Cultura

Víctor Zenobi, el maestro de inéditas y sustanciosas elaboraciones

Murió, a sus 79 años, el gran conversador, poeta, filósofo, docente, amante inclaudicable del cine, autor de varios títulos notables, quien podía recitar pasajes de la "Divina Comedia" en italiano con envidiable regocijo y en una misma conversa reflexionar con igual énfasis sobre la formación de Rosario Central o sobre la poesía de Aldo Oliva

Cuando lo conocí tenía un videoclub pequeño con todas joyitas, casi como una videoteca personal, que seguramente eso debe haber sido previamente, ubicada en Santiago casi esquina Montevideo. Acto seguido me liquidó cuando me dijo que su verdadero ingreso provenía de una carnicería que atendía, que había sido de su padre, y que estaba ahí a la vuelta. Después armaríamos una empecinada amistad, de esas que sin necesidad de frecuencia, crecen en el tiempo hasta tornarse vitales, un encuentro, un disfrute.

Una verdadera pena implica la partida de mi amigo Víctor Zenobi, el gran conversador, poeta, filósofo, docente, amante inclaudicable del cine, el as de la reconstitución del fracaso, porque en el fondo “siempre se fracasa”, decía, y agregaba que de eso se trataba la vida, de fracasar cada vez mejor; el que decía que morir era fácil y que lo difícil era vivir con dignidad, arrebatado tal vez por un profundo latido anarquista.

El gran Víctor, el que curtía un humor filoso, urticante, bien de barrio, el que te emocionaba recitando pasajes de la Divina Comedia en italiano y te transmitía su interno regocijo mientras pasaba las páginas anotadas de un hermoso ejemplar antiguo; el que hacía lo mismo con ciertos versos del Martín Fierro y luego los desmenuzaba trazando increíbles paralelismos con cada presente.

El inconmensurable Víctor con el que en otros tiempos debatíamos sobre cine impulsados por la práctica inmediata del amor por las imágenes y la desaforada curiosidad sobre realizadores y géneros. Cuántas  tardes entibiamos, encerrados en la cocina del Estudio de la Plaza, para ver por dónde  entrarle mejor al  Berlín Alexanderplatz de Fassbinder, que él atesoraba en una edición alemana de VHS con subtítulos, intentando dilucidar si antes era necesario leer la novela de Alfred Doblin.

Fue uno de los colaboradores destacados, allá por fines de los 90, cuando iniciábamos esa aventura de cine escrito que llamamos El Eclipse; sus deslumbrantes conjeturas sobre sus venerados Robert Altman, Buñuel –del que escribió que una vez le dijo en sueños: “Si el párpado blanco de la pantalla, pudiera reflejar la luz que le es propia, el Universo estallaría en pedazos”, y yo anoté– o sobre las peripecias de Hitchcock para develar la identidad del asesino, hacían que cuando pensábamos un nuevo sumario, fuera número puesto.

Fue el tipo que te dejaba perplejo describiéndote las «curvas» en la caverna de su “ídolo” Platón; el que establecía ligaduras con distintas tribus de psicólogos, poetas, profesores, narradores; el profesor de lógica y semiótica en secundarios, que te invitaba a hablar sobre periodismo en una de sus clases, con derivas que se multiplicaban hasta terminar discurriendo sobre el sentido del periodismo, el egoísmo y la solidaridad.

Víctor era un oportuno veedor de mitos, de los que develaba sus aspectos trágicos, sus virtudes e infamias, y el griego y el latín no le eran ajenos para la cita perfecta; el que decía que un buen poema era el que lo afectaba físicamente, que un libro está vivo solo si alguien lo leía y que ningún libro pertenece a una nación, sino a una lengua, pero fundamentalmente a quien lo lee.

Víctor, el generoso y entusiasta forjador de encuentros entre amigos de amigos, el que sabía escuchar el rumor del mundo para entender que se puede estar en el infierno sin estar muerto. El que en una misma conversa podía reflexionar con igual énfasis sobre la formación de Rosario Central para un partido o sobre la poesía de Aldo Oliva, a la que describía como formidable y más grande que la de Baudelaire o Mallarmé. En ese sentido, era un verdadero maestro que generaba inéditas y sustanciosas elaboraciones.

Cuando me pidió que escribiera un prólogo para su libro de poemas Recovecos, debo admitir que lo sentí como un halago, pero a la vez me intimidó un poco, puesto que era una suma de su poesía y abarcaba casi 30 años de producción, pero luego de su lectura conjunta –ya había leído varios que habían sido publicados previamente– sentí que se trataba de una escritura que parecía enseñarte a leer de nuevo, tal su hondura y fulgor de las imágenes desplegadas, que resultaba imposible no hacerlo.

Y había en esos poemas un lenguaje despierto, incitante, que tanto desmitificaba los aceitados recursos de la dominación, como testimoniaba las acciones de los embarcados en la resistencia y en el amor por la vida. Se reconocía como escribiente más que como escritor, porque el oficio que sentía verdadero era el de docente, aunque produjo ensayos sobre filosofía y cine, poesía, cuentos –Abrupciones (poesía, 1997), Vites Ediciones; Recovecos (poesía, 1999), Krass Editora; Las voces secretas del Martín Fierro (ensayo, 2000), UNR Editora; Contra tapas rosarinas (compilación de contratapas escritas en Rosario/12, 2012), UNR Editora; Escritos en un diario ((ensayos de lingüística, de filosofía, de literatura y de cine, 2019),  Secretaría de Cultura de Rosario– y fue también un soñador permanente en busca de un mundo más justo, que prodigaba a partir de su escritura los infortunios de la memoria y el tiempo.

En uno de sus poemas, escribió: “Solo el amor amaina en la locura / y la vida del andante eternal / acaso caiga sin callar, y decidida. / Los sueños / duran más que nuestra vida /”. Nos abrazamos durante la calibrada y sensible presentación del libro Las flores de Marte, de su amiga, la escritora Griselda Riottini, después de mucho tiempo sin vernos. Me dijo que hacía poco había soñado conmigo y que teníamos que encontrarnos un poco más seguido. No pudo ser, pero confío en que así será en los sueños querido amigo.

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