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Valeria Correa Fiz: “Todo libro es una indagación sobre uno mismo”

“Nunca se escribe una vez, sino que la escritura del escritor verdadero es la reescritura. Cuando uno comprende que la tarea de escribir es reescribir, entonces ahí sí es cuando uno va haciéndose con el oficio”, reflexiona la autora

Por Camila Reciuto / Especial para El Ciudadano

La escritora y abogada Valeria Correa Fiz, oriunda de Rosario y radicada desde hace muchos años en España, visitó Ponsatti Libros en la ciudad de Funes, para conversar acerca de sus libros de relatos “La condición animal” y “Hubo un jardín”. Además, adelantó que el próximo año publicará un nuevo libro de cuentos cuyo hilo conductor serán las distintas manifestaciones del poder.

-¿Con qué ojos mirás el mundo, Valeria? ¿Con los ojos de abogada, con los de escritora, con ambos?

-Yo lo que trato de conservar es cierto asombro en la mirada. Más que pensar si estoy mirando como abogada, como escritora, creo que lo más importante que tiene la literatura es eso, cierta curiosidad y cierto asombro que te permiten ver el mundo que todos conocemos, pero de una manera distinta. Casi como si fueras una extraña dentro de este mundo. Y entonces con esa extrañeza, poder hacer preguntas nuevas.

-Habías dicho en una entrevista que el ser humano es un misterio incluso para sí mismo. A la hora de escribir ¿Te surgen más preguntas que respuestas sobre vos misma?

-Sí, porque todo libro, no importa el género al que pertenezca, para mí es una indagación sobre uno mismo. Siempre es un descubrimiento y a veces no es un descubrimiento inmediato, sino que a veces pasa mucho tiempo y uno se da cuenta qué dudas, qué miedos o qué incertidumbres de su vida están reflejadas, bajo ciertas palabras, bajo ciertos argumentos, bajo ciertos personajes.

-Tus textos suelen abordar temáticas crudas que muchas veces incomodan ¿Sentís que a las mujeres se las juzga distinto que a los hombres cuando escriben sobre esto?

-No me gusta generalizar, pero sí siento que hay una curiosidad en el caso de la escritura de las mujeres de saber si lo que se está escribiendo es autobiográfico. Una curiosidad que me parece que no tiene su equivalente en la escritura hecha por los hombres. Es mucho más frecuente que a una mujer escritora le pregunten: “¿Esto te pasó?” ¿Conocés una amiga a la que le pasó?”. Y son preguntas que yo veo menos que se le hagan a los hombres. Lo mismo que la pregunta de “¿Cuándo escribís…?”. Es una pregunta que tiene que ver un poco con la condición femenina, se supone que los hombres escriben cuando quieren y las mujeres escribimos cuando podemos.

-¿Cómo es tu proceso creativo?

-Yo aprendí que se escribe hasta cuando no se escribe. Entonces, vos estás yendo a comprar la fruta y si estás conectado con esa voluntad de escribir, hay un montón de detalles, de colores, de ver cómo está la luz del día, que te pueden ayudar. Ese ejercicio de observación, te puede ayudar a la hora de la escritura. Claro que, por supuesto, se necesita un momento de recogimiento, de distancia, intimidad y silencio, como para poder trabajar. Ese espacio tiene que existir, obviamente.

-¿Sos una escritora que planifica o sos más espontánea?

-No es siempre igual. Muchas veces me dejo llevar porque me interesa algo, una imagen, como te decía, y quiero ver hacia dónde camina. Otras veces, tengo algo mucho más sólido y entonces trato de plasmarlo, pero en el camino siempre pasan un montón de cosas, porque nunca se escribe una vez, sino que la escritura del escritor verdadero es la reescritura. Cuando uno comprende que la tarea de escribir es reescribir, entonces ahí sí es cuando uno va haciéndose con el oficio.

-Si ponemos a dialogar “Hubo un jardín” y “La condición animal” podemos encontrar que muchos relatos hablan de las cuestiones que el ser humano no puede controlar ¿Cuál es el hilo conductor que une ambos libros?

-“La condición animal” es un catálogo de las distintas clases de mal que podemos hacer. Desde un engaño en el seno de una pareja, hasta el mal como enfermedad, la locura como mal, el daño ecológico como mal. “Hubo un jardín” tiene mucho más que ver con la culpa que produce el daño. Todos los personajes recuerdan un episodio de su infancia, de su adolescencia, un episodio importante que les hizo perder la inocencia. Los cuentos trabajan  ese recuerdo y la culpa. Entonces, es como que un libro es el anverso de otro.

-En “Hubo un jardín” el título ya está en pasado ¿Los personajes dialogan con él desde la creencia de que el paraíso existió y lo perdieron, de un paraíso que nunca existió, de un paraíso que idealizaron?

-Creo que es todo eso que estás diciendo muy bien. “Hubo un jardín” es ese período que en la vida de algunos es más largo, en otros es más corto, es ese período donde todo es posible. Ese periodo donde hay una enorme inocencia, hay una mirada beatífica del mundo y es ese periodo, ese espacio, del que evidentemente en el traspaso a la edad adulta o la primera juventud te ves expulsado.

-Has vivido en muchos países y sabés lo que significa ser extranjera ¿Cómo has utilizado esa vivencia para darle voz a tus personajes y también para construir geográficamente los escenarios?

-Los escenarios que conozco me han funcionado como para ser un garante, digamos, del pacto de credibilidad. Hay un cuento que transcurre en Miami, tiene que ver con un lugar que yo conozco muy bien, aunque no sea nombrado específicamente. Ese conocimiento me ayuda a nombrar o a extraer ciertos datos que me permiten la construcción de ese espacio en el transcurso del cuento. Pero no creo que sea necesario conocer un lugar como para construirlo. La imaginación opera construyendo el idiolecto de un personaje, la forma en que el personaje habla, un espacio. La imaginación opera desde que vos ponés la primera palabra hasta la última en el texto.

-Me parece muy interesante esta concepción de que los lugares guardan secretos de las personas que los habitaron más allá de lo material ¿No?

-Esa es una idea que me gusta mucho, pensar que hay ciertas cuestiones que trascienden nuestras personas y que de alguna manera operan sobre el mundo material. Me divierte pensar que nuestra presencia no se limita solamente a este aquí y ahora, sino que de alguna manera puede trascender. Hay algo que dice uno de mis personajes en “Hubo un jardín” que es: “Los objetos son huellas del pensamiento”. Porque cuando vos vas a comprar un juego de té y comprás uno y no otro, por más consciente que seas o no, hay toda una elaboración mental que te lleva a elegir esas tazas, que puede ser desde lo estético, desde lo funcional, desde lo monetario o presupuestario. Entonces, claro que hay un pensamiento en los objetos que integran o componen nuestra vida.

-¿Cómo trabajás el lenguaje para que el lector no solo se imagine el relato, sino que también lo experimente en su cuerpo?

-Para mí eso es lo más importante, mucho más que imaginar. A mí me interesa que la gente pueda experimentar a través de la lectura ciertas cuestiones. Incluso ciertas cuestiones desagradables. Mucha gente que lee el último cuento de “La condición animal” me dice: “Este cuento me dió mucho asco”. Eso es lo que estoy buscando. Provocar cierto desagrado, cierta atmósfera o ambiente pegajoso, viscoso, que cause repulsión. Mucho más que transmitir una idea de carácter intelectual, a mí me gusta que los textos tengan esa especie de borde sensorial.

-¿Para quién escribís, Valeria?

-Bueno, uno siempre está hablando de esa especie de lector tipo, que es un personaje un poco inventado. Pero en mi caso, yo creo que escribo lo que me gustaría leer a mí. Mi lector ideal creo ser yo misma.

-¿Cuáles son tus próximos proyectos?

-El año que viene va a salir un libro de cuentos conectados entre sí. El hilo conductor de estos cuentos son las distintas manifestaciones del poder.

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