El notable actor norteamericano firma la carta de este año por el Día Mundial del Teatro, que se celebra cada 27 de marzo. A través de un texto muy valioso y elocuente, defiende a las artes escénicas frente al peligroso avance de la tecnología y el desinterés por la cultura
Desde 1962, el 27 de marzo de cada año, el Día Mundial del Teatro es celebrado por los Centros ITI (Instituto Internacional del Teatro), Miembros Cooperantes, profesionales del teatro, organizaciones teatrales, universidades y amantes del teatro de todo el mundo. Este día es una celebración para aquellos que pueden ver el valor e importancia de la forma de arte que supone el teatro, y actúa como un llamado de atención para los gobiernos, políticos e instituciones que aún no han reconocido su valor para las personas y para el individuo, y tampoco se han dado cuenta de su potencial para el crecimiento económico, sobre todo en la Argentina del presente con las instituciones dedicadas a la cultura completamente desfinanciadas.
De este modo, todos los años para esta fecha, una figura relevante del mundo teatral y de la actuación se expresa a través de un texto que, como en este caso, toma relevancia internacional dado que este 2026 lleva la firma del notable actor norteamericano Willem Dafoe.
“Soy actor, conocido principalmente como actor de cine, pero mis raíces están profundamente arraigadas en el teatro. Fui miembro de The Wooster Group de 1977 a 2003, creando e interpretando piezas originales en The Performing Garage, en Nueva York y realizando giras por todo el mundo. También he trabajado con Richard Foreman, Robert Wilson y Romeo Castellucci. Actualmente soy el director artístico del Departamento de Teatro de La Biennale di Venezia. Este nombramiento, los acontecimientos mundiales y mi deseo de regresar al quehacer teatral han reforzado mi convicción en el poder positivo y único del teatro y su importancia”, escribió Dafoe a modo de apertura.
“En los humildes comienzos de mi etapa en The Wooster Group, la compañía con sede en Nueva York, solíamos recibir muy poco público en algunas de nuestras funciones. La regla era que, si había más intérpretes que espectadores, podíamos optar por cancelar. Pero nunca lo hicimos. Muchos de los miembros no estaban formados en artes escénicas, sino que provenían de distintas disciplinas que se reunían para hacer teatro; así que eso de «el espectáculo debe continuar» no era realmente nuestro lema. Sin embargo, sentíamos la obligación de mantener ese encuentro con el público”, detalló.
Y sumó: “Con frecuencia ensayábamos durante el día y por la noche presentábamos el material como trabajo en proceso. A veces, dedicábamos años a una obra mientras nos sosteníamos con giras de producciones anteriores. Trabajar durante años en una pieza podía volverse tedioso para mí, y los ensayos me resultaban a veces extenuantes. Pero esas presentaciones de trabajos en proceso siempre eran estimulantes, incluso cuando el público reducido parecía un juicio contundente sobre el nivel de interés en lo que estábamos haciendo. Eso me hizo comprender que, sin importar cuán pocas personas hubiera, el público, como testigo, le daba al teatro su significado y vida”.
“Como dice el letrero en una sala de apuestas: «Hay que estar presente para ganar». La experiencia compartida en tiempo real de un acto de creación, que siempre es diferente aunque siga una pauta y diseño, sin duda es la fuerza más evidente del teatro. Social y políticamente, el teatro nunca ha sido tan importante y vital para la comprensión de nosotros mismos y del mundo”.
“El «elefante en la habitación» son ahora las nuevas tecnologías y las redes sociales, que prometen conexión, pero aparentemente han fragmentado y aislado a las personas. Uso mi computadora a diario, aunque no tengo redes sociales; incluso he buscado mi nombre en internet como actor y también he consultado a la Inteligencia Artificial para obtener información. Pero habría que estar ciego para no reconocer que el contacto humano corre el riesgo de ser reemplazado por relaciones con dispositivos. Aunque cierta tecnología puede ser útil, el problema de no saber quién está del otro lado del círculo de comunicación es profundo y contribuye a una crisis de verdad y realidad. Si bien internet puede plantear preguntas, rara vez capta ese sentido de asombro que el teatro crea. Un asombro basado en la atención, el compromiso y una comunidad espontánea de quienes están presentes en un círculo de acción y respuesta”, profundizó.
Y cerró: “Como actor y creador teatral, sigo creyendo en el poder del teatro. En un mundo que parece volverse cada vez más divisivo, controlador y violento, nuestro desafío como creadores teatrales es evitar que el teatro se corrompa reduciéndose únicamente a una empresa comercial dedicada al entretenimiento como distracción, o que se convierta en un mero preservador institucional de tradiciones. Más bien, debemos fomentar su fuerza para conectar pueblos, comunidades y culturas y, sobre todo, para cuestionar hacia dónde nos dirigimos. El gran teatro consiste en desafiar nuestra manera de pensar y alentarnos a imaginar aquello a lo que aspiramos. Somos animales sociales diseñados biológicamente para vincularnos con el mundo. Cada órgano sensorial es una puerta hacia el encuentro, y a través de ese encuentro logramos una definición más profunda de quiénes somos. A través de la narración, la estética, el lenguaje, el movimiento y la escenografía, el teatro, como forma de arte total, puede hacernos ver lo que fue, lo que es y lo que nuestro mundo podría ser”.
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