Si gana Mónica Fein que Jorge Boasso se olvide de pretender colocar a alguien en el eventual gobierno socialista. Si se impone el radical, los funcionarios de Miguel Lifschitz serán un recuerdo en los libros de historia. Ninguno de los dos confía en el otro. El que triunfe le va a pasar una factura bien costosa al que pierda. Por eso, la elección interna del Frente Progresista para dirimir al candidato a intendente deviene interesante.
Lifschitz hace malabares dialécticos en público para no resultar agresivo con el concejal radical. Sabe que hoy la virulencia de campaña no rinde votos. En privado les confía a sus íntimos que esta versión del edil de la UCR de dirigente calmo y progresista con ropaje evolucionado no se la cree ni por un minuto. En menos de un mes, dice el intendente puertas adentro, va a volver a la época en las que hacía campaña con los galeones de guerra que bombardeaban las naves socialistas.
Sí hay coincidencias entre los armadores de campaña para que Fein y Boasso eviten cualquier gesto destemplado. Ella apela a recostarse en la actual gestión municipal sin esgrimir demasiado su propia experiencia. ¿Por qué no se resalta que la ex secretaria de Salud de Rosario es hoy la jefa de bloque de los diputados socialistas? ¿No merece algo más que ser presentada como una fiel seguidora del cambio que continúa?
Boasso camina con exultación medida (autoimpuesta por una parte y exigida por sus asesores por la otra), apoyado en lo que él mismo denomina como el convencimiento perceptible de un sueño hecho realidad. “Cada día me asusta más lo cerca que estoy”, suele decir en sus tertulias con amigos. Por estos días exhibe a quien quiera verlas encuestas propias y las que le llegaron de manos de una verborrágica dirigente del justicialismo que lo ubican 6 puntos arriba de la candidata socialista. Se envalentona especialmente con la proyección de indecisos: allí triplica en las preferencias a su oponente.
Alguna razón tendrán estos números firmados por un ecuatoriano muy conocido porque en el habitualmente triunfalista búnker del PS, que trabaja con el intendente, se asegura que Fein trepa al 22 por ciento de la intención de votos y Boasso, a algo más del 19. Escasa diferencia, dicen estas mismas fuentes, que se va a hacer más notoria en este mes de campaña dura con una fuerte instalación de la dama de la rosa roja acompañada por todos los popes del partido. Si eso es así, el radical puede estar en problemas. La “máquina” electoral del PS es poderosa y, casi siempre, efectiva. Pero Fein, ¿cuenta con todos? Los seguidores de Rubén Giustiniani esperan aún un gesto del intendente y de la candidata para que los reconozcan como parte del proyecto. “Mónica Fein ni lo menciona a Rubén”, rezonga un hombre de verdadera militancia con el senador nacional. “Y así es muy difícil pedirles a nuestros muchachos que hagan campaña por ella. No quieren ni repartir sus volantes”, ratifica.
Danza de nombres
¿Qué proponen los oponentes para seducir al electorado? Fein subalterna su discurso a la gestión de Lifschitz. Tratará de reforzar y seducir a las barriadas descontentas con lo que se suele denominar como una gestión entre bulevares. Siempre referenciada a sus antecesores. Es lógico que la cálida, formada y honesta candidata se aproveche de todos los años de gobierno socialista. Pero, en un punto, esto le hace perder atractivo por carencia de novedad. ¿Nombres? “Los que hemos formado en 20 años de gestión”, apuntan los que frecuentan a la diputada. ¿Extrapartidarios? “Charlaremos con las autoridades de la UCR (no con Boasso) y del resto de los partidos del Frente”, repiten disciplinados. O sea, poco y nada, y en las terceras o cuartas líneas de gestión. Hombres y mujeres de pura cepa socialista.
Su oponente radical, en cambio, se atreve en privado a proponer nombres de gabinete. Sergio Más Varela podría ser un buen secretario de Hacienda; y en otro despacho de trascendencia se suelta el nombre de un universitario, conversado, se asegura, con el rector de la casa de estudios. ¿Quizá el talentoso decano de arquitectura Héctor Floriani? Por qué no. ¿Y del partido de Lilita Carrió? “¡Qué buen funcionario sería Pablo Javkin!”, se entusiasma un boassista de la primera hora. Cuando se lo ausculta por algún representante del socialismo en el eventual gobierno, el concejal suele refunfuñar afirmando que lo ve imposible por una suerte de “caprichosismo” (sic) inédito del PS que define, como metáfora comparativa, con el rey francés que se había convencido de que el Estado era él. “¿O no es un ejemplo de esto el disparate de esta semana del gobernador pidiendo juicio político a un magistrado que asumió como propio lo que siente la mayoría de los santafesinos en materia de inseguridad?”, pregunta en forma retórica un radical que supo acompañar a Binner en su gestión como intendente y lo desconoce ahora cuando lo escucha hablar en estos términos.
El sobreactuado enojo del primer magistrado de la provincia para con el juez Juan José Pazos debería ser visto con atención desde los centros de trabajo de Mónica Fein. Es que ese destemplado y riesgoso gesto institucional (¿puede el ministro Héctor Superti no impulsar ahora un jury contra el magistrado sin quedar desautorizado?) la coloca a la candidata en el desagradable lugar de tener que responder si adhiere o no a lo expresado.
¿Quo vadis, Miguel?
Mirado en perspectiva, Miguel Lifschitz suele decirles a sus más íntimos que hizo bien en desensillar de la carrera por los puestos ejecutivos. Un tercer período de intendente fue siempre impensado. Para la gobernación “no era mi momento”, le confiesa a un conocido con el que puede sincerarse. Cree que hubiera sido negativo para todos dar la pelea porque implicaba arriesgar, en serio, las chances de perder Rosario y la Casa Gris. Para esta última puerta, en algún momento, quizá, aparezca más adelante la llave en su bolsillo.
Cuando se lo arrincona para que cuente cómo se siente ante las virulentas municiones que lanza Binner a Giustiniani, se preocupa por las heridas a futuro. No teme un cisma en el partido, pero duda de las consecuencias. Su tono habla de la gravedad del caso. Sin embargo, se disciplina rápidamente: los que lo conocen de cerca creen que es sincero cuando comenta que con Hermes se lleva bien. Cada uno en lo suyo, marca un límite. “Con Rubén nos vemos menos”, grafica ante los suyos. Muestra más distancia.
En el fondo, Lifschitz apostaba a que el gobernador despegara de manera contundente a nivel nacional y abriera el juego al resto en Santa Fe. Hoy día ve con dudas una posible coalición opositora para desafiar a Cristina porque no confía en la UCR (“Miguel tiene muchas dudas del perfil de los boina blanca”, explica su mano derecha) y no le ve la punta al ovillo progresista del GEN, de Luis Juez y de Pino Solanas.
El cargo de senador departamental será un período sabático para volver a pensar. La intendencia de Rosario, suele decir el ingeniero Lifschitz, es más pesada que muchas gobernaciones argentinas y gestionarla quita tiempo para pensar en algo distinto que no sea la coyuntura. Acabada la transversalidad que supo acercarlo al gobierno (“hace mucho que Miguel no habla directamente ni con Cristina ni con sus ministros”, ratifica un secretario del gabinete), vendrán cuatro años de mirar hacia dentro del socialismo y, cómo no, hacia dentro de sí mismo. Pensar, recorrer la provincia y sembrar la nueva esperanza de ser el hombre más importante de la política de Santa Fe de 2015. Pero para eso falta mucho.