Rosario, jueves 20 de agosto de 2026
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Rosario, jueves 20 de agosto de 2026

Una noche en el Infierno

Por la gravedad de los hechos, hay que agradecer que no hubo ninguna víctima fatal alrededor de este evento cuya fallida organización se repartió entre la CONMEBOL e Independiente
Una noche en el Infierno

Por Alejandro Duchini / Especial para El Ciudadano

En la noche del 20 de agosto de 2025, mientras los jugadores de Independiente y la Universidad de Chile se veían impedidos de terminar el partido que disputaban en Avellaneda por la Copa Sudamericana, el chileno Gonzalo Felipe Alfaro Erazo ni sospechaba que unos minutos después se iba a codear dos veces con la muerte. La primera, cuando los barras de Independiente lo hicieron caer desde la bandeja alta de la tribuna visitante: 20 metros de caída libre testimoniados en redes sociales. Quienes estuvimos en la cancha esa noche, difícilmente podamos olvidar el “uhhhh” que salió de los cuatro costados en ese ínfimo lapso de tiempo que se hizo eterno. Su segundo roce con la muerte ocurrió abajo, en las profundidades de ese infierno en que se había convertido una noche de fútbol, cuando ni bien cayó otros barras locales corrieron para volver a pegarle; patadas, golpes. Terminaron y se fueron.

Por la gravedad de los hechos, hay que agradecer que no hubo ninguna víctima fatal alrededor de este evento cuya fallida organización se repartió entre la CONMEBOL e Independiente. Una cronología resumida sería así: en el primer tiempo, Los de abajo, como se conoce a la barra de la U de Chile, ubicados en la Pavoni Alta, arrojaban piedras, agua y pis a los hinchas de Independiente que estaban debajo. Los chilenos se defienden: dicen que fueron los del Rojo quienes tironeaban para sacarles sus banderas. Lo concreto es que la noche venía mal parida. En el entretiempo, los chilenos lanzaron además bombas de estruendo. El partido no estaba para continuar. Los árbitros no tomaban decisiones y los veedores de la CONMEBOL dudaban: desde el lugar de los hechos sólo atinaban a comunicarse con las autoridades en Paraguay para recibir órdenes. Y mientras dudaban, plateístas del Rojo estimulaban a la barra ubicada en la Santoro baja: “Tiene miedo, la barra tiene miedo”, cantaban. Así que la barra, que si algo no tiene es miedo, cruzó la cancha por afuera y se metió en la tribuna donde estaban los chilenos. En ese campo de guerra hicieron valer su propiedad: la tribuna del Libertadores de América. A los pocos chilenos que quedaban les dieron con furia, con odio. Ahí fue cuando pasó lo de Erazo.

Otros hinchas quedaron desnudos: les quitaron las ropas, las zapatillas. Mientras, no dejaban de darles golpes y palazos. Fue tal la saña que uno quedó tendido en lo alto de la tribuna. Parecía muerto. Después sabríamos que no, que fue un sobreviviente y que se llama Jaime Mora, que no es integrante de la barra y que producto de los golpes padeció hundimiento de cráneo, corte en la cabeza, pérdida de audición de entre un 70 y 80% que le obliga al uso permanente de audífonos, fracturas en dos dedos y traumas físicos y psicológicos. Viajó con su hijo, Pablo, y sus amigos, quienes le salvaron la vida. Aunque parezca increíble, estuvo detenido mientras lo atendían en el Hospital Fiorito.

Casi un año después, Constanza Catalina Cura Méndez, 31 recién cumplidos, hincha de la U, me dirá desde Santiago, Chile, que aquella noche de terror fue más que lo que se cuenta. “Los que empezaron fueron los hinchas de Independiente que estaban en la garganta de la izquierda. Nos gritaban que éramos unos traidores por lo de Malvinas y muchas cosas más. Y los hinchas que estaban abajo empezaron a tironear para sacarnos las banderas que colgaban desde nuestra tribuna”, dice. Y dice también que el peor momento fue cuando un grupo de hinchas de Independiente quiso invadir la tribuna en el primer tiempo: “Querían derribar los portones, entonces los de la barra nuestra fueron a sostenerlos para evitar que los abran”.

Cura Méndez y sus amigos -entre ellos, cinco mujeres- habían llegado a Buenos Aires el lunes previo al partido. Alquilaron un departamento en el centro y la idea era quedarse una semana. El día del encuentro salieron hacia Puerto Madero para llegar con el grueso de hinchas chilenos. El clima, recuerda, “siempre fue tenso” una vez que llegaron a la cancha de Independiente.

Recuerda el “clima hostil”, los amenazantes caballos de la policía “prepotente”, la revisión de pertenencias “demasiado” exhaustiva y, ya dentro del estadio, los insultos racistas. Pero la cosa empezó a picantearse cuando les arrojaron los primeros trozos de comida al grito de “chilenos muertos de hambre” y, luego, “proyectiles”, como dice para no decir “piedras”. Se acuerda de que así terminó el primer tiempo y que peor llegó el entretiempo; que un padre no sabía cómo proteger a sus tres hijos y que ya había hinchas con la cabeza sangrante. “Estábamos desesperados, asustados”, resume.

Ahí fue cuando desde el altoparlante se instó a los visitantes ya no a que se abstengan de arrojar proyectiles, sino a que desalojen la tribuna. El ambiente no daba más que para irse. Lo que no sabían, y pronto lo vivirían, es que la salida los metería en la boca del lobo.

“No sé de dónde salían tantos trozos de cerámica, si los tenían guardados desde antes o qué, pero lo que sé es que no pararon de tirarnos cosas”, lamenta ahora. Y también lamenta que afuera, en vez de sentir que escaparon de los ataques, los esperaban policías con hambre y sed. Y ya sabemos lo que significa hambre y sed policial. “La gente estaba desesperada y los policías nos pegaban. Uno de ellos me pegó una patada en el poto, así. Una patada tremenda. Por impulso me dí vuelta para mirarlo pero lo que ví fue a ese mismo policía junto con otros cuatro pegándole a otro hincha. Estábamos en una suerte de marea y no entendía nada”.

La huída en los micros fue una odisea. Camino al centro de Buenos Aires recibieron más proyectiles. Hay quienes sostienen que hubo disparos de armas de fuego. No se informó de denuncias al respecto. En Puerto Madero los esperó más policía: abajo y al suelo, contra la pared, manos en la nuca. Silencio. Miedo. Golpes al que amagaba moverse. “Nos pegaban con la luma”, dice Cura para referirse al palo policial. Y recuerda el llamado a la prensa para continuar el show de los detenidos. Finalmente a las mujeres se les dijo que se quiten cualquier identificación con los colores de la U y que se vayan.

DESDE ABAJO

Agustina Hanono, periodista e hincha de Independiente, estaba con su familia en la popular, debajo de los visitantes. Su versión tal vez no sea opuesta sino paralela a la chilena: “Lo que recuerdo de esa noche me da una sensación de escalofríos. Lo mal que la pasamos… Recuerdo una frase de mi papá: ‘Vamos bien arriba, que si tiran algo no nos cae’. Eso fue lo que hicimos. Comenzó el partido y empezó la tortura: caían butacas, orinaban. Se escuchaban fuertes golpes. Se sabía que no iba a terminar bien. Los hinchas estábamos con miedo por lo que podía pasar. Algunos corrían. De repente, en la Garganta (por la platea-torre de la izquierda), se escuchó una bomba de estruendo arrojada por los chilenos hacia los de Independiente. De la desesperación, los hinchas se juntaban en la reja que divide la platea y la tribuna para protegerse del mal momento: había personas mayores, nenes, familias”, enumera.

“Al ingresar, la primera sensación fue de susto: en la parte superior estaban los hinchas de la Universidad de Chile sin ningún tipo de reja o algo que cubra la caída de algún elemento. Tampoco había policías. Desde ahí empezó el mal manejo de la policía y de la seguridad privada”, opina sobre la organización.

Hanono y su familia pudieron resguardarse de lo que arrojaban los chilenos, pero la incertidumbre siempre hace lo suyo, sobre todo en un clima tan hostil como el de esa noche. “Lo que ví fue gente correr porque les tiraban cosas, había mucho miedo. Nunca viví una situación similar en una cancha” agrega. “No sabíamos si quedarnos ahí o escapar, porque se trataba de escapar. El miedo que se sentía era tremendo”.

A las corridas, pudieron pasar de la popular a la platea Erico. Recién ahí pudieron mirar hacia la tribuna visitante. Lo que vieron se transformó en cuestión de segundos. Los barras del Rojo coparon la tribuna visitante y empezaron a pegar. “Fueron con palos, con piedras. Elementos que realmente pueden matar. Vimos de todo: barras pegándole a nenes, a gente grande, a cualquiera. Los hacían desnudarse, les pegaban en las partes íntimas, los grababan. Una vergüenza”.

UN ASOMBRO SOCIAL

Sociólogo especialista en deportes e investigador del CONICET, a Diego Murzi su larga experiencia siguiendo la violencia en el fútbol no le impidió asombrarse al ver las imágenes de aquella noche. Porque desde hace tiempo que los incidentes en nuestras canchas no se producen entre barras de diferentes equipos sino por internas. “Las peleas entre barras de equipos rivales eran más características de los 80 y 90”, dice. Y contrapone al decir que en los últimos tiempos los hechos “más conmocionantes de violencia” fueron los del gas pimienta en La Bombonera o la muerte del hincha de Belgrano Emanuel Balbo, en Córdoba, a quien arrojaron desde una tribuna tras confundirlo con un seguidor de Talleres.

Autor de un excelente libro Fútbol, violencia y Estado (Editorial Prometeo), Murzi refiere que el ataque de los hinchas del Rojo tuvo más que ver con “la defensa del territorio propio, con la lógica de la época del aguante, de mostrar quién tiene más aguante”.

Para Murzi, hay que retroceder a los años 2013 o 2014, cuando se produjo el fenómeno de las internas y choques entre barras de un mismo equipo. “Desde entonces -analiza- hay una mirada del Estado, que la inaugura (Sergio) Berni y (Patricia) Bullrich la sigue. Una mirada hegemónica que tiene que ver con pensar a las barras como delincuentes lisa y llanamente, ya desvinculados de la cuestión del fútbol”.

Todo esto, argumenta, generó una idea social parecida al “que se maten entre ellos”, lo que a su parecer “aminora la centralidad de la violencia del fútbol como problema”.

En resumen, opina que el enfrentamiento de Avellaneda tuvo su importancia no sólo porque -como en los viejos tiempos- fue entre barras de distintos clubes, sino porque además “fue televisada, porque duró mucho, porque hacía mucho que no se veía y porque tuvo prácticas violentas muy muy crueles”.

“Los estadios en Argentina siguen siendo espacios de violencia, no solo física sino, mayormente, de otro tipo de violencia: cierta indiferencia de la gente hacia el prójimo”. Y podríamos agregar al racismo y a otras manifestaciones minoritarias. “Han cambiado los recitales también, cierta desmasculinización que hay en los estadios a partir de mayor presencia de mujeres, ni hablar la prohibición del visitante, el paso de las barras hacia actividades económicas que no necesariamente están sustentadas en la violencia”.

Independiente tiene tres barras. Una es la oficial, Los dueños de Avellaneda, que ocupa la tradicional cabecera baja de la tribuna Santoro. Es la que atacó a los chilenos, supuestamente en defensa de los otros hinchas que estaban debajo de los visitantes.

Consultado sobre el pedido tribunero para que esa barra oficial actúe, Murzi dice que “sigue estando en el imaginario del hincha que la barra es la que tiene que defender la casa. También por eso lo de esa noche fue una vuelta hacia la cultura tradicional del fútbol argentino, del hinchismo clásico”.

Y agrega: “En la cultura del fútbol en Argentina cualquier ofensa en la cancha propia amerita el uso de la violencia, y la gente sigue identificando que la barra es la que tiene el monopolio legítimo de la violencia, la que tiene que ir a hacer justicia y la que está en cierta forma para defender al club, que en realidad es el propio discurso que tiene la barra, como que son los guardianes de la identidad del club y del territorio”.

“En el fútbol está permitido hacer cosas que en otro lugar no. Como la justicia por mano propia que en Argentina se está como habilitando a través de hechos violentos por fuera de la ley, como por ejemplo hacer linchar a un ladrón de un celular o a un sospechado de violador o prender fuego una comisaría o un patrullero en las puebladas. La justicia por mano propia, y más cuando ocurre así, masivamente, habilita esos excesos”, explica Murzi.

Sobre esos incidentes, ni Independiente ni la U de Chile quisieron responder a las requisitorias de este cronista. “Estamos esperando que se expida el TAS, en medio del proceso no se pueden hacer declaraciones”, fue la respuesta de un referente oficial del club de Avellaneda.

La CONMEBOL sancionó a ambos clubes, pero le dio el visto bueno a los chilenos para que sigan en el torneo. Independiente fue eliminado en los escritorios, además de ser penalizado con una multa de 250.000 dólares; a la Universidad -cuya empresa gerenciadora se denomina Azul Azul- se le obligó a pagar 270 mil dólares. Todo a debitarse de los derechos de televisación.

La APREVIDE (Agencia de Prevención de la Violencia en el Deporte de Buenos Aires) impuso derecho de admisión por tiempo indeterminado a 41 barras de Independiente. Sin embargo, tampoco contestó a los intentos de comunicación de este medio.

Sí lo hizo, en cambio, la UFI N°4 de Avellaneda, encabezada por el fiscal Mariano Zitto, a través de su segundo fiscal, Sebastián González, quien dice: “La hinchada de la Universidad ingresó al estadio con normalidad, sin que se reporten heridos ni nada. Hay que destacar que en el primer ingreso, tres horas antes del partido, lo primero que hicieron fue romper las cámaras de seguridad del estadio. Eso lleva a pensar que no querían que se vea lo que pasó después. Podemos, entonces, hablar de algún tipo de planificación para generar disturbios”.

Oficialmente se desmintieron los abusos sexuales por parte de barras chilenos hacia empleados de gastronomía y de limpieza del club de Avellaneda que tanto se difundieron en redes sociales. Quedó en claro, en cambio, la “escena de guerra” producto de destrucción de escalones, tendidos eléctricos y la presencia de abundante sangre en las escaleras.

El expediente se mantiene como Tentativa de homicidio. “Hay personas individualizadas en la causa, están con orden de captura nacional e internacional”, cuenta González sobre cinco prófugos. Barras a los que se identificó a través de videos y de quienes se comprobó participación activa en el club de Avellaneda. Desde la fiscalía destacan el aporte de la dirigencia de Independiente para brindar la información solicitada.

Todavía hay madrugadas en las que Constanza Catalina Cura Méndez se despierta sobresaltada por una pesadilla. La persigue una turba de gente y cuando la están por atrapar salta para intentar escapar. Cuando lo logra, se despierta y entiende que ya no está en Avellaneda. Que está en su casa, que está sana y salva. Que era una pesadilla.