Por Florencia Rovetto
A casi 100 años de la Reforma del ‘18, vale la pena recordar el compromiso social que las universidades deben asumir para “construir un mundo justo e igualitario”, pero ampliando radicalmente los sentidos.
La universidad está condenada al fracaso sí, en el presente, ese compromiso no es integral y con todxs. Hace décadas que las feministas interpelamos las matrices patriarcales, el androcentrismo y el carácter elitista que reproducen los “bienpensante” espacios universitarios.
Hoy más que ayer –y posiblemente menos que mañana– la acción colectiva se organiza desde afuera y se conecta con la militancia feminista y LGTBI al interior de las universidades. Profundizar este vínculo es un desafío urgente.
Creemos en la potencia interrogadora y desnaturalizadora de las miradas feministas para afianzar el reconocimiento social de identidades no hegemónicas; garantizar los derechos sexuales y reproductivos; erradicar la violencia de género y propiciar las garantías laborales, sociales y políticas adeudadas para con las mujeres y otrxs sujetxs subalternxs.
Si hace 100 años se pregonaba “que la universidad se pinte de pueblo”, hoy sostenemos “que las universidades se pinten de feminismos populares”. Y esto, más que un slogan, es una necesidad y el reaseguro para construir una sociedad realmente igualitaria, inclusiva y justa.
(*) Docente e investigadora especializada en estudios de género de la Universidad Nacional de Rosario (UNR) y el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet).
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