Cultura

Voces que serpentean a partir de lo visto

Para la presentación de “La encantada casa victoriosa”, reciente poemario de Alejandro Pidello, la poeta y docente Sonia Scarabelli escribió un texto que alude a los singulares procedimientos del autor para hacer fluir y dialogar las imágenes y textos que componen el libro

Sonia Scarabelli / Especial para El Ciudadano

Este nuevo libro de Alejandro Pidello, La encantada casa victoriosa, que, como escribió Beatriz Vignoli, “ya desde la sintaxis enrarecida del título, propone una dislocación, un lugar otro, un jardín secreto a visitar como en sueños”, se abre con una “Nota preliminar” en la que el poeta enuncia una suerte de programa: crear un organismo a partir de la asociación fotograma-poema. Y en relación con ese programa, esboza la expectativa de un procedimiento en el cual el lector tendrá una participación esencial, ya que será quien se encargue de “incrustar a la imagen un ritmo que venga del texto”. Un ritmo, se me ocurre, que vendrá a ser, a su vez, como la incorporación a un orden verbal de ciertas líneas que crean movimiento en la imagen, la cual solamente en apariencia está inmóvil, porque ella misma es ya parte de la energía que fluye en el poema. Voces que serpentean a partir de lo visto como esos movimientos remanentes de los que hablaba Watanabe, una especie de inercia visionaria que imprime su persistencia en la forma de hacer sonar los versos.

Ahora bien, el fundamento de ese procedimiento que Pidello propone está guiado, asimismo, por una especie de principio óptico. Ese procedimiento, como explica el poeta, organiza el modo en que el ojo “tiende a focalizar” la relación entre las páginas de un libro “en las culturas de occidente”: parte de “la página de la izquierda y luego se desplaza hacia la derecha”. El desplazamiento, por supuesto, no es un efecto meramente mecánico, si cabe la palabra, porque vendría a indicar que el ojo se ha lanzado a una búsqueda: la de cierto tipo de elementos que complementen o informen lo que sirvió como punto de partida, y que, en el caso de este libro, está conformado por “imágenes, mayormente, fotografías o fotogramas de films”.

Pero hay más: lo que espera al ojo del otro lado, como si detrás de su funcionamiento focal parpadeara una tendencia metonímica, es el comienzo de un poema. Es el lenguaje bajo esa forma el que ofrece su gesto de orfebre a la imagen a través de la incrustación del ritmo. Así, se diría que el movimiento que ya en la primera imagen comprime la parábola del día  (la fotografía de una casa diurna y otra nocturna) logra ensancharse a través de las palabras. Son ellas las que, ante la presencia apenas sugerida de habitantes –una silueta borrosa, una ventana abierta con la luz encendida, dejan entrever aquello que va “derivando con rumbo / hacia lejanos mundos”, y le transmiten al ojo misteriosas señales para detectar el secreto pulso de la orilla izquierda.

Ahí es donde empieza “la eternidad bosquejada” de un poema como “El ianuarius de Gennara” a sugerir una expansión de la imagen proveniente del ritmo verbal, del juego con las palabras. Se diría que en este libro todo tiende a la combinación gozosa y sugestiva de fantasmagorías que caben “entre los pastos de los párpados y las pupilas”, como se lee en “Cuento marroquí”, para alumbrar organismos de imágenes-palabras que un observador solitario sorprende en plena danza en medio de la noche, como en “La luminosa observada”; u otros que en el poema “Uno y dos” tienen vidas fugaces como “ideas subterráneas” que “se construyen y se destruyen de la nada”; o los que,  en “La photo indésirable”, no tienen “otro sentido / que iluminar tus ojos”, porque “el estatuto es paradójico y el cantar no lógico”.

Ya vemos entonces, para esta altura de los desplazamientos, que el poeta ha ido dejando crecer a esos organismos nacidos de la asociación fotograma-poema página tras página, de izquierda a derecha, incansablemente, hasta encontrar el ritmo que prolonga otra música, esa que un poema llama “el canto del sueño” y “el canto como pintura del sueño”. Pero no hay que pensar en esa “asociación” como en el resultado de una mera contingencia ingeniosa, sino como en el producto de un verdadero “choque de almas con cuerpos en estaciones de bruma”, que mezcla sin parar “la belleza de las cosas”.

De pronto, entonces, lo que en la lectura pudo causar inquietud, temor del organismo misterioso, cae bajo otra luz, como si el libro entero fuera ahora, claramente, una especie de animal mítico, hecho de versos que en sus incrustaciones escriben otro poema, que no se sabe bien ya si corre por encima o por debajo de esa piel que se despliega dichosa entre la visión y el verbo: la piel del poema continuo-discontinuo, el poema siempre parpadeante, abriéndose y cerrándose en la imagen temblorosa del sueño. El poema que resiste, construido por el poeta “a partir de ciertos / pedazos” dice– “casi imperceptibles / y únicos, que no se ven dos veces con / la misma forma / ni por los mismos ojos”, como lo hacen una ciudad, una casa, una historia que “no fue y fue verdadera”. El poema traído bajo la forma de ese peculiar organismo “para alejarse / de todo lo posible / para ser otra cosa / felizmente imprevisible”.

Se diría que, ante todo, La encantada casa victoriosa sostiene la poética del movimiento abierto, una especie de trayectoria espiralada, que en su retorno entre imagen y lenguaje es capaz de desplegarse “para mirar lo que te faltó / ver / y mirar los espacios detenidos”, y también para  adivinar, con ayuda de “la supremacía bibliotecaria del tabaco Latakia”, “lo que pasó, cuando / los recuerdos se ocupa[ba]n de otras cosas”. Un libro como un largo poema que persigue ritmos hipnóticos y enseña que “hay que aprender las consignas del mago”, porque “los magos permanecen en el tiempo / con cualquier estrategia”. Incluso la de poner al ojo, organismo él también de hábitos poéticos, a explorar sin miedo esos registros donde “se mezclan lenguajes, ayudando a que / el corazón permanezca en la emoción / de la cosa colectiva / que salta de una a muchas otras / para rebotar mil veces en un cielo a medida / de lo desmesurado”. Desmesura de una lengua poética, aventurada a ser siempre parte y fragmento, sí, y nunca todo, que sugiere (como escribe además Pidello en “El encantamiento de una antigua exégesis”) “un quiebre / rítmico que también se esclarece con la lectura del mundo / que crece o decrece en paralelo / con el poema hecho vértebra / de vuelo”.

Entradas recientes

Santa Fe U13 debutó con gran triunfo en el Argentino de Mendoza

El seleccionado santafesino jugará ahora el domingo ante Mendoza desde las 11 y cerrará el…

agosto 23, 2026

Saldo positivo para los equipos rosarinos en las Ligas Federales Formativas del sábado

Todo el repaso a la tarea de los equipos rosarinos a nivel nacional

agosto 23, 2026

De la Superliga hasta la D, todo lo que pasó y lo que viene en el básquet rosarino

El detalle de los encuentros disputados en el sábado de ascenso y un programa de…

agosto 23, 2026

Gran celebración de la Pachamama en la Feria de las Tres Ecologías con artistas visuales, música y poesía

Tendrá lugar este domingo 23 de agosto, desde las 13 y hasta las 18, en…

agosto 23, 2026

Fiebre de Cóccaro por la noche: de la mano del Zorro, Newell’s se quedó con la victoria

El delantero fue suplente, pero Kudelka lo mandó a jugar el segundo tiempo; en la…

agosto 23, 2026

Uno x uno leproso: Cóccaro, Mazzanti, Guch y Reinatti, los mejores en la noche del Parque Independencia

El delantero fue la gran figura en la victoria y convirtió dos goles con asistencias…

agosto 22, 2026